Ya hay investigaciones serias que relacionan la dependencia del móvil con las actitudes tolerantes hacia las políticas autoritarias. Eso de «las soluciones fáciles y rápidas», como dice alguno, casa bien, evidentemente, con los que no quieren que les distraigan del último hilo abierto por sus tuiteros o instagrameros favoritos. O de los comentarios de los amiguitos sobre la última kedada.
¿No nos estaremos alarmando demasiado los demás? A menudo recuerdo una escena premonitoria de la serie House en la que uno de los ayudantes entraba en la habitación en la que una enferma, en su cama, y una amiga de la enferma, en la butaca, miraban cada una a la pantalla de su respectivo i-pad, y tecleaban concentradas. El ayudante, serio y escueto siempre, tras mirarlas unos segundos, se limitaba a preguntarles: «Ustedes saben que están en la misma habitación, ¿verdad?» Él suponía que estaban conversando entre sí, cosa que ambas desmentían inmediatamente.
Aquellos tiempos de House se han quedado lejanos a toda pastilla. Hoy se han desarrollado tanto esas tecnologías que cada poco tiempo las cosas, los modales, el idioma y todo lo de hace sólo dos veranos ya parecen rancios. Pero, junto a ello, me parece que en todas estas cosas hay una especie de exceso de preocupación moral; sería la única de esta época en la que no lo hubiera, es verdad. O a lo mejor sería la única época en la que no hubiera estas exageraciones como las que, por ejemplo, había en el pasado con cada pequeño avance tecnológico. Dentro del respeto que merecen en general, da un poco de ternura recordar a esos señores tan serios del antifranquismo cultural -casi no lo había que no fuera cultural- y sus graves gestos, a veces hasta pomposos de puro sentir, cuando se les preguntaba, por ejemplo, por la televisión. Estaban desde los que creían de verdad que la tele iba a ser el final del teatro y por tanto del humanismo, hasta los que simplemente veían a corta distancia y no podían comprender que alguna vez pudiera dejar de ser un instrumento a favor de los ministros de El Pardo, y poco menos que iban por ahí predicando que en cuanto cayera Franco caería la tele, más o menos.
El exceso de moral que se secreta ante las novedades sociales, igual que se producen linfocitos ante la presencia de infecciones, no es algo que sea tan simple como a primera vista parece. Podríamos escribir la comedia de las objeciones graves y pudibundas que pondrían los plastas de la tribu ante la invención de la rueda o ante la cuchara que, como decía Umberto Eco, es un invento imposible de mejorar que se ha mantenido igual a sí mismo por lo menos unos 30.000 años, que sepamos.
– Cuchara corromper juventud igual que en el futuro los móviles -dirían los tíos de la comedia con taparrabos, estilo Raquel Welch, entre dinosaurio y dinosaurio.
– Dejarse de sermones -les dirían sus cónyuges-, y terminar de inventar esa cosa redonda para poner bajo las parihuelas del cuñado cojo, que ya pesar mucho.
– Cosa redonda seguro que también corromper -gritaría un cobarde oculto en la horda.
El caso es no dejar al personal disfrutar de la vida y de los inventos. No, no decimos que haya que tragarse cualquier invento que le dé a un loco por sacarse de la chistera. ¿Por qué siempre hay que explicar esto ante los pudibundos? No se entiende mucho, por su lado, que a estas alturas haya que estar celebrando todavía esa discusión: sólo un zumbao puede acogerse al argumento de que algo deba hacerse sólo porque pueda hacerse. Pero, ¿ese es el caso de esos malignos artefactos llamados teléfonos móviles?
Lo que nos importa es que no puede evitarse la impresión de que todos, los moralistas, los sermoneros, la opinión, sincronizada o no, y por supuesto la hinchada favorable, se pronuncian exclusivamente sobre la base de lo que se juegan en ello, o sea de lo que pueden ganar o perder. Y no se ve, por más que se mire, que alguien haya dejado caer un fragmento de argumento racional y tranquilo para saber manejarse con el asunto. Quizá lo más que podemos hacer los demás es señalar eso, y pedir que los que cortan alguna parte del bacalao se atrevan a pensar.
Por ejemplo, a nadie se le ocurrió hace treinta o cuarenta o cincuenta años regalar una televisión portátil a cada adolescente al cumplir este los doce años, para que fueran con ella al cole, o con sus amigos los sábados, o estuvieran colgados de ella durante la comida de cumpleaños del abuelo. Así que no se hizo. Me parece que las primeras teles portátiles de unas ocho pulgadas, o sea con una pantalla de un tamaño muy parecido al móvil actual, ya estaban en las tiendas a mediados de los 80; así que hubo tiempo para meter esa pata, y resulta que no se metió. ¿Por qué? ¿Cuál era la diferencia entre esa sociedad (de padres, o de muchachos) y la actual? Existían miles de jueguecitos de bolsillo del estilo de puzzles, pseudopuzzles, pre-tetris, y no digamos libros de crucigramas y afines: pero las pandillas de jóvenes se dedicaban a lo que se han dedicado siempre hasta ayer por la tarde, que era ir de acá para allá, liarla un poco en el cine, enfadarse por novios robados y aburrirse. Y en clase no era ni pensable sacar esos puzzles ni esos crucigramas. ¿Por qué? ¿Qué ha cambiado?
Ante la falta de reflexiones engrasadas, ante la falta de consistencia moral, lo que se nos viene encima ahora es la amenaza, ya cumplida en algunos países, de reglamentar edades, lugares, prohibiciones y permisos para los móviles. Esto, por un lado, es una hartura: en ningún lugar de las leyes aparece que los jóvenes no puedan ir con una llave inglesa del 14 para golpear a sus colegas de clase y, sin embargo, se ha conseguido que eso no suceda. Tanta manía de legislar todo seguro que procede de la frustración inoperante y asamblearia de las cavernas de las facultades y de los partidos: ya podrían ir empezando a dejarnos un poco en paz con sus utopías, ¿no? Eso de «si me dejaran, eso lo arreglaba yo en dos minutos» es más viejo que la colitis y recientemente hemos (han) tenido la (aburrida) oportunidad de presenciar su archiimposibilidad. Por otro lado, pues es verdad que no puedes hablar con un profesor de gentes de 13 a 18 años que no se te eche a llorar sobre tus hombros a causa sobre todo de esos móviles en clase.
Hace poco decía uno: ¿y tanta tecnología y tanta mala leche de precisión, por ejemplo como la que tiene Hacienda, o la que propusieron cuando zas, justo empezaron las encerronas de la pandemia con la propuesta gubernamental de tenernos a todos localizados a través del móvil durante tres meses «para un estudio», y no se puede hacer que los titulares de móviles de 13 a 18 años tengan sus líneas amodorradas (digamos, que sólo puedan hacer llamadas de emergencia por si se rompen una pierna) durante las horas escolares? ¿O localizables por los papás aun apagados (que ya sabemos que sí que se puede)? Esto de los papás sobrevigilantes es el pie del que cojea este asunto. Antes los papás estaban más que acostumbrados a enterarse de los accidentes de sus descendientes al acabar la jornada y al volver a casa en el ocaso. Y todo les parecía bien; o mal, o lo que fuera, pero no se pasaban el día sin respirar ante la conjetura de que en el recreo su vástaga se resbalara bajo la lluvia de ese día.
Dado que los problemas parecen ser más bien esos, no está mal esa idea de la desconexión parcial o sesgada o por horas de los móviles usados por jóvenes. Móviles tipo A: buenas, que quiero comprar aquí a mi cachorro un móvil, que ya cumple 14 años. Ah, pues entonces tiene que ser un móvil tipo A, le dirá el vendedor. El móvil tipo A es ese que de oficio, sin que haya que pedirlo, ya se sabe que no funciona, digamos, de 8 a 18 horas más que para eso, urgencias y papás. Luego tipo B, de uso algo más amplio para edades mayores. Y por fin un móvil tipo C, el que usan todos los adultos. Pues tampoco es inventar tanto, porque se parece a lo de las licencias de ciclomotor y ahora los cochecillos eléctricos, y a otras cosas que van con la edad.
Pero todo esto, ¿por qué? ¿Por qué es diferente el automatismo de comportamiento de esta época y el de hace treinta o cuarenta años? ¿Eso de que te contesten a una llamada -o más bien a un mensaje escrito- pertenece a la colección esa de gratificaciones instantáneas que crean adicción a la primera, estilo chocolate, drogas, aplausos? No parece que pueda ser tanto. Algo sucede ahí.
Ahora acaban de presentar un nuevo cacharro que dicen que va a sustituir al móvil, porque además de las competencias de este añade otras cuantas cosas que todavía no han sabido explicar bien. Todo esto ha empezado a diversificarse diríamos que por especialidades: los botones de alerta para ancianos accidentados y otras cosas similares vienen todos de la tecnología del móvil y usan sus antenas. ¿Qué más habrá? Algunas modalidades serán inmediatamente comprensibles y manejables, pero otras, o la misma original como ese móvil problemático para adolescentes, necesitan más que simples y previsiblemente ignorantes líos legislativos y reglamentos laberínticos.
¿Quién ha hecho que tantos jóvenes, inocentes, lleguen a los 15 años seguros de que el mundo les debe satisfacciones y premios sólo por ser ellos, y que su voluntad y su apetencia son la norma moral superior? Esos que lo han hecho, precisamente esos, son aquellos a los que no hay que llamar para que ahora asesoren.
Deja un comentario