Democracia fuerte 1. 20 de febrero.
La democracia española no es más que una región de la democracia europea, y sólo con mirada demasiado cercana, o con aumentos excesivos, se puede apreciar alguna diferencia o más bien considerar que es una diferencia lo que no es más que particularidad microcultural. Por ejemplo, una democracia no es más democracia ni menos democracia porque sus elecciones generales se celebren en domingo o en cualquier otro día de la semana, como suele ser más bien tradicional en unos u otros países, ni esa circunstancia proporciona modificación alguna sobre el juicio de calidad de esa democracia; pero hay quien se basa en estas circunstancias para juzgarla mejor o peor: a menudo se atiende a variables irrelevantes, y de estas algunos extraen juicios sobre el conjunto con total desproporción.
Hoy tenemos una democracia que cuesta mucho no decir que está en crisis, o hipoglucémica, o que sufre una invasión bacteriana, y que desde luego tiene signos claro de fiebre y debilidad que no permiten estar muy seguros de su futuro. Sí, los estudios internacionales de los institutos del ramo vuelven a dar, tras un bajón relativo de los años anteriores, mejores puntuaciones a la democracia española, puntuaciones algo decaídas últimamente con la excusa de las grescas de los dos partidos principales acerca de la renovación de los jueces gobernantes de los jueces y quizá alguna otra cosa. Está bien un examen sobre las cuestiones formales y objetivas que son visibles desde la lejanía (aunque sea la miope lejanía anglosajona); alguien tiene que atender a eso. Pero si la salud de una democracia se mide por el hecho de que sus principales partidos hablen más cortésmente o menos cortésmente acerca de cierto asunto en particular, por serio que sea ese asunto, o que tengan tal número mensual de reuniones por encima del considerado aprobado, o que lo hagan con un mediador o con otro, entonces estamos ignorando el estado de salud de la sala de máquinas de un transatlántico, máquinas que quizá pueden estar gripadas o ahogadas de combustible, o despresurizadas, y estamos decretando la idoneidad de ese buque sólo sobre la base de lo que el capitán y su segundo escriben en el diario de bitácora.
Pero cualquiera que viva en la sala de máquinas sabe que a menudo allá en el puente se ignoran muchas incidencias que son las que realmente definen el estado de salud del conjunto del barco, aunque la pintura del casco pueda haber sido recientemente renovada o los calderos de la cocina bruñidos hasta deslumbrar.
La elección de las variables que hay que elegir para juzgar la salud de una democracia, como todos saben, es el problema fundamental; y el hecho, además, es que las más modernas opciones políticas se han construido a menudo sobre una postura acerca de estas variables cuando no parecía que fueran relevantes. Parece algo exagerado considerar que una opción política pueda presentarse como suficiente cuando está basada sobre sus propuestas acerca de la okupación, las edades transgénero y los carriles bici, del mismo modo que venimos de un pasado, ya ridiculizado, en que se autoconsideraban bandos políticos enfrentados los de los partidarios de la abstinencia de comer carne durante todos los días de Cuaresma o sólo en los viernes.
No es una cuestión humorística ni mucho menos. El abandono de las cosmovisiones fuertes que presidieron el siglo XX parece que ha dejado a su estela un vacío angustioso para muchos, que se debaten como hombre al agua por encontrar causas que las sustituyan. Al elegir materias de poca densidad, lo que ha sucedido al final es que, si han construido todo sobre ellas, se ha hecho evidente que cualquier ráfaga de la menor brisa puede derribar el conjunto. Y a ello se añade que esas brisas no suelen ser hoy tan menores, sino que, por supuesto, los grupos de ventaja y beneficio con las destrucciones de las democracias se han puesto a hacer todo lo que pueden para triunfar.
El prestigio de una democracia o, en general, de cualquier modo de organización política, es decir, los adjetivos que merezca, las palabras, es fundamental (contra lo que suelen afirmar los rústicos iletrados) para la supervivencia de la democracia. Los adjetivos que, a juicio de sus mismos habitantes, merezca una democracia, van a determinar si esa democracia continúa o desaparece. Y eso confluye con la irrelevancia de las causas sobre las que el vacío de grandes proyectos ha construido las nuevas propuestas electorales.
Si alguien basa, por seguir con esa ilustración (no precisamente imaginaria), su propuesta electoral, y afirma que con ello basa su política, en tres ejes como la defensa de los okupas, el establecimiento de los carriles-bici y la disminución del consumo de carne de vacuno, y afirma con ello que esos asuntos son constituyentes fundamentales de una democracia, lo primero que va a conseguir será la insatisfacción de todo aquel que le siga. Porque a ojos de cualquiera resultará inmediatamente que hay okupas sin local okupado, que no hay todos los carriles-bici que uno u otro querría, y que eso de que todo el mundo deje de comer carne de vacuno es más bien un imposible en una especie que desarrolló su cerebro y su operatividad sapiens precisamente cuando abandonó el vegetarianismo pre-paleo. Así que inmediatamente, sólo con mirar un poco alrededor, todos van a concluir que esta sociedad no es democrática, porque no todos los okupas están okupando algo, mi barrio no tiene carril-bici, y no han terminado de cerrar todos los restaurantes con parrilla y chuletones. Por ridículo que pueda parecer, en la actualidad habría que estar ciego para no conocer que hay formaciones políticas que se han constituido sobre esa oferta casi literalmente.
Pero eso es solamente una más de las consecuencias de segundo orden de esa disolución de los proyectos épico-políticos. Y esta disolución no tendría que haber desembocado obligatoria o necesariamente en lo que hoy tenemos. La caída, en casi todos los casos por pura observación de la tenaz realidad, de esas épicas, no forzosamente se tiene que resolver en esa especie de mezcla de minimalismo estético y minuciosidad catequética del delirio woke. Algo parecido ha pasado en esta misma época en otros ámbitos, como los artísticos (pero también en otros), en los que el abandono de la seguridad de los conceptos aprobados por sanedrines ideológicos ha traído como consecuencia un nuevo universo artístico de minucias demasiado fácilmente clasificables como «progresistas» o «fachas» como para que en efecto sean una cosa u otra. Son, simplemente, lo que le parece bien, como siempre, a los grupos que sacan ventaja de calificar de un modo u otro a los demás.
Una ilustración más clara de lo que ha sucedido la puede dar el caso de obras históricas del cine: Novecento y El árbol de los zuecos presentaron hace cincuenta años, a muy poca distancia la una de la otra, concepciones opuestas de la Historia, lecturas prácticamente incompatibles de la vida inmediatamente anterior y, en definitiva, propuestas políticas enfrentadas. La primera representaba (casi presentacionalmente) el enfoque marxista de la evolución de los campesinos italianos durante la primera mitad del siglo XX; la segunda, localizada su acción algo antes, presentaba (muy representativamente) el enfoque cristiano de esa misma realidad. Ambas son obras soberbias, pero, se diría, incompatibles en su enfoque en cada caso propio de una de las dos grandes tendencias políticas del siglo. ¿La servidumbre y los esfuerzos de los campesinos iban a conseguir paliarse o incluso desaparecer adoptando las nociones marxistas-comunistas, o más bien adoptando un punto de vista y una conducta propias de las ideas cristianas? Aquello, en una postura o en la contraria, era pensar en coordenadas y en escalas big picture que, si bien nos dejaron agotados, y necesitaban una renovación, eran manifestación clara de unas intenciones y unos proyectos de largo alcance basados en preocupaciones sinceras sobre problemas reales de las personas.
Pero se han cruzado en el camino algunas variables que han impedido que aquello se corrigiera de un modo eficiente y proporcionado dando lugar, quizá, a unas nuevas propuestas políticas de solvencia equivalente y renovada, y ese mundo se ha convertido en un continuo recitado de quejas, o a veces de bienaventuranzas, de dimensiones y escalas que se necesitaría un objetivo fotográfico macro para poder apreciar. Hoy, en ese mismo cine, se sitúa una historia en el mundo agrícola no para plasmar la proporción de esfuerzos y resultados, de luchas y supervivencias de las personas, sino para dar un fondo a una historia de problemas relacionados con la transición de sexo en una adolescente. No exactamente una big picture.
Democracia fuerte 2. 25 de febrero.
De entre las preocupaciones irrelevantes, es llamativo como modelo, ilustración y ejemplo para los demás, el protagonismo que ha cobrado el sexo en la vida política actual, y además el hecho de que nadie lo subraye adecuadamente e incluso de que ni se perciba. Y no es un protagonismo producido precisamente por haberse «liberalizado» su tratamiento o su práctica. Se ha liberado en cierta medida, por decirlo brevemente, en relación a manifestaciones formales que era necesario que se liberaran, como la expresión en público de relaciones hasta hace poco penalizadas, o el reconocimiento de parejas y familias que no forzosamente tienen que seguir el reglamento del matrimonio tradicional. Pero aparte de estas novedades, lo cierto es que cuesta encontrar una época posterior a la Ilustración en la que se haya legislado tanto, con tanta extensión y con tanto detalle, contra el sexo. De modo que se diría que los avances formales a veces parecen un señuelo con el que se ha engañado a muchos, o quizá incluso la compensación que se les ha ofrecido por amarrar, por el otro extremo, otras acciones sexuales que antes pasaban sin castigo: porque había algunas que merecían ese castigo, pero otras eran mera manifestación de la realidad inevitable de la sexualidad humana. En definitiva, hoy se ha elaborado legislación que casi, con excusas de «progresismo», lo que ha conseguido es llegar al límite de la puesta en práctica de aquella admonición del papa Juan Pablo II relativa al carácter pecaminoso de «mirar con deseo incluso a la propia esposa» (lo dijo él con ese género y no añadió lo simétrico). El mundo de ufanía progresista y de narcisismo moral de ese lado de la política que execra discursos como los de Juan Pablo II por reaccionarios, ha resultado al final que converge con él, y sin matices ni excepciones, en esa noción.
Habrá que tratarlo en su momento, porque, de ser un asunto irrelevante para la política, algunos han conseguido que llegue a ser prácticamente núcleo central de sus reflexiones, y además con un componente que tienen pocos temas más: su vocación de acaparamiento o de totalización, su acción se diría que inevitable para conseguir que todos se ocupen de ello y no de otra cosa. Eso que se llama «enfoque de género», que pudiera llegar a ser correctamente interpretado en contextos y por personas adecuadas, viene a ser, en la realidad, obsesión por encontrar el delito o la falta, o los indicios de que pudiera haber llegado a haber un delito o una falta, y por el camino convertir este «pudiera haber llegado» en un delito a su vez. Pero sólo mencionarlo ya parece que es descender a registros infantiles de discurso, como se ve: porque sucede que el discurso sexófobo es simplemente infantil, y difícil de sostener en un debate político adulto, y por eso se buscó y se encontró en el pasado un cicerone en el mundo de los adultos como fue el de las convicciones religiosas y hoy, decaídas estas, se ha refugiado tras el escudo de los feminismos evolucionados o de cuarta ola, casi inconexos con la tercera ola de los avances reales y sólidos de ya hace tiempo. Este feminismo de cuarta ola, tan atento a la mirada de un varón sobre «su propia esposa» para denunciar intenciones sexógenas como si fueran delictivas, ya no es, por fin, otra cosa que un relleno sonoro y dulzón de los vacíos programáticos de la izquierda (y los problemas reales aún por resolver tienen que ser atendidos por ese feminismo anterior y hasta despreciado por muchas de las actuales agentes recién llegadas).
Así como se ha abandonado la lucha real contra los problemas reales todavía vigentes de la situación de la mujer, se dedica también especial energía a los problemas del medio ambiente, pero de un modo que, lejos de constituirse en material para un sólido programa político, o más bien para parte de uno, queda esa preocupación mutada en simple mostrador de quejas acientíficas sobre los supuestos (y a veces hasta deseados, por su efecto propagandístico) daños ambientales que cierta medida política de los demás, gruesa o ínfima, calculada o improvisada, pueda traer.
A su lado, y todavía es pronto para saber quién fue antes, el desmantelamiento de la enseñanza colabora impagablemente a esas suposiciones que se presentan como preocupaciones medioambientales. A pesar de los esfuerzos sobrehumanos de algunos profesores, parece definitivamente imposible que los graduados de secundaria y bachillerato consigan distinguir entre los efectos de una bomba atómica y los de una central nuclear. O que sepan a qué y a quién atribuir la desaparición radiológica de su tumor, o el diagnóstico de detalle gracias a los rayos x, o a un Tac, o a una emisión de positrones. Sólo empezar a explicarlo trae consigo un alud de interjecciones de desmentido y de insultantes insinuaciones sobre la ignorancia del, precisamente, mejor informado. De modo que en la actualidad, con la energía más limpia, estudiada, rentable y controlada de la que ha dispuesto el ser humano en la Historia, sólo por prejuicios o por simples rumores interesados en el fracaso, estamos todavía sobrenadando y medio ahogados en una dependencia energética que en casi todos los casos lo es de países… no democráticos. Ecologismo semiculto y destrozo ya de décadas de la enseñanza son una pareja indisoluble, a pesar de que esta enseñanza pulverizada y esterificada tiene por otro lado otras relaciones: por ejemplo, la muy sólida amistad con las degradaciones de los principios democráticos de tolerancia y de solidaridad.
El ejercicio público de ambos valores, muy deficiente, parece la última escenificación de la debilidad democrática que resulta muy difícil soslayar. Se ejerce la tolerancia principalmente hacia los que no aceptan la democracia como organización política de la sociedad, y se es solidario tanto para la supervivencia como para la convivencia, pero de ningún modo para el tercer grado, que es la solidaridad para la vida democrática. Esta última obligaría, porque obliga, a exigir conductas democráticas reales y demostrables en el objeto de solidaridad, y por eso no se proporciona ni se exige. Y se da el caso de que, en esta época de estrecheces presupuestarias y enigmas financieros internacionales, se vuelcan en esas solidaridades, que no exigen enriquecimiento de la vida democrática, fondos se diría que sin fin. Y una pequeña parte de estos fondos resolvería el agudo problema de seguridad que, de modo creciente, va acorralando la vida democrática y la simple convivencia en nuestras sociedades, en las que hay que disputar cada parcela, y nunca una pequeña victoria es definitiva, a los grandes clanes delincuentes que tienen su escalón más bajo en esos ya clásicos asuntos de drogas y su nivel superior y espeluznante en el asesinato frío de guardias civiles, cuyos sueldos, además, se diría congelados incomprensiblemente, y en todo caso ínfimos en relación a la importancia de su trabajo. Y mientras tanto, la más alta superioridad de despachos de estos guardias civiles niega el concepto de peligrosidad de ese trabajo. La democracia débil reúne en la debilidad obligatoria y obediente de sus fuerzas de seguridad cualquier consideración que se pueda hacer anteriormente.
Atención a sustitutos ideológicos frívolos; permisividad con morales arcaicas hoy renovadas bajo máscaras de progreso; pseudociencias presentadas y cultivadas como criterios de acción política; destrucción de lo que un día se quiso que fuese la enseñanza para todos; desviación de la tolerancia y la solidaridad, y debilitamiento de las funciones de seguridad y justicia, son los seis elementos que provocan la debilidad de las democracias actuales, y las armas que se emplean para evitar su conversión en democracias fuertes.
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