Ya que venimos hablando de mentiras, tendremos que reconocer que el mundo agrícola no es muy abierto, por lo menos con quien no pertenece a él, y tiende a decir millón cuando se trata de mil, y mil cuando se trata de cien. Pero basta haber conversado algunas veces con alguno de los suyos para haber sentido en esas conversaciones la frustración en la que viven. Menudo follón de papeleos, de normas, de reglamentos y de pesos y medidas. Y eso que ya no son los tiempos aquellos de cobrar por quitar los olivos y luego cobrar por ponerlos, sin haberlos ni quitado ni puesto. Ahora los inspectores parecen, a la vez que más detallistas y profesionales, más honrados que lo que se decía antes que eran (nunca llegué a saber de nadie fiable si lo eran o no). Claro que eso de un inspector «profesional» no es forzosamente algo bueno ni para la humanidad en general ni para el inspeccionado en particular, como muy bien saben los pringaos que se dedican a la enseñanza. Ya lo trató V. Camps en su libro, antes de ser famosa, al poner entre interrogaciones la profesionalidad en la lista de virtudes públicas.
-¿Y usted por qué contestó a esa pregunta sobre los mirlos en esa excursión, cuando en su programación previa no aparece mención alguna ni a mirlos ni a pájaros?
-Yo… Este… -balbucea el maestro- Me lo preguntó Kevin con tanto interés que me dije…
-Ni Kevin ni kevan -corta, muy profesional, el inspector-: voy a tener que abrirle un expediente por esta desviación programática, ¡vamos que se lo voy a abrir! Y despídase de sexenios y de pluses por cuidar comedores.
Pues en el campo algo así, pero creo que con las distancias entre plantones, alturas de caballones, material de tutores, y vaya usted a saber qué miles de minucias más, minucias en las que al parecer es donde está, como siempre, el diablo. No entiendo mucho las protestas tractóricas de estos días, pero me ha parecido ver que el asunto de la hiperburocracia oficialista tiene un papel importante, junto a los lobos populosos y los pesticidas de unas u otras marcas más o menos hábiles comprando voluntades y opiniones. Y a los profesionales del ramo se les suman ahora los transportistas. Así que a lo mejor tenemos que contratar con Egipto la compra de varias galeras llenas de trigo, porque no se sabe esto por dónde va.
Todo eso me ha hecho recordar al Prefecto de la Anona, que era el cargazo de la Roma imperial responsable de que hubiera comida suficiente para todos. ¿Quién es hoy nuestro prefecto de la anona? ¿Hay algún responsable de que lleguen las alcachofas más o menos con forma de alcachofa hasta los mercados y las tiendas, ahora que han bajado los brazos los cosechadores y los transportadores? La pregunta tiene aromas de ser diabólica, sí. Házsela a Óscar Puente, que se juanea de ministro de transportes, y verás cómo te acusa de fascista. Bueno, hombre, pues házsela a Pablo Bustinduy (¿quién?), formal y oficialmente ministro de consumo a pesar de todos los pesares, pero tampoco conseguirás enseñanza, buscando como sigue sus funciones más allá de desaconsejar el consumo de carne que dejó precedentado su antecesor; probablemente salgas en alguna tele como representante de la fachosfera. No se sabe muy bien a quién tenemos por aquí para pedirle que, con los tractores por las calles y los camiones por las cunetas, no nos falten por favor las galletas sin azúcar en el súper y las mandarinas, aunque sean de las maluchas, en la frutería de la esquina. Y todo eso nos ha llevado a pensar a todos, no lo neguéis, en que, precisa y romanamente, estamos en puertas de una especie de Recuperatio Imperii, sólo que esta vez sin Carlomagno ni esos otros Otones, Ludovicos o ex-merovingios. ¿Qué Recuperatio? ¿Qué Imperii?
A ver: lo de la actualidad es como si los mimos esos del final de la película Blowup hubiesen salido de ese parque pero ya definitivamente, y hubieran conseguido hacerse con el control de las gobernaciones y estuvieran ahora imponiendo su infantil diversión a las gentes y las ciudades. Porque no otra cosa es, con la que hay montada y la que falta todavía por montar en eso del agro agreste, que la Vicepresidenta de Todo diga que bueno, que pobriños, que está del lado de los «trabajadores del campo», pero que para arreglarlo habrá que tener en cuenta muy principalmente no agredir al entorno climático-ambiental-planetario. Como cuando a un atropellado por una bici a la espera de una ambulancia le dice la puritana de turno «no diga usted esas palabrotas propias del cispatriarcado, ciudadano y ciudadana». Son los mimos esos: quieren tenernos a todos jugando con pelotitas que sólo ellos ven. ¿Cuál es la frontera entre la mentira y el mimo? Pero es que anda que no hay personas, otrora con normal hematocrito, que andan por ahí mimando raquetazos sin raqueta, exclamaciones sin sonido y sobre todo encaje de golpes sin que nadie les golpee. Me parece que eso señala el Imperium que hay que recuperar: el de lo contrario, es decir el del sentir común. Cualquiera que quiera y tenga que llevar a sus hijos al cole esa mañana lluviosa de atascos no se va a parar en virguerías de coger en el aire flores que no existen y luego lanzarlas invisibles a los demás; ni va a preocuparse en duplicar o triplicar los vocativos a su prole para pedirles que dejen de estrangularse unos a otros y unas a otras y unes a otres en el asiento trasero, se entiende que algo apretado, del Hyunday Athos. Ah, sí, es que hay quien ayer maravilla fue y sombra suya hoy no es, porque desde luego lo primero que nos ha traído este (esperemos que solamente) interregno cursi ha sido la ruptura de inteligencias, sentimientos y amistades; y le debemos otrosí que tu gran amigo después de treinta años apareciera un día desdoblando géneros lingüísticos o afeándote tu heterosexualidad o burlándose despectivo e inesperable de un gusto literario tuyo, quizá extravagante pero incluso compartido por él hasta hace poco. Todo eso se lo debemos, en efecto, a una pérdida de gobernación, o quizá a un secuestro de esta por esos mimos infecciosos y autoritarios con vocación de invasores, vocación que han satisfecho primero con la izquierda política, luego con los medios de comunicación y por último en vías casi finales de satisfacción completa con el conjunto de la sociedad. Interregno del estilo de Galba-Otón-Vitelio; y a ese interregno le sucedió entonces, y con un poco de suerte sucederá en nuestro siglo, la época de esplendor y consolidación de Vespasiano-Tito-Domiciano-Nerva-Trajano-Adriano, nada menos. ¿Alguien podría decir que lo que alimentaron y construyeron estos seis (con los descansos relativos de Tito y Nerva) es en realidad la fuente a la que ha acudido con regularidad a rehidratarse Europa en los malos momentos de su tormentosa historia, y eso ha hecho que Europa resucite y se revigorice cada vez que parecía acercarse a su final? Sí: yo podría decirlo.
No es que vaya a llegar a afirmar que hoy mismo vivimos en el mismo imperio romano del siglo II; pero probablemente tenemos muchas más cosas en común, o simplemente cosas hijas de aquellas, de las que la parroquia suele percibir.
Galba, Otón y Vitelio podría ser una buena denominación de los tíos que en los ultimísimos tiempos nos han estado liando las cosas, a veces desde las instituciones y los butacones del poder, y a veces desde el centro mismo de las plazas y las verbenas y aparentemente sin butacón ni butaca. Aquello que vino a continuación fue una Recuperatio, como la que luego se propusieron los Carlomagnos & Co 600 años después, y desde luego la que por fin se institucionalizó más seria con otro Otón, el Primero, en 962, si no recuerdo mal. A la espera de un Vespasiano, quizá estaría bien que fuéramos empezando a comportarnos como si ya lo tuviéramos. Porque hay momentos, últimamente, en los que se tiene la impresión de que puede que estemos pasando el cambio de rasante que era necesario pasar: la eurocámara empieza a incomodar al Petimetre Gerundense y a sus coristas duduá; los fiscales, habitualmente algo autistas y sin interés alguno por los que nos amarga la vida de verdad a los ciudadanos, parece que (ha hecho falta que les pisaran el callo, por supuesto, pero bienvenido sea) han despertado y empiezan a decir que qué es esto; todas las asociaciones profesionales de magistrados, sin excepción, preguntan cosas molestas; los agricultores, ya te digo; los transportistas, a los que tampoco termino de entender, pues lo mismo; algunos publicadores hasta se atreven a publicar las putinadas catalanófilas, que resulta que lectores y espectadores no están recibiendo con demasiada alegría (salvo dos opinadores con un colocón de órdago); y no he sido capaz de oír ni una sola opinión favorable a las tropelías de los mimos alucinados, quiero decir, de los ministros y cargos que nos gobiernan, en mis habituales conversaciones entre el súper, la farmacia, el kiosco, las dos o tres librerías que me soportan, y unos cuantos foros de teclado en los que habito. Ni siquiera opinan acerca de si (ya que hablamos de mentiras) la canción Zorra es así o asá; ni siquiera como sí que opinó esa tipa que salió en las teles, que en el mismo minuto y en el mismo párrafo supo decir que le parecía una canción empoderadora blablablá y vengadora-reivindicativa de blablablá, por un lado, y luego que no había derecho, que eso era un insulto tradicional de los machirulos hacia las inocentes mujeres, y que cómo no se prohibía. Parece que en la plebe de la que soy miembro esa forma de comportarse y decir ya no cuela. Ni la de que en esta vida hay que elegir: o Zorra o Cara al sol. Es que no se lo cree ni él, porque lo ha hecho exclusivamente para poner a las gentes a discutir de eso, y no de él. Cómo será de bajito el pH de ese entorno, que hasta ha dimitido la jefaza «de igualdad» de la tele pública que organiza esa cosa de las canciones. Hay algo raro en eso de «porque ha ganado esa, ahora dimito». Sólo le ha faltado añadir un «jolines» o algo así.
A lo mejor todo esto ha sido un feo interregno.
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