La cita
Veníamos diciendo, y nos cortamos sólo por caridad hacia el lector, que en la página 273 de Teorías Críticas, nos sueltan los autores un salvavidas que nos ahorra a los taradillos muchas horas de buscar cómo expresarlo. Así que lo lanzo como trozo de patata que me ha caído en las manos:
Todo esto proviene de activistas que han adoptado la Teoría. Su supuesto subyacente, central a la Teoría, es que el prejuicio está en todas partes, siempre, oculto bajo la superficie. El deber del Teórico como activista es escudriñar los textos, los sucesos, la cultura, las actividades, los lugares, los espacios, las actitudes, las mentalidades, la expresión, el vestido y cualquier otro artefacto cultural concebible en busca de prejuicios escondidos, y después exponerlos y expulsarlos, junto con sus autores, de la sociedad, o por lo menos evitar su acceso a los medios de producción cultural.
Mismamente, oiga, lo que venimos exclamando desde hace años cuando maldecimos el apego de tantos a las que un autor llamó «filosofías de la sospecha». Pero es que cómo no disfrutar del bisturí cerebral de Marx separando tejidos complejos de la sociedad (pero aquella), de la erudición clásica y de la energía (aunque en el fondo dionisíaca) de Nietzsche o de la preocupación y del esfuerzo por comprender los sufrimientos de los demás (pero sólo de algunos) de Freud. Pero es que ya hace tiempo que lo que ha quedado perfectamente claro es que esas tres obras sirven para organizar la vida pública tanto como las instrucciones de ese gorro de ducha de un hotel ibicenco («este gorro de ducha sólo es apto para una persona cada vez», lo juro por la gloria de mi madre). ¿Es que no hay más manera de leerlos que la que dicen los sanedrines?
Basta regalar unos minutos a la contemplación del canal de televisión llamado Red o quizá (R)ed, o quizá R(e)d o quizá otra, no estoy seguro. Ahí todo lo que pasa en el mundo es sospechable; menos mal que nos lo dan interpretado. No es demasiado diferente de aquel antiquísimo leer la Biblia, sí, pero con las notas adecuadas. Qué es eso de enfrentarse al texto desnudo, sin sabio que te oriente. Esto de «la Teoría» que se menciona así en Teorías Cínicas, ¿es lo que ha quedado del rescoldo chapoteante y recolado de la escuela de Frankfurt? A veces lo parece; pero hay quien dice que de eso nada, cómo va a sacarse nada pro-LGTBIetc de señores tan sosos como Adorno y esos.
Boceto bochornosamente psicologista
¿De dónde sacan algunos esa convicción que muestran tan de acero de que están en la tierra para iluminarnos a los demás, que no comprendemos lo que pasa, a diferencia de ellos? La primera explicación, popular, frecuente y procedente de la noche de los tiempos, es, se diría, demasiado gruesa y hasta satírica: la sacan de haber sido criados por un exceso de tías (carnales) y abuelas (eso antes, hoy los padres y las madres ya se bastan) que le o la han aplaudido cada chorrada que el infante o la infanta tenía a bien decir en cada momento. Luego sucede que esto, si se dice con palabras más serias, es todo un suceso conocido en psicología, y en efecto un suceso serio, en el que no vamos a entrar porque tampoco hace falta, pero que sí que se da y hasta puede que pinte más de lo que es decoroso en estos asuntos políticos. Y es el que lleva al narcisismo desorejado que últimamente tanto está apareciéndose cual fantasma en los escenarios, y no sólo españoles, de la gestión de lo público.
Otra cosa es la condescendencia, hermana de la displicencia, hermanas ambas de la arrogancia, hijas las tres de la ignorancia: ignorancia, en primer lugar, de quiénes y cómo son los demás, a los que se tiene sin demasiada investigación por (dependiendo de las épocas y las escuelas intelectuales) analfabetos, o alienados, o engañados, o comprados. ¿Esta condescendencia con la que estos sujetos nos suelen hablar aparece obligatoriamente en los narcisistas? No. Puede haber un político perfectamente narcisista que no descienda a explicarse a los demás como si fuéramos esos pequeñuelos que a ciertos curas les gustaba pronunciar: por ejemplo, Fraga Iribarne. O Miguel Boyer. Por supuesto, algunos otros: su sensación de altura sobre los demás mortales era (o es) tal que da la impresión de que les producía un spleen, oh, invencible, el traducir sus rugidos, en un caso, o sus susurros, en el otro, a un idioma comprensible por el ciudadano.
Hasta dónde nos hemos ido. Fraga, Boyer, ingenieros de caminos, abogados del estado… Hay estudios, carreras y gremios que desde hace mucho tiempo, y en ocasiones más de un siglo, han sido objeto de chistes y burlas precisamente acusándolos de arrogancia, o grandilocuencia, o cosas similares. Suponemos que en muchos casos injustamente. Pero antes, en todo caso, había una cosa más clara: los mandones, los presumidos, los listillos, eran los ricachos. Parte de la opresión de los oprimidos consistía en tener el pico bien cerradito. ¿En qué se ha convertido esto? ¿Cómo es posible que ese vicepresidente del gobierno del país número 12 o 14 del mundo por PIB se llamara a sí mismo en público «oprimido» y hablara de «los poderosos» como si él no fuera de ellos? Esto tiene una ventana por la que podemos ver por lo menos parte del interior: él era uno de los poderosos, pero había otros poderosos rivales, y como para él sólo se es poderoso si se es el único poderoso, él ya no era poderoso sino de los no poderosos. No tiene fin: el discurso pueril se puede hacer aquí y así muy evidente, pero es igual de pueril (pero no simplemente pueril: de una puerilidad con problemas) el discurso oficial y aparentemente serio y pomposo y técnico con el que esta modalidad de populistas (o a lo mejor todas las modalidades de populistas) suelen dirigirse a la plebe. Reducir todo a «yo sé más que tú incluso de ti mismo» no es otra cosa que infantil, es decir, cosa de niños celebrando crueles el monigote de los inocentes que le han puesto en la espalda a uno. Es buscar, a la vez, un respeto que no se sabe cómo ganar de un modo más esforzado (todos los modos son más esforzados que este); es buscar ese aplauso que obtenía casi gratis hace tiempo.
Cosas del cole.
Jugar a que sabes más que el rival se ha generalizado en la vida pública. O jugar a que el rival ha sido el que ha pegado el balonazo en esa ventana prohibida. O a que no ha saltado tan alto como tú, o a que se ha equivocado en la letra de la canción, o a que ha sido él el que ha escondido los palitos de merluza bajo el pan de la cesta del pan.
Todo el que ha escondido palitos de merluza bajo el pan en el comedor del cole se acaba creyendo que los demás siempre están escondiendo los palitos de merluza bajo el pan.
Todo aquel que no sabe más que preguntar «¿y este, qué nos quiere sacar?» como toda reacción ante la conducta o el discurso de cualquier otro lo hace porque él no sabe relacionarse con nadie si no es con la intención de sacarle algo. Esto lo sabemos todos incluso desde antes de conocer el refranero. ¿Ellos no lo saben? Lo cierto es que no he conocido nunca un señor de las moscas que no cumpliera muy ceñidamente con dos condiciones: A) piensa de sí mismo que es un ser de perspicacia y de conocimientos superiores a sus conciudadanos; B) su cultura o sus conocimientos se limitan a una listita de lecturas muy de la especialidad en la que quieren triunfar, o que veneran, y no incluyen ni lejanas referencias a campos del saber o de la experiencia humana ajenos a esa especialidad.
Es abrumadora la proporción de personas sin más preparación que una alfabetización elemental que ocupan en la actualidad los cargos de mayor importancia en la política. Por no hablar de la cantidad de catetos que, por ser utilleros del club de fútbol de su pueblo, creen que con eso ya pueden gobernar, y gobiernan, el fútbol español en su conjunto (cuidado, literales). Pero, claro, cualquier persona (menos ellos) sabe que si tú sabes cocinar de batalla para tu casa, no pienses que con ello tienes suficiente para montar un restaurante que da 150 servicios cada mediodía. Y así podríamos seguir con las comparaciones, o con las metáforas, o incluso con las líricas.
Así de preescolar como han conseguido que sea la situación política, la cuestión verdaderamente compleja es la que se planteó por parte incluso del mismo socialismo hace 19 años: ¿qué prefieres, un presidente (o ministros, o políticos en general) malo, uno tonto, un tonto-malo, un tonto-bueno? ¿Un listo-malo? ¿Existe un listo-bueno?
Un listo bueno nunca querría gobernar el reino de las moscas.
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