El mundo de lo público no está dando buenas señales de salud en estos últimos tiempos de pacatería, moralismo y disimulos. Los destructores de la enseñanza consiguieron por fin, hace no muchas fechas, su objetivo. Y de esa enseñanza aberrante que ha resultado de las reformas hechas, de la que han sido víctimas muchos de los nacidos después del 75 y todos los nacidos después del 80, esta política de la actualidad. Porque la enseñanza anterior tenía problemas y errores, que hubiera bastado reparar para seguir teniendo todos una enseñanza; pero es que la enseñanza posterior a la comprehensividad no ha conseguido ni llegar a ser enseñanza, ahogada en palabrería, y ya ha alcanzado su final. Y la tragedia es que sin nada que la sustituya: sólo la suerte de que te toquen unos buenos e ilustrados padres o un profesor heroico; dependencia de la suerte que era lo que queríamos evitar.
El caso es que hay que admitir, aunque dé pena, que no hay mucho que hacer en ese mundo de lo público mientras no cambie el mundo de la enseñanza. Ese cambio tendrá que ser global, en conjunto y a lo bestia. Igual que lo hicieron los pedagogos destructores, que hoy pueden vanagloriarse, y se vanaglorian, de que ya no hay ni trazas de aquel mundo escolar que hace cuarenta o cincuenta años se propusieron aniquilar; y hoy miras ambos mundos y en efecto tienen poco o nada en común. Sólo una revolución de similar dimensión puede pensarse en la actualidad como comienzo de nuevas esperanzas. ¿Qué retoque o qué minucias puedes mejorar en ese eufemismo denominado enseñanza por competencias que convierta a esta en algo útil o siquiera decente?
La verdad es que se parece a lo que está pasando estos tiempos, y estos días se ha aireado por gracia del CIS, con las medidas contra la discriminación de la mujer y todo eso. Con la enseñanza, para arreglar la averiada transmisión, las bujías y tres abolladuras, lo que hicieron fue quemar el coche entero mientras, además, lo cubrían de insultos. Y eso recuerda mucho a lo que se está haciendo «con el varón» (?) en la actualidad: tirar por elevación, despreciar la precisión y poner un tutti en la partitura que lo último a lo que ayuda es a que la situación progrese. En esta encuesta y en otras cercanas, lo que sale al discurso público es que el cuarenta y algo por ciento de los hombres siente que ahora se está discriminando al hombre, en plan vicevérsico. Lo cierto es que cuesta mucho aceptar que eso es exactamente discriminación, salvo esos casos particulares que casi todos conocemos, cuando todavía hay empresas (y de las importantes, algunas) que alardean de pagar menos a una mujer que a un hombre por un mismo puesto y unas mismas funciones. O algunas otras cosas de ese orden oficial y material. Pero ese lamento de ese cuarenta y algo por ciento de hombres tampoco merece el desprecio automático que se está llevando por parte de comunicadores y mediadores y no digamos de ongs y hasta ogs con intereses en el asunto. Si tenemos que creer en las proyecciones de la encuesta, habría algo así como 12 o 13 millones de varones españoles que sienten maltrato comparativo frente a las mujeres. Quién se cree nadie para despreciar eso.
Aunque puede que esté interviniendo un elemento del que nadie habla. Por algunas de las otras respuestas en esa encuesta, parece que esa queja masculina no está del todo bien expresada (o tabulada, o cocinada, o etc.), porque lo que hace pensar es que con ese «discriminados» muchos están queriendo decir más bien «insultados». Ese «en España los hombres violan, y violan bastante» que dijo la tía esa con uno de los cargos más altos del Estado para la gestión de estas cosas, y unas cuantas expresiones de ese estilo, no sólo revelan la estupidez perfecta de quien lo dice, y probablemente su nula formación moral, sino, además, una frivolidad, una incultura y una falta de experiencia de la vida y de la sociedad que deberían ser consideradas inhabilitantes para el ejercicio de ese cargo y casi de cualquier otro trabajo. ¿Qué diferencia hay entre eso y «las mujeres son todas unas putas»? ¿Dejaríamos que ocupara cargo alguno un tipo que hubiera dicho eso? Es más: ¿lo dejaríamos sin sanción legal? Hará falta responder a la pregunta de por qué esta segunda fórmula ya casi ni necesita contestación de lo desterrada que está. Un destierro, digamos, asumido culturalmente por cualquiera con una mínima alfabetización. Pero la primera, y dicha no como burrada de amigotas de bar a la salida de un mitin capador euforizante, sino en un acto público ante la prensa y como cargo político en el ejercicio del cargo, no ha obtenido ni una respuesta, ni mucho menos una condena, ni su autora el vapuleo de adjetivos que se merece.
Responder a esa pregunta, comprender por qué de esas dos cosas una es hoy en día impronunciable en nuestra sociedad, pero la otra, la proclamada por la empleada política, ha sido acogida en el peor de los casos con silencio, y entre el conjunto de sus colegas con asentimiento, explica al mismo tiempo que muchos hombres hoy y aquí quizá expresen mal o con poca precisión su malestar ante «las políticas de igualdad», que pudiera ser que fuera un malestar hacia los insultos que como hombres están recibiendo, más que un malestar hacia los propios contenidos tenidos por avances hacia la igualdad (tema en el que no entraremos ahora, ni la encuesta entra). Los hombres inocentes de todo delito contra la mujer (¿o es que asumimos la superchería woke e interseccional de que no hay varón inocente?) no han leído ni oído «algunos hombres tratan así de mal a algunas mujeres (o a muchas, o a todas)», sino los los hombres, o sea todos los hombres hacen esto o aquello. Y resulta que casi ninguno ha hecho nada de todo eso que la acusación general afirma que es propio ¡y hasta inevitable! de los hombres. ¿Violar, agredir, perseguir, acosar? ¿Por qué a veces hay que creerse las estadísticas y a veces no (como aquellas ridículas funcionarias suecas cuando las encuestas dieron cifras mucho más altas de malos tratos machistas en Suecia que en España)? Porque según esas estadísticas, ¿cuántas violaciones hay al año en España? ¿Y cuantos «feminicidios»? ¿Y qué proporciones son esas en el conjunto de la población masculina?
Parece que se impone una asimetría metodológica e incluso táctica, con esas famosas «mentiras necesarias para la revolución». Se considera divertido que las mujeres tengan «conversaciones de vestuarios» y aplaudan las tabletas, los tipos-bombero y la búsqueda del contento sexual; lo equivalente en varones es inmediatamente condenado por la Hegemonía. Cuídense ellos de ser sorprendidos valorando en voz alta e incluso muda las buenorreces de una tía, porque les cae la del pulpo (¡hemos vuelto a los años cincuenta!), pero son casi de obligado cumplimiento los comentarios condescendientes sobre la calvicie masculina y las sonrisillas cuando se habla de la disfunción eréctil, y cosas mucho, mucho peores, cuyo equivalente simétrico con los sexos cambiados de lado hasta pondrían hoy los pelos de punta (véase la serie Urgencias, segunda temporada, la cirujana decidiendo circuncidar a un bebé porque ella «los prefiere circuncidados de mayores, je, je»).
Maldita sea, nos está resultando imposible cumplir con el juramento de no hablar de la educación.
Hace unos años, cualquiera con un mínimo de lucidez (y de trabajo) pudo ver, y algunos vieron, lo que se nos echaba encima si terminaban de consolidarse las estupideces pedagógicas destructoras de los sistemas de enseñanza y sus víctimas empezaban a alcanzar la edad adulta: exactamente lo que hoy tenemos, por ejemplo, en política. Cargarse los contenidos de la enseñanza no iba a arreglar, y no arregló, una enseñanza cuyo pecado era transmitir mal esos contenidos. Cargarse el todavía muy precario equilibrio en marcha de las relaciones entre hombres y mujeres no está arreglando, ni mucho menos consolidando, ese equilibrio. No, no vale el clásico subterfugio de que hay que hacer injusticia para conseguir la justicia. No hay justicia alguna sometiendo a colectivos globalmente a injusticias. Al no saber separar sus sentimientos personales del necesario análisis político racional, muchos o muchas están haciendo pagar a todos los hombres lo que a lo mejor les hicieron sufrir unos pocos. ¿Por qué nadie se atreve a decir en público algo tan visible? Otra pregunta cuya contestación podría ser sumamente informativa.
Y la Iglesia, de rositas.
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