Ahora resulta que eso de Pegasus tiene mucha más autoría del PSOE de lo que el PSOE venía diciendo, que decía que era ninguna: porque da la impresión, pasito a pasito, de que puede que la tenga casi toda. Que la orden de lanzarse a la vigilancia del Petimetre Número 2 de Cataluña fue dada cuando Pedro Sánchez ya estaba en la mecedora de Moncloa. Lo de «cree el ladrón» habrá que cambiarlo por «dice el ladrón…»: ni el ladrón se lo cree, pero lo dice por ahí. Es que madre del amor hermoso, qué panda de canallas mentirosos hay por ahí a los mandos. Y no es que esto nos pille sin avisar, y menos ahora; es que lo celebramos cada vez que se confirma; o sea lo lamentamos, pero lo decimos y lloramos en alto, porque es nuestro derecho.
«Miente más que un concejal», se ha dicho desde hace siglos en el iberoespacio cuando se quería dar a entender que no había escala para medir lo mentiroso que era alguien. Está claro que hemos superado el grado de concejal. Casi se puede saber con certeza la verdad poniendo al revés lo que dicen estos tíos. Siempre hemos entendido que estas cosas de la esgrima en público tienen que tener algo de retranca y de trucos y así, pero ¿tanto mentir? Están exagerando. ¿Cómo es esto de mentir? No hay mucho pensamiento sobre el problema de la mentira. Habrá que hacerlo alguna vez.
No hay mucho sobre la mentira, me parece, porque como todo el mundo miente alguna vez nadie se quiere meter en el jardín de autoflagelarse. Pero es que no sería autoflagelarse. Una cosa es mentirle a la autoridad, y más si esta es abusona, y sea esta policial, familiar, industrial, civil o eclesiástica (y no te digo ya en los papeles de la mili). Otra cosa es la mentira que deteriora el mundo, la que troncha de golpe uno de los cuatro cimientos sobre los que se edifica la pareja, o la amistad, o el compañerismo; o incluso la propia posición de autoridad cuando es legítima.
¿Por qué mentir así, cuando no habría necesidad?
Todos conocemos, por la simple vida en sociedad, que algunos plastas mienten porque les hicieron edificarse a sí mismos sobre pretensiones y destinos que eran inalcanzables pero que ocuparon tanto esfuerzo que luego, al revelarse imposibles, no se supieron sustituir por otros; y así transcurre su vida, afirmando que ya han alcanzado esos niveles, esas amistades ennoblecedoras, esas jerarquías seráficas, una tras otra, en cada conversación, cada día, con cada novedad. Y sin darse cuenta, al parecer, de que eso, lejos de engrandecerlos, los aminora a ojos de los demás, que sólo perciben que el mentiroso hace depender su valía por completo de la valía de otros, y nada de logro personal alguno. Y además no todos o no muchos aprecian del mismo modo el valor y la nobleza de los hechos o las personas que el mentiroso esgrime como fuentes de su contagio aristocrático.
Otros mienten porque han sido programados desde la infancia para hacerlo, y estos suelen hacerlo no siempre y en todo momento, sino más bien por especializaciones. Era frecuente, en la antigüedad más remota (no vaya a ser que), que muchas jóvenes salieran a la sociedad muy educadas, demasiado educadas, en las mañas y sobre todo en las normas no ya de cómo cazar marido, sino de qué hacer con este una vez cazado (y muchos varoncitos en el equivalente, pero este menos de mentir y más de ignorar a la otra parte). El antiguo y refranoso «¿Contra quién se ha casado Fulana?» tiene ahí su origen: eso de establecerse en pareja no sería, si es que lo ha sido alguna vez, el feliz acontecimiento de obligada prolongación a lo largo de una vida, sino el comienzo algo asesino a menudo formulado (pero en silencio) como «Bueno, ya me he casado: ya tengo alguien a quien mentir». ¿Se lo has avisado antes al otro? ¿Lo entiende igual? Es verdad que a la otra mitad de la humanidad le inflan la cabeza desde la infancia con lo contrario, que viene a ser solamente otro cuento de los reyes magos, y que se denomina compañerismo. Luego se va viendo que todo eso eran adiestramientos para servir de pareja a aquellos primeros, los que necesitan tener a alguien que crea estar estableciendo una compañía de iguales. Porque si todos fueran enseñados en la barbarie mentirosa, esta no tendría posibilidad. Algunos tienen que hacer de donantes de chuletas para las barbacoas de los otros.
O sea que algunos mienten por aparentar estatus, y otros mienten porque están programados por las mamás para cargarse cualquier relación que no sea la relación con su familia de origen.
¿Y los presidentes de gobierno y sus ministros y sus periodistas por qué mienten? Es decir: ya sabemos que el camelo general es parte de ese oficio; queremos decir por encima de esa situación de umbral alto. Una cosa es la clásica mentira electoral, yo erradicaré la pobreza, yo erradicaré la desigualdad, conmigo ya no habrá límites a la libertad; y todo eso. Descontado, pues, lo habitual y estructural, ¿las mentiras descaradas descaradas que lo son tanto que llegan a autodenunciarse, de dónde proceden y a qué apuntan? Me dirán: pues hombre, está claro: a conseguir el poder o a mantenerse en el poder. Y yo responderé que eso está incluido en mi pregunta; que de dónde procede y a qué apunta tener que mentir tanto y tan descaradamente para conseguir o para mantenerse en el poder. Habría que preguntarle a Franco, supongo, y a Fidel Castro, y al nicaragüense Ortega: una vez conseguidos los primeros, digamos, mil millones, ¿no tienes ya suficiente? Es que no vas a poder hacer más con los siguientes mil, cuando ya tienes casoplones por todo el mundo, o acciones de todas las compañías gruesas, y desde luego seguridad personal y medicina para ti y hasta diez Jaguars en el garaje o la chorrada cara que te haya dado por cultivar.
Pero ¿y cuando mienten sin tener esos mil millones ni esos Jaguars? ¿Para qué quieres un poder que te obliga, al buscarlo, a afirmar que nunca apoyarás una amnistía diseñada por los mismos amnistiables, y a los tres meses a afirmar que hay que apartar del juego democrático al que se oponga a esa amnistía, al que calificas de miembro de la fachosfera y contra el que edificas un muro? ¿Qué te obliga a incumplir la que quizá sea primera necesidad de una democracia, que es reconocer la legitimidad del rival para serlo?
Nunca dejará de reproducirse el espeluzno al recordar la soltura y la sonrisa con la que algunas de las más señaladas neofeministas de la facultad de filosofía de la Complutense difundían la necesidad de lo que ellas mismas llamaban «la mentira» para conseguir adeptas a la causa. Es cierto que tampoco lo inventaban, y que eso de la mentira como herramienta revolucionaria viene de donde viene, e incluso viene de antes, que esos no lo saben, porque hay doctrina de autoridades cristianas que se lo tienen trabajado durante siglos, jesuitas aparte. Con tal de evitar el escándalo… Con tal de atraer a nuevas almas a… Unos canallas. Y unas canallas. ¿No ven el destrozo que han causado en la sociedad española tanto estas como los otros, cuando sucesivamente se han ido y se vayan descubriendo sus mentiras? ¿Y la destrucción de la confianza, valor siempre en precario equilibrio sobre la cuerda floja, que causa en las gentes, incluso entre las acostumbradas a las mentirijillas políticas habituales, esta andanada de grandes mentiras humillantemente presentadas como «cambios de opinión»? ¿Y el desapego hacia la información y hacia los usos democráticos que están causando en las gentes todos los ejércitos de querubines y serafines periodísticos pro-mentiras, insultando a las audiencias que opinan en el lado de la honradez y la sinceridad?
Cuidado con tomar el pelo así a la gente. Porque lo que puede que esté empezando a pasar es lo que les pasa a esos que fueron a una pareja con ánimo honrado y generoso y se encontraron con la otra parte con esa programación de mamás mezquinas, y descubren que su vida ha transcurrido, sin saberlo, en falso, y que ni lo más elemental, lo más fundamental, la certeza más simple que se necesita para respirar, puede ser tenida como segura: que a lo mejor se plantean o empezar ellos también a mentir, o simplemente dejar esa pareja en la soledad de un descampado habitado solamente por ratas.
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