Nos dicen de qué podemos o debemos preocuparnos y de qué no. Ahora se ha puesto de moda una vieja figura de la que hablaba Maritain en su Lógica Aristotélica cuando, frío y señoroso (culebrón mejicano, volveremos sobre ello), se revolcaba en los sofismas y en la suppositio y todo eso: «Valencia es ruidosa; los niños son ruidosos; luego los niños son Valencia » no funciona, y una persona sana puede quedarse ahí, en que simplemente no funciona; pero los tarados con aficiones filofilosóficas tenemos que explicarnos que la suppositio de los términos de las premisas y de la conclusión no es la misma, y que además eso es un silogismo I-A-A y esa es la causa de que eso no sea un silogismo, porque eso de I-A-A no sé yo (ni nadie, porque ese silogismo no existe aunque lo parezca). Un juego de niños, en realidad, pero es que esto consiste en encontrar el nombre de las cosas, y a menudo no es la simple intelijencia la que nos lo dice. Busquemos: eso que nos quema a menudo, esa ansia de cosas inflamada, ese necesitar algo sin saber decir qué es, ¿será que queremos llamar imbéciles a los que nos toman por imbéciles?
¿Qué es eso de que hay que elegir entre tener cáncer de mama y preocuparse por la amnistía? ¿Qué es eso de que opinar de las cosas que hace el gobierno es propio de los privilegiados que no tienen otra cosa de la que preocuparse? Mira que ponen difícil eso de no enfadarse. ¿»Yo no soy un político; los políticos son imbéciles; luego yo no soy imbécil»?
Oh, Maritain,
échanos una mano,
cuando puedas, ven,
que quizá hubieran cantado Les Luthiers.
¿Te pueden castigar con cárcel por llamar imbécil a un político? ¿Dependerá del partido o del sector o incluso de la región de la que sea este político? ¿Cómo deberíamos llamar a esos que han prohibido la representación de una obra de teatro en su pueblo porque en esta obra salen cuatro tíos en calzoncillos? ¿O a esos que prohíben reproducciones de la Maja Desnuda en un escaparate? ¿Hay meapilas tratables, preocupados por lo suyo pero que dejan vivir, y meapilas estúpidos, cuya única vida es que los demás vivan como ellos, o ya sólo los hay de una categoría? ¿No son muy muy parecidos eso de castigar un teatro en calzoncillos y castigar e insultar a quien se preocupa por la amnistía?
Estas cosas de la libertad de expresión es lo que tienen: mucho estúpido en contra, más que nada. A propósito, si hay libertad de expresión, o sea no hay castigo, para quien quema un muñeco o una foto del rey, da la impresión de que tampoco debería haberlo para quien pega a un muñeco con pinta de presidente de gobierno, digo yo. Claro que lo del delito de odio, de tan dificilísima definición, anda enredando todavía más las cosas, porque al parecer quemar un muñeco con pinta de rey es la expresión de una preferencia política, pero hacer lo mismo con el del presidente es posible delito de odio. ¡Vaya lío! Como lo de llamarle cojo a un cojo o sordo a un sordo: hoy en día, cuando las gentes se ofenden hasta cuando alguien pronuncia su nombre, las cosas dependerán del momento del ciclo manía-depresión en el que le pille al juez: es verdad que usted se limitó a decir que este cojo demandante aquí presente era cojo; pero lo dijo, según todos los testigos, con las cejas elevadas maliciosamente. Toma, te jodes, 500.000 euros de indemnización y un chalet en la playa al cojo para que se reponga. O al revés. El demandante no ha podido probar que el demandado elevó las cejas maliciosamente mientras le llamaba cojo.
Y no digamos ya con lo de hacer chistes. Cómo se ha puesto el personal de estiradillo y suspicaz. Los aprendices de sordos lo sabemos muy bien, porque, hay que fijarse, somos los que más chistes hacemos sobre sordos. Pero lo que pasa es que, aunque cueste mucho, hay que aprender a no hacer caso a los suspicaces. Sucede que es como si estos se hubieran hecho con el cotarro, el de las redes sociales por supuesto, pero también el de los periódicos y a menudo hasta de los informativos televisivos. Frecuentemente recordamos aquí aquellos tiempos de hegemonía beata (pero beata de las beatas de verdad de las antiguas, de doña Perfecta) en las comunicaciones públicas, en las cafeterías, andando por la calle y donde fuera y como fuera. Probablemente había un cuerpo estatal de señoras (y unos pocos señores) entrenados para camuflarse entre los arbustos de la calle o tras las farolas por delgadas que fueran o hasta para hacerse invisibles como en la historia nibelunga, porque, cuando más tranquilo parecía todo, saltaban de golpe ante tu cara y te soltaban los peores insultos y las más oscuras amenazas de tormentos policiales y carcelarios sólo por haber pasado los apuntes de ayer a una compañera con la que habías quedado en esa esquina, pero al parecer con gesto y ademán que daba a entender que, de poder, os habríais lanzado a… ¿A qué? Pues, como siempre, a pecar contra «el sexto».
-Y esta Regenta… ¿cree?
-No. Es epicúrea: no cree en el sexto.
Una fatiga.
Pero la misma fatiga de hoy, como cualquiera puede ver.
¡Si hasta ha vuelto a florecer por ahí la crítica carnal a la atención vestimentaria de las presentadoras de las nocheviejas de la tele! ¿Cómo es posible? ¿Cuánto les queda para condenar el baile agarrao?
Es verdad que esa crítica es muy legítima expresión de esa libertad de expresión que defendemos. Pero, como es natural, las críticas se hacen diana a su vez de crítica. Nos limitaremos a preguntarnos: ¿se dan cuenta de lo que parecen? ¿No sólo lo parecen sino que lo son de verdad, y no les importa parecerlo? ¿O lo son de verdad pero creen que se están camuflando bajo disfraces de progresismo? Como vemos, es casi imposible no caer en esa macedonia de argumentos laberínticos que para los ignorantes es la filosofía.
Claro que siempre se puede aducir, en favor de la iglesia sexofóbica, que se ha tirado siglos fiel a sí misma y no ha engañado y ha sido siempre fácil verla venir, al contrario que a estos (no se sabe si) imbéciles que se creen los Nuevos Directores Espirituales de los Españoles, y que cada tres meses, como mucho, cambian el reglamento, y así tienen siempre incumplidores a los que insultar (que es en el fondo de lo que va esto: la clásica necesidad de tener enemigo). Atrévete a ir al marzo de hace un año y hablar en esos ambientes a favor de «la amnistía»: te condenan a un año de reclusión en Loyola sin descansos entre tandas de ejercicios y tandas de ejercicios. A lo mismo a lo que te condenan hoy si hablas en contra, claro. O, lo que es lo mismo, te insinuarán que no te importan los cánceres de mama. (Ah, ¿hay alguno que todavía no sabe que esto es exacta y literalmente lo que ha pasado?)
-Y esa Regenta… ¿es de los nuestros?
-No. Es ultraderechista: cree en el Estado de Derecho y en la igualdad ante la ley.
Una tele pública, y menos la más grande de todas, no puede permitirse esa degradación de colar propaganda ni siquiera progubernamental sino propartido ni en un programa festivo de nochevieja ni en ningún otro momento. Es verdad que tampoco la sala de prensa de la Moncloa debería usarse para insultar a los partidos de oposición, y se usa, en lugar de usarse la sede del partido que provisionalmente ocupa la Moncloa; así que el ejemplo viene de arriba. ¿Todo esto es libertad de expresión? Uno diría que más bien marca lo que está al otro lado de esa frontera difícil entre los territorios de la libertad, a un lado, y del abuso (o quizá fraude de ley) al otro.
¿Vamos a tener que remitirnos una vez más al Platón de La República, libro V, para explicarnos por qué tantos generación X ahora gobernantes tratan con ese desdén la libertad de expresión? ¿Acaso hace falta haber sufrido las hieles de una dictadura para conocer hasta qué punto la expresión libre es si no el primero, como mucho el segundo de los fundamentos perfectamente imprescindibles de una democracia? Claro que también se ha extendido la nueva versión de aquella cita más o menos espuria de Lenin, y hoy se oye por los bares de vez en cuando, y de personas de la órbita del alcalde y de los concejales del mismo partido que gobierna la nación: cosas como «la gente lo que quiere es llegar a fin de mes, y todo lo demás son sutilezas de pijos» y todas las variantes imaginables. Exactamente lo mismo que decían los señorotes del régimen del 18 de julio.
Qué fácil se nos pone responder en esas situaciones: «Mira, pedazo de ignorante, si no atendiéramos a esas sutilezas, tú estarías en este momento siendo detenido, camino a la paliza policial más sórdida, seguida probablemente de 5 o 6 años de cárcel, por hablar así» (o todo el resto de casos y temas conocidos por los que venimos del cretácico).
Pero no hay que caer en el enojo este que parece estar contaminándolo todo.
Es decir: entran uno del PSOE, uno del PP y uno de Podemos en un bar, y…
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