Puigdemont, el acadio (o Todos somos Roger Rabbit)

Lo que pasa es que, después de todo lo visto, dicen que Cataluña está con no sé qué problemas de sequía, y el personal tiende a dudar. A ver, qué pasta quieren trincar ahora, ¿es que hay unos fondos llamados Agua Para Los Pobres, una lluvia que va a caer en otro sitio, unos excedentes acuosos o unos lagos subterráneos que también quieren llevarse? Muchos con capacidad para decir dicen a menudo que el peor de los delitos es la tacañería. Eso se puede ilustrar muy bien y muy gráficamente, y todos hemos conocido a alguien del que nos hemos tenido que preguntar: «Y este tío, adónde querrá ir con esa pasta, ¿no se da cuenta de que le quedan dos telediarios y se la va a llevar a la tumba?» Pero hemos aprendido en estos tiempos que hay un delito por lo menos igual de guarro, y además que se suele asociar al anterior: la codicia.

Una cosa es pasear por el paseo de la playa e ir viendo casas y casazas, pisos y pisazos y, entre lametón y lametón al helado de brécol, ir fantaseando con lo que harías tú con una terraza así de grande mirando al mar, o con ese jardincito como hecho aposta para los columpios de la descendencia. Y al final del paseo, tan contento, porque imaginarlo es vivirlo un poco, te acabas el helado, suspiras sonriente, y a otra cosa, mariposa. Algo muy diferente es hacer como los tipos esos de La invasión de los ultracuerpos y quedarse señalando algo y con el cuerpo muy tieso y rugir «lo quiero para mí» una y otra vez, y encima acabar haciendo como los argentinos al ganar el último mundial de fútbol, esas pedorretas y tururús al vencido de aquella foto. Llevamos así bastante tiempo; en realidad, bastante más tiempo del que sabíamos, porque ahora empiezan a salir a kioscos y librerías las Jordiaventuras en Pujolandia, de las que hay quien afirma que vienen desde el primer relevo tarradellense (y algún indicio hay). Pero ahora hay que ver adónde hemos llegado; que una cosa es el habitual pactito con concesiones a los paletos: que sí, que si me apoyas en la investidura te dejaré que gestiones tú la pasta del servicio de socorristas de las playas (y sabes que a los socorristas les va a llegar la mitad); y otra cosa es esto, que ya ha pasado todos los límites del decoro e incluso del fingimiento ese que proponía el buenazo de Hume, esa luminaria que nos enseña el camino a fenomenólogos y a los demás, lo de no me importa lo que sientas, me basta con que finjas urbanidad. Es que ni fingen urbanidad.

Algo tendremos que hacer. ¿Alguien sabe la proporción de españoles que tienen apellidos catalanes aun siendo de Segovia, de Madrid, de Lugo, de Almería o de Sevilla? Muchos; somos muchos.  Así que ya está bien de hablar de catalanofobia y esas gilipolleces: cualquiera podría recordar la primera vez que se dijo esa palabra en público, cuando salió de las fauces del Petimetre 1,5 también conocido como Artur Mas, en una entrevista en directo en la tele, en la que todo se había preparado para que acabara diciendo que venía de una «gira por España» muy estudiada y muy calculada, y que lo primero que tenía que decir (estaba algo en plan Marco Polo) era que había notado una general «catalanofobia». Algunos lo vimos en directo, y según las narraciones posteriores que nos hicimos unos a otros en las sesiones de terapia parece que casi todos nos levantamos del asiento de golpe y dijimos lo mismo: «¿Pero qué dice este tío?» Y unos cuantos muy inmediatamente, pero otros algo después, nos dijimos: esto lo ha dicho para preparar el terreno para algo. Sí, qué se le va a hacer, algunos somos así de listos (aunque en aquella ocasión no hacía falta serlo demasiado). Eso fue hacia el 2014. Luego vienen los economistas del pronóstico retrospectivo y nos iluminan la casa ya iluminada: lo primero para los nacionalismos es movilizar a las gentes mostrándoles un enemigo exterior, a ser posible inventado. Toma, claro. Se han estrujao las meninges haciendo consultas en la vinoteca.

¿De verdad que hay sequía en Cataluña? ¿De verdad que hay catalanes? Es más: ¿existe Cataluña?

Más aún: ¿existe Pedro Sánchez? Él dice que sí, así que a lo mejor nos tenemos que plantear lo contrario. O las dos cosas a la vez.

Si seguimos así vamos a acabar metidos en la teoría cuántica de cuerdas y peleándonos entre el espacio anti-de Sitter y los Campos Conformes, y ahora no nos apetece demasiado ponernos a explicarlo. Pero nadie en este universo, holográfico o no, o sea catalán o no, puede negar que estos idiotas de políticos están montando un cipote de no te menees y aumentando la entropía de nuestro agujero negro (o del suyo) peligrosamente, porque aquí cada uno que suelta un naipe sobre el tapete rompe una vajilla más, y a lo mejor las cosas, o sea las vajillas, tienen un límite. ¿Qué límite? Pues no sé: eso de proponer una de las leyes más bochornosamente inaceptables que cualquier democracia haya visto proponer en los últimos cincuenta años, y más que proponerla habría que decir imponerla, y luego votar en contra de ella en el pleno del Congreso, que es para que nos pusiéramos los ciudadanos haciendo colas kilométricas para dar de patadas en el culo a todos esos matones mentirosos. Dejad que nos regodeemos unos segundos en esa imagen tan bonita. ¿La veis? Puchi, Turull, Nogueras y los demás, bien agarradicos al poste y con el culo bien sacado para fuera, y unos abogados del estado leyendo los nombres: los nuestros, no los de los diputados: García Tarascón, Tartarín. Y García Tarascón, zas, da una patada en el culo a Turull. Husillos de Oliva, Palmerina. Y Husilllos de Oliva, zas, patada en el culo a Nogueras. Y así hasta 48 millones. Qué días para recordar. ¡Y los abogados del estado trabajando para los ciudadanos!

En cuanto a la pena a imponer a Sánchez y con él a sus obersturmbahnführern (la n es del dativo plural, so quejicas) pues habrá que pensar algo que respete sus derechos humanos, pero sólo esos.

Porque es que no se puede, por favor; que a ver si les queda claro que nos están llevando al rincón en el que no se puede más, oiga; que es que este comportamiento no es comportamiento, hombre. Que se ría el tío en la tribuna superior como se rió dando por seguro que todos queremos ser presidentes como él pues no, qué quieres que te diga; que se ría de su tía abuela. ¿No clavó la imitación del juez Doom, el malo de Quién engañó a Roger Rabbit (y López, Puente y los demás, la imitación de sus comadrejas) cuando se carcajea del pobre Roger Rabbit porque le ha engañado consiguiendo ocultarle que él, el malo, no es más que un dibujo animado en 2-D que se ha hinchado a soplidos hasta parecer de 3-D?

¡Ay de mí! Ya os decía que íbamos a acabar en el espacio anti-de-Sitter y en esas zarandajas. Es lo de la teoría del universo holográfico, que dice que nuestro universo no es más que la proyección en 3-D de un universo en 2-D (porque la entropía de la cosa depende de su superficie y no de su volumen, manda huevos). A ver si va a estar pasando que España es la proyección holográfica en 3-D de Cataluña, que, como todo el mundo sabe, no es un universo que vaya mucho más allá de un sencillito 2-D. Aunque la pregunta complicada de responder, en este caso, es quién hace de Roger Rabbit; y más complicada todavía es la respuesta a la otra pregunta, a saber, quién es Jessica Rabbit. Está claro que alguien de nosotros; o a lo mejor todos nosotros. Lo de esos barriles de una sustancia disolvente que llamaban «el baño», algo con trementina y aguarrás para borrar los dibujos, será, supongo, la amnistía catalana. Porque como nos enchufen al final la amnistía vamos a quedar todos más aniquilados que los bocetos de los retratos del archiduque Carlos de Austria como rey catalán (ejem) de España.

Pero a nosotros, ¿qué nos importa?, como dijo el converso Patxi López. Pues la verdad es que las cosas que nos importan son muy otras que las idioteces nacionalistas y las patrias chicas y los cero-negativos, y Roger de Flor. A propósito, ahora que caigo: ¿habrá alguna cosa de estas que sea de verdad? Pero el caso es que por debajo de todo está que no nos mola que nos roben, nos insulten, nos desprecien y nos hagan un bombo sin pedirnos permiso, y que encima quien se supone que está para eso de «guardar y hacer guardar la ahora innombrable» nos esté dejando a los pies de los caballos todos los días. Aunque probablemente nunca sabremos qué fue verdad de todo esto. Quizá sólo lo sepan nuestros bisnietos. Y menos lo sabrán los catalanes: al fin y al cabo, los acadios nunca llegaron a saber por qué se acabó su imperio; simplemente se vieron cada día, cada año y cada siglo más flojos que el anterior y llegó un momento en el que no hubo nada. Se supone que el imperio acadio, el primero que conocemos de la Historia, desapareció o se deshizo o se disolvió al final a causa de… una sequía. Los arqueólogos, que a veces son muy apasionados, dicen que una sequía de 300 años. Me parecen muchos, pero ellos sabrán: que si los estratos de polvo, que si tal. ¡Una sequía! ¿No será la sequía catalana una cosa parecida? Los pobres acadios, a diferencia de los pobres catalanes, no tenían un Ebro que absorber ni unos barcos saguntinos con los que pillar agua castellana, ni vete tú a saber qué exacciones y pillajes que se van a inventar ahora.

Ah, por supuesto, eso sí: siempre que haya sido verdad lo de aquella sequía acadia. Es decir, siempre que haya sido verdad lo del imperio acadio. ¿Hubo de verdad un imperio acadio?

¿Y Sánchez… qué dice de esto?

Deja un comentario