El señor de las moscas españolas

Andábamos evitando pensar en estas burradas de la política cutre actual, como esa de pasarse por el forro lo de la libertad de establecimiento. También intentábamos no ver ni oír a esa pandilla de facinerosos tertulianos de las radios y las teles que inmediatamente pusieron sus ocurrencias a defender la burrada esa. Pero era fascinante presenciar cómo daban el giro justito a las «multas-si-no-vuelves-con-tu-empresa-a-Cataluña» y las convertían retóricamente en «incentivo- si- vuelves» (el incentivo es que no te pongo la multa claro), y no podíamos apartar de nuestra sesera, como canción pegajosa, las palabras «delincuencia», y «cinismo». Entre otras cosas, porque no es que guste más o menos eso de la multa o el premio de que no te la pongo (que hay que tenerlo de hormigón): es que es, directamente, pasar no sólo de la Constitución española y de mucha legislación consecuente, sino pasar de lleno y de frente de la legislación europea que, como dice un lector en general silencioso, afirma esa libertad de establecimiento desde Faro hasta Rovaniemi. Todo lo cual te hace ver a estos desastres de políticos riéndose luego entre bambalinas al estilo de Sartre cuando soltó aquello de «la nada nadea» a unos periodistas, y luego en privado se reía con sus amigotes philosophes de la parida que le había salido y cómo se la habían tragado los otros como si entendieran algo. Eso es una de las acepciones chungas de «cinismo» (que mira que las tiene respetables; pero esta no). Y eso nos ha recordado, a su vez, a este librito más o menos reciente pero que empezábamos a tener enterrado bajo los escombros de tantas informaciones de última hora: Teorías cínicas.

Este libro, de Helen Pluckrose y James Lindsay, que empieza poco a poco a ser mencionado y hasta citado en más lugares y en más momentos de lo que alguna vez fue previsible, es, dentro de su eficacia, su buen resultado y hasta su brillantez, nada más que otro caso de denuncia de lo que está pasando en los medios académicos y para-académicos con la decencia intelectual. Y esto de los medios para-académicos incluye, por supuesto, a gran parte de los corrillos políticos y periodísticos, y también las lenguas de doble y triple filo de las cuadrillas artísticas, e incluso algunos gangs  científicos. Lo que nos preocupa de esto es cómo puede sobrevivir y sobrevivir, a pesar de la incontestable ridiculización que se hace de él, ese mundo de la chorrada deconstructiva y del hiperconsecuencialismo puritano. Ahora acaba de suceder eso de la jefaza de Harvard (esto no sale en el libro, que es anterior), a la que por fin han mandado a la calle después de decir que eso de que el Holocausto es chungo no está claro, y que dependerá, si es chungo o no, del contexto en el que se diga (más o menos). ¿No es lo mismo que la amnistía catalana, que es chunga o guay dependiendo de la fecha a la que te haya llevado El Túnel Del Tiempo, más que nada?

Creo que fue hacia 1997 cuando Sokal y Bricmont sacaron aquella juerga de libro titulado Imposturas intelectuales, contando, entre otras cosas, las aventuras de un artículo camelístico aposta, supuestamente de física cuántica o así (porque la cosa no estaba clara), que llegó a ser publicado, a pesar de ser perfectamente idiota, con retórica y retórica y más retórica, toda muy calculada para que no significara nada en absoluto, pero para que sonara del copón de moderna y deconstructiva. Y coló, y pasó los sucesivos «lectores» (que vaya usted a saber) y comités, y se publicó como si fuera una declaración de Yahvé en el monte Horeb. Ya entonces empezábamos a estar algo hartos de tanta idiotez: no es de ahora la obsesión de tanta policía islámica por el uso de estas y no de aquellas palabritas, y son frecuentes ya de antiguo las autolicencias de unos pocos (que iban siendo cada vez más, pero siempre pocos) para ser maleducados y además ignorantes y permitirse corregir a cualquier tertuliano o compañero, cortando cualquier conversación, a propósito del uso de un término X, recién condenado como feo, en lugar de otro término Y, recién santificado como el de nuevo uso obligatorio para referirse a lo que X se refería antes. Con aquello de Sokal y Bricmont, que simplemente encadenaba los términos santos, pero que fue aplaudido por los idiotas como una nueva epifanía, nos reímos todos (es decir, casi todos; esos pocos no se rieron) hasta herniarnos. Más que nada porque se vengaban un poco en nuestro nombre. Ya digo que por pronto que fuera, llevábamos unos cuantos años soportando algo atónitos las regañinas y los sermones de los que hasta hacía poco habíamos creído que eran nuestros iguales, que se habían convertido. Naturalmente, los Derrida y compañía, que eran parte importante de las dianas de los dardos del libro, protestaron sesudamente y denunciaron los fallos de la crítica y todo eso.

El que tenga un poco de memoria recordará que la cosa ya pareció que empezaba a ser así cuando los pedagogos salieron de las facultades en tromba, como los apóstoles tras Pentecostés, y se pusieron a predicar, pero al revés, porque su movida no era la de usar las lenguas de los demás, sino la de hacer que los demás usaran sólo una, la de los pedagogos, o más bien la de los pedagogos de la pandilleja hegemónica en cierto momento, porque cada poco esa pandilleja cambia su glosario, y con él los matices de desprecio hacia este o aquel término, que inmediatamente sustituyen: todo o casi todo era y es corregir el lenguaje de todos, y casi se podría decir que a eso redujeron y han reducido la pedagogía, salvo algún asuntillo que se les ha ido de las manos y va creando cadáveres por ahí. No importaba de qué se hablara (se veía en eso la prefiguración de lo que a continuación iban a hacer con los contenidos de la enseñanza, claro) mientras se hablara con estos y aquellos términos y no con esos otros, o mucho menos con los tradicionales, asentados, comprensibles y claros.

(Pero pesa sobre nosotros el juramento de no hablar de esas cosas pedagópatas más allá de titulares como este. Así que seguimos:)

Hoy el libro Teorías cínicas empieza por fin a circular y muchos empiezan a ver que lo que venían pensando no era tan locura, sino que la locura parecía estar más bien donde ellos venían detectándola, es decir en esos ambientes demasiado seguros de sí mismos, demasiado contentos de ser como son. Algo hemos hablado días atrás de estas cosas de la interseccionalidad y afines. Pues, precisamente, la sensación que tenemos algunos es que no sólo no hemos avanzado nada desde aquellas primeras denuncias de los 90, sino que (para algunos será muy visible) hemos ido a peor, y hasta extremos que no se podía imaginar.

La resistencia de los puritanos meapilas señores/as de las/os moscas/os es, a lo mejor, el verdadero fenómeno que hay que estudiar. Son muchos ya los que llevan tiempo, desde aquel Imposturas, pero incluso desde algo antes, zumbando y zumbando sin parar a los cursis autoritarios se ve que traumatizados por la lectura demasiado temprana de El Principito. Estos cursis sólo se publican entre ellos, sólo se aplauden entre ellos, se leen solamente entre ellos, se ríen unos de ellos de los chistes de otros de ellos, y tienen su periódico diario, si un tiempo fuerte, ya desmoronado, modelo, honra y prez de sesgo de género y hasta de número, ya puestos. Y resisten. Y hasta se imponen.

Hay una explicación circulando por ahí, que no sé si es completa, pero que suena y huele a acertada aunque tenga que ir acompañada de guarnición; os ahorraremos la historia con sus dramatis personae y todo eso, porque no están los tiempos para esas demoras, y viajaremos directamente al final: ese ascenso de las cosas de preescolar colonizando la primaria desplazó a las cosas hasta ese momento propias de primaria, que se fueron a vivir y a colonizar a secundaria y bachillerato. Secundaria y bachillerato se primarizaron, como puede ver cualquiera (por ejemplo, en el nivel de ortografía de los alumnos, o en su conocimiento de la historia de su cultura, por no hablar de ciencias), y lo que se temía sucedió: las universidades se llenaron de jóvenes más o menos púberes que no ofrecían ni ofrecen (qué leches de hablar en pasado, como si esto fuera de cuando Narváez) signo alguno de haber superado ´las «habilidades» e incluso «las competencias», cágate, exigibles no ya por las leyes, que ya ves tú qué filfa, sino por el más decorosito y cobardón sentido común para entrar en esa educación superior. Y ¿acaso no quedaban más escalones? Claro que quedaba y queda, uno más por lo menos: lo que han venido haciendo las universidades ha sido deshacerse de esos púberes inhábiles echándolos, graduados, a la sociedad.

¿Qué tiene esto de explicación de qué? Algunos sostienen que lo que ha pasado con la política española ha sido precisamente consecuencia de la salida prematura de estos jovencillos a una realidad de la vida y de la sociedad en la que más o menos se tiene entendido que el hambre y la pobreza no se solucionan con un decreto, que no vale llamar cambio de opinión a la mentira, que las leyes hay que respetarlas y si no te gustan ponte a cambiarlas, y que dogmas los justitos: lo que se llama superar la adolescencia y sus rabias, que se tenía por una superación necesaria para empezar a, digamos, manejar maquinaria y todo eso (es una metáfora, o quizá sólo una sinécdoque, aviso a literales).

Obsérvese el diagrama de Venn, ya que hablamos de interseccionalidad, y cáigase en el territorio que de común tienen esas cosas entre sí, y con la acampada de Sol del 15-M y con las gilipolleces inmedibles de puro colosales que hemos tenido que oír en nuestra política desde entonces, incluso desde ministerios y vicepresidencias del gobierno. Me permitiré decir sólo para que el lector sepa que lo sé, porque ya sé que él lo sabe, que la intersección de todo eso (y de otras cosas que de momento soslayamos para no enrevesar todavía más la sintaxis) es… la antipolítica actual. Hay un párrafo perfectamente sinóptico y lúcido en Teorías Cínicas allá por su página 273 que nos lleva por las orejas hasta el señor de las moscas en cuyo texto estamos viviendo desde entonces; pero como me dicen que nadie tiene tanto tiempo libre para leer tanto como escribo, lo dejaré para la siguiente. Es ese que empieza: «Todo esto proviene de activistas que han adoptado la Teoría».

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