Sustitutivos ideológicos
Es una afirmación universalmente proclamada que la mala educación está repartida más o menos por igual entre todas las clases sociales y niveles profesionales, económicos y culturales. Eso está muy lejos de ser cierto; pero lo que nos interesa ahora es una realidad paralela a la descrita por esa deficiente afirmación: hay ciertas clases o grupos sociales que han hecho y siguen haciendo de la mala educación la bandera de su identidad como tal clase o tal grupo.
Hay barrios en casi todas las ciudades, y no precisamente los antiguamente llamados barrios bajos, por los que tienes que cuidarte de pasear, porque sus habitantes no van a compartir su acera de ningún modo contigo. Eso de compartir, aceras o lo que sea, es algo demasiado delicado; y si no fuera delicado, de todos modos sería demasiado bien educado como para no producirles vergüenza si esos habitantes se descubren a sí mismos haciéndolo. Este es el comportamiento mayoritario en los barrios de nuevos ricos. Claro que esto de nuevos ricos probablemente merece una precisión, porque es una expresión que no significa lo mismo que hace cincuenta o sesenta años. Ahora hay nuevos ricos que sí son como aquellos a los que se llamaba así hace medio siglo, pero hay otras modalidades de nuevos ricos. Nos adelantaremos a despejar de revés al que se atreva a poner por su parte, sin motivos dados por nosotros, que esto expresa una preferencia nuestra por los viejos ricos. No habría por qué aclarar algo tan elemental si no se hubiera dado en nuestra época, precisamente, la conquista y la expansión de la mala educación de nuevo rico: que no admite réplica, que no deja hablar al que se creía interlocutor, que siempre supone de este inferioridad o ridículo. Debería estar claro que los viejos ricos son aquellos cuya mala educación imita el nuevo rico, creyendo que con ello da por ahí la impresión de ser viejo rico. Y las características de esa antigua mala educación exigen, por supuesto, un examen de detalle.
En primer lugar, qué entendemos por mala educación: si se supone que los que dictaban la «educación buena» eran las clases pudientes, lo que estas hicieran sería directamente lo contrario de la mala educación. Naturalmente, no es riguroso afiliarse a lo que aquellos grupos sociales afirmaran de sí mismos, por varios motivos y por un motivo principal, a la cabeza de todos los demás: porque una de las características de esos grupos sociales era, ha venido siendo y sigue siendo una incapacidad se diría que sobrehumana para ignorar la realidad social. Una cosa es que el paródico «si no tienen pan, que coman bollos» sea o no verdadero al pie de la letra, o sea en efecto una exageración satírica; otra cosa es que hay que estar ciego para desconocer que desde siempre ha habido, y hoy sigue habiendo, personas que niegan que haya personas que con su trabajo y su sueldo no llegan literalmente a fin de mes, o llegan en malas condiciones y, como se suele decir, «comiendo arroz» desde el día 20, y gentes que, ante la avería del utilitario familiar de algún conocido, le aconsejan que se compre otro coche en lugar de repararlo.
Una observación sobre modales y buen tono es importante para situarse y observar el paisaje escarpado que hay que recorrer para reflexionar sobre la democracia fuerte. Esas pruebas de convivencia son síntomas directos de cierto fenómeno que es el que, mientras tanto, hierve y produce con su hervor el desvío de las energías intelectuales de la política hacia intereses, horizontes y programas muy menores, muy parciales y hasta irrelevantes, pero que se toman como los que hoy sustituyen a las grandes proclamas de los movimientos políticos del siglo XX. Porque esa educación, que es mucho más importante de lo que parece porque proporciona o secuestra la posibilidad de la convivencia de hecho y no sobre el papel, es la expresión de un elitismo solipsista que, por pura imitación propia de nuevo rico ansioso, los nuevos grupos antipolíticos han adoptado mirando arrobados al modelo de su deseo, que es el de los triunfadores sociales, vengan estos de donde vengan.
Los nuevos ricos de los barrios de nuevos ricos creen que dejar el coche en marcha mientras se apean de él y compran en el kiosco o en el bazar de esa acera, es algo que muestra soltura, dominio y saber estar; igual que el acercarse a una mesa ajena y ocupada de una cafetería sin dejar de hablar por el móvil e imposibilitando así la conversación de los comensales de esa mesa; o no ceder un milímetro en la trayectoria de camino por una acera estrecha en la que él y el que viene de frente podrían caber y cruzarse si ambos se giraran un poco, pero el que viene de frente tiene que bajarse a la calzada en el último instante para evitar el choque. Y por eso lo hacen: porque creen haber visto admiración en otros cuando unos terceros lo hacían. Por cierto, no son solamente barrios de nuevos ricos los considerados oficialmente barrios de nuevos ricos, sino unos cuantos de los autoconsiderados barrios obreros o con denominación parecida, que desde hace treinta o cuarenta años son de nueva construcción e inmejorables materiales, financiados por los sindicatos autodenominados obreros, en general para beneficio oculto de unos cuantos de sus dirigentes (las viviendas vendidas a buenos precios a sus afiliados las consideran casi un incómodo efecto secundario). En la actualidad, se podría decir que dan más la figura de nuevos ricos los sindicalistas potentes con amistades y beneficios que esos idiotas que pueblan los barrios oficialmente considerados como de nuevos ricos (facción no obrera): esos que habitan en los barrios donde habitan y discursean esos que llaman pijo a todo aquel que, por ejemplo, vista el mismo polo Lacoste que él viste, pero con la particularidad de que él puede vestirlo sin ser pijo porque es sindicalista de carnet, pero como el otro no tiene carnet entonces es pijo si lo viste. Del mismo modo sucede con todo lo que hasta hace poco llamaban los de Hacienda «signos externos de riqueza», desde el automóvil hasta un apartamento en la playa para las vacaciones, que aun siendo los mismos y de la misma marca y contiguos ante las olas, significan cosas muy diferentes si el titular es obrero sindicado o si no lo es. Solamente esto ya bastaría para otorgar la credencial de nuevo rico al que a primera vista no parece serlo a ojos de muchos: aunque yo haga o diga o posea lo mismo que otro hace, dice o posee, cuando yo lo hago o digo o poseo es mejor.
Es toda una galaxia de conductas pequeñas y grandes, de discursos grandilocuentes y también mezquinos, los que se han consolidado en los últimos veinte años de las democracias y que han conseguido, a la postre, convertir en venerandas ciertas formas de vida maleducadas como si fueran las modélicas: pero es que son modélicas para las personas y los grupos con intereses políticos, porque todas esas conductas se resumen en un solipsismo autoidolátrico que se refuerza constantemente a sí mismo con sus premios inventados, fabricados y otorgados a sí mismo. Lo que sucede, entonces, es la creación y la consolidación de grupos de élite que no miran fuera de sí mismos. Y que acaban convencidos de que ellos son todo; o de que todo es como ellos; o de que no hay más que ellos, o no debería haber más que ellos.
Como cierta parte de la realidad es tenaz e imposible de plegar y guardar bajo la alfombra, estos grupos acaban teniendo que reconocer que hay algo más de mundo fuera de ellos (fuera de sus concesionarios de automóviles caros, fuera de sus pastelerías para embajadores, fuera de sus cooperativas de viviendas, fuera de sus facultades universitarias), y entonces se produce el choque: hay que hacer que ese mundo de ahí fuera sea igual que este nuestro de aquí dentro. Porque si algo de ese mundo no es igual al nuestro, es que está mal.
Y eso es el elitismo que se está imponiendo y está sustituyendo a la política en las democracias avanzadas: la imposición de mi categoría de potente, de sindical, de intocable que empezó apartándote de la acera para pasar yo, se convierte inmediatamente en legislación elaborada sólo mirándome a mí. Y lo que un día no fue más que vanidad individual, o chulería de barrio, o matonismo de facultad, o manía personal, o apetito pasajero, se convierte en ley.
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