Democracia fuerte 4

Es así como cuestiones de interés muy restringido se convierten en temas aparentemente generales o de general preocupación; y las maquinarias periodísticas y propagandísticas se usan a todo vapor para que la población acabe opinando acerca de esos asuntos que, en la mayoría de las ocasiones, ni le van ni le vienen, y además sólo a muy pocos aficionados a ese asunto en concreto les importan algo. Se da un fenómeno análogo al de la distorsión política de las emociones en otro tiempo meramente lúdicas y que, de ser una rareza hace treinta años, hoy ha pasado a amenazar nuestra vida pacífica y democrática prácticamente cada domingo: la «politización» de algo tan apolítico como el fútbol, por fin cuajada en aquellas palabras del escritor que repitió lo de un antiguo político, eso de que el Barça era «el ejército sin armas de Cataluña», a lo que siguió una estela de propuestas, retóricas y elevaciones espirituales que han llegado hasta el día de hoy, cuando el club se pone a disposición de la celebración de un referéndum ilegal mientras, partido a partido, cualquier falta pitada en contra del equipo es interpretada, lamentada, comentada y combatida como una agresión «al poble» catalán. Nada de esto es un fenómeno aislado, porque posa sus pies en el mismo suelo en el que los posan los millones derrochados en la construcción de carriles-bici en la segunda o tercera capital con más cuestas de Europa, que es Madrid, sólo por el interés y para el disfrute de los muy pocos que pueden disfrutarlo. Y, concluidas las obras ya hace algunos años, y vigentes y deslumbrantes los carriles-bici, se puede observar que, por ejemplo, en el más largo de todos ellos, la frecuencia de paso es de alrededor de dos usuarios por día, y algunos días excepcionales tres. Se trata del carril-bici que recorre completo el Paseo de la Castellana, todo él ascendiendo desde los 600 metros de altitud de la plaza de Colón hasta los 730 de la plaza de Castilla, lo cual exige ser menor de cierta edad para poder pedalearlo. Porque, entre otras cosas y propuestas de programas políticos para alcanzar la alcaldía de Madrid, se contaba con la compra y la puesta a disposición de la población de una cantidad muy alta de bicicletas con motor eléctrico de ayuda. Pero estas, se diría, están permanentemente secuestradas por unos pocos usuarios, desde luego jóvenes, porque en sus aparcamientos-almacenes a la vista no suele haber ni una disponible, pero sí se las puede ver circulando por ahí (fuera de los carriles-bici), normalmente con un universitario sobre su sillín. Y así se podría continuar sin fin narrando asuntos irrelevantes para la política pero que han ocupado la política.

Mi afición a cierto equipo de fútbol, mi gusto por ir en bicicleta, mi preferencia por la comida vegetariana, mi afecto por los animales: no ha estado nunca bien explicado qué tienen que ver estos asuntos con las grandes líneas de conducta que las democracias se dieron a sí mismas como razón de ser.

No suele entenderse con su escala adecuada que estos y otros asuntos son legítimas preocupaciones de los gestores de la vida colectiva pero que, entre esa preocupación, y la elección de estas materias como troncales en los programas políticos, hay una distancia que no conviene salvar. Porque, tal como se puede ver sin esfuerzo, inmediatamente sustituyen a los programas verdaderamente políticos, que son los que aluden a la creación y al mantenimiento de la estructura. Está muy bien, y es necesario, que se organice la limpieza de la escalera del edificio o la reposición de baldosas caídas o de bombillas de los espacios comunes; pero eso está sustituyendo casi por completo a los trabajos de creación, inspección y mantenimiento de los cimientos, de las vigas, del suministro de electricidad y de agua.

Es inevitable la convicción de que esto sucede a causa de la disolución de la izquierda tradicional, disolución cuyo producto residual es el principal fabricante de causas irrelevantes. Por su parte, la derecha o su producto residual actual muestra similar desorientación, si bien más como reactiva que como creativa: en general, se limita a contestar y a oponerse, dándole también mucha importancia a cualquier propuesta irrelevante que hace la otra parte. Así que entre unos y otros, lo que tenemos entre manos ahora es una democracia que está cerca de quedarse sin programa, sustituido este por discusiones más o menos groseras y torpes acerca de gustos personales que, con el adecuado tratamiento de retórica cada ocho horas, se presentan como serios. Una democracia sin programa es una democracia débil y en decadencia: ese programa no es ni debe ser el de una de las partes, sino el aceptado por todos como causa de existencia, punto a partir del cual unos y otros harán sus propuestas divergentes de cómo lograrlo, con las que empezará el juego político.

Pero hay algo que, a base de ser verdaderamente lo más político de todo, se diría que sobresale y deja de ser político: por ejemplo, el horizonte de cubrir entre todos las necesidades sanitarias de todos. Eso no es discutible; es un objetivo que hay que conseguir. La discusión democrática empieza a partir de ahí, porque unos propondrán unos medios y unos métodos para conseguirlo, y los de más allá propondrán otros medios y otros métodos. Pero es cierto, y eso apunta de lleno al tema de este capítulo, que hay pequeñas facciones de agentes políticos, o que desean serlo, que quieren poner en discusión el mismo horizonte de una sanidad para todos. Quizá pudieran existir portavoces de esta postura que la expresaran de un modo compatible con la democracia, y entonces habría que incluirlos en la discusión; pero esto no es más que una conjetura fantasiosa, porque lo cierto es que no los hay en la realidad. Los que proponen la inexistencia de un sistema sanitario público para todos, cuando no son las grandes empresas que sacan rendimiento a la privatización, sólo lo proponen junto a consideraciones pseudodarwinistas que creen gallardamente individualistas, cuando en realidad no son más que simplezas rústicas de narcisista irreflexivo (y en general, aunque no siempre, con potencia económica).

Nada de eso le es ajeno al asunto que ahora tratamos: esa que se quiere y se proclama «postura política» equiparable a, por ejemplo, un programa liberal o a un programa socialdemócrata, no es más que otra de las cuestiones irrelevantes que están sustituyendo a la política en las democracias actuales. Es de un calibre similar al del programa vegano-ciclista, o al de la prohibición de las terrazas de bares ligada al animalismo, o al enfoque de género en lo antinuclear: hoy casi no hay otras cosas, pero casi se hace inevitable que el conjunto de la población se reúna en descampado y reclame: ¿Y de lo importante, qué?

Porque no es que estemos ciegos a la importancia de (algunas, no todas) esas materias; lo que parece que no se ve, desde el otro lado, es que hay en nuestras sociedades problemas de la máxima importancia aún sin resolver, y que la elección de esos gustos personales como ejes de «las políticas» está colaborando a que no se resuelvan.

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