Incluso en el cambio de año, los partidos políticos continúan perdiendo ideología como las personas tienden a perder pelo. Pero esta afirmación es resbalosa, porque a menudo se entiende eso de ideología como una mera dogmática de esas que no se dejan estropear por la realidad. No: ideología es lo que falta, sustituida por retórica vacua, cuando en lo que se ceban es en que una alcaldesa depuesta con malas artes dice que está bien así, que prefiere fregar escaleras antes que ser alcaldesa con el apoyo de los que asesinaron a un compañero de ella, y entonces se desata el aluvión de desfachatez de los beneficiados por ese nuevo pacto al tildar esa frase y a la exalcaldesa de clasista. Mira que hablar así de despectivamente de las que friegan. A nadie hay que explicarle el verdadero sentido de esa frase, que es casi frase hecha en castellano, pero sí habrá que hacerlo explícito para que los ahora ofendidos (no se ofendían tanto cuando se mataba) sepan, por lo menos, que sabemos que saben, y que esa frase no tiene, en efecto, nada de clasista sino, si apuramos las cosas, de todo lo contrario. Lo de la dogmática, que es de donde mana toda esa catarata pseudopolítica de basura verbal, tiene de malo que ha sido prolongado con maquinaria de soporte vital artificial hasta hace poco. Todavía había partidos, y no precisamente partiditos, que abogaban a finales del siglo XX por la liberación de los sans-coulottes de los que hablábamos el otro día (y de los que hablaba Marat y, si nos ponemos, hasta el aristócrata-sultán muy calvo y tribuno de la plebe conocido luego como Julio César, anda que no hay coincidencias). Claro que también había, y sigue habiendo, de esos que proponen una recristianización de la sociedad y una simultánea reintroducción de la nobleza en la cámara del rey Felipe VI. Lo majaras que pueden llegar a estar algunos.
Esto de la ideología es, en realidad, mucho más sencillo que lo nos han querido hacer pensar. Unos, al lado de las camarillas, se han empeñado siempre en que cualquier reflexión y cualquier cálculo son cosas contra natura, como suelen decir. Para qué meterse en líos, si basta con rezar, rezar mucho, y dejar que el orden natural de las cosas organice el cotarro. ¿Natural, el orden divino? Pero si es lo contrario. Los de enfrente, por su parte, se han esforzado por tejer los argumentos que nos convencieran de que nada de lo que nos parecía conocer y comprender era como creíamos conocerlo y comprenderlo. Estábamos apestados por nuestra ideología, que no era otra cosa que una excrecencia verbalizada de nuestra posición de clase.
Hoy en día, han asaltado la cabina de mando de esa noria los situacionistas, que lo disfrazan todo de palabrejas aparentemente nuevas, pero en realidad no están diciendo más que eso mismo y, lo que es peor, mezclando un extremo con otro: todo lo que eres y piensas y haces depende de tu situación en ese eje de coordenadas definido por cada vez más cosas, desde tu sexo, que ya no lo es porque ha pasado a ser género, y tu raza, que tampoco lo es ya porque ha pasado a ser etnia o más bien origen étnico. A eso se añade, por supuesto, lo que hasta hace poco se regodeaban en llamar tu posición en relación a los medios de producción, que viene a ser montar la nata que líquida se llama cuánta pasta tienes. Es la vieja canción de que pensarás así o asá en función de tu clase, pero ahora más enrevesada (las clases ya no son lo que eran, quizá). Y no nos olvidemos del resto de las intersecciones que lamentábamos el otro día: tus diversiones sexuales, que nos hemos tirado la vida luchando para que no fueran definitivas ni definitorias de nadie, ahora nos las han hecho ab-so-lu-ta-men-te definitorias, o sea situacionantes como sólo lo pensaban antes los más puritanos y asquerosos de los bípedos sexofóbicos. Si eres hombre homosexual, ni se te ocurra pensar que ese trabajo de matemático no lo has conseguido por ser de filología semítica y no saber hacer ni una raíz cuadrada, porque con toda seguridad no te lo han dado por ser hombre homosexual. Y esto es lo más sencillito. Muy pronto muy pronto aparecen en el texto de cualquier vida esas notas a pie de página que modifican cualquier interpretación de la realidad; y si eres trans lesbiana racializada y bisnieta de albañil miliciano de la Segunda República no te digo. O sea, que hemos vuelto, o a lo mejor es que no la habíamos abandonado nunca, a la posición (esta sí que es una situación) de pringaos componentes de la audiencia cautiva que se va a llevar sermones, uno tras otro, como el que se lleva hostias una tras otra cuando los situacionados rivales deciden robarles la cartera electoral, o conducirlos a misa y a la santidad consecuente, o despertarlos de una vez al pensamiento correcto, o denunciarlos de algo rentable de lo que ellos, o sea nosotros, van, o sea vamos ,a tener que demostrar que no son, o sea somos, culpables. ¿A nadie le recuerda todo esto junto y amasado a aquello otro del orden natural de las cosas?
Pero hete aquí que esto de la ideología que acaban perdiendo los partidos era muy otra cosa, y mucho más sencilla. A unos les parecerá mejor que paguemos la operación de apendicitis al que no se la puede pagar, y a otros que el que no pueda pagársela pues que se joda. Los otros no son sólo esos a los que les parece bien pagársela entre todos, sino que también los hay que proponen que en la sociedad nadie debería pagar por nada, y otros más piden que la sociedad de todos lo pagara todo a todos, incluyendo (o en algunos casos sobre todo) las manías personales. Y así sucesivamente: ni están todos los tontos en un solo lado, ni están todos los malos en un solo lado, ni hay sólo dos lados ni tres, sino bastantes más. Seguimos sin saber si se puede organizar mejor este invento de vivir todos tan juntos y tan apretados, si no somos en el fondo más que esos asustados neandertales que dos kilómetros antes de ser comidos vivos por el tigre ya sabían que iban a ser comidos vivos por el tigre, porque sabían olerlo y evaluar la situación (esta sí que era situación) y llegar a la conclusión de que ay, mi madre, que no tengo ni un árbol de mierda al que subirme (y además los tigres solían saber bastante acerca de cómo subirse a los árboles).
Hoy, igualmente, no tenemos en general muchos árboles de mierda a los que subirnos, y además parece con lamentable frecuencia que el tigre cuya peste nos trae el aire se ha transformado en eso que ahora se llama «partidos políticos». Y que bueno, que vale, que a uno le parecerá mejor esta forma o aquella otra de resolver las cosas en función de cómo le esté yendo en la vida, o en función de que esté cojo o hipermétrope: pero eso tampoco nos dice nada de resolver las cosas, o sea que no es tan ideología como pretende serlo.
La ideología ha sido sustituida por la reflexión sobre por qué alguien se identifica con una ideología, y en lugar de soluciones se proponen mil conjeturas a cual más quedona y sonora acerca de por qué el que dice una cosa dice esa cosa. Eso es caérsele el pelo a las ideologías, es decir, a los partidos que proponían ideologías, o sea, modos de resolver la sociedad. Se han hecho viejas las viejas soluciones. El modelo de ello podría ser el de las muy diseñadas pensiones públicas. El mecanismo por el que se nutrían las cuales ya no funciona, como sabemos. ¿Alguien tiene alguna idea, por favor?
A lo mejor llevamos ya demasiado tiempo con partidos que presumen de no tener precisamente un modelo de sociedad. Otra cosa es que usen esta expresión como los antiguos del otro lado (también activos hoy) decían «laus deo» o «deo volente». Que no se tiren el rollo: los partidos hace ya tiempo que trabajan para ellos mismos. Me parece que una de las cosas más claras que salen en las encuestas de opinión es que la gente tiene la sensación de que los políticos «nos tienen olvidados» o cosa parecida. Es que se les ve trabajar y trabajar y enredarse y discutir y pelearse y convocar a las turbas al tumulto… ¿para que alguien haga inversiones productivas y de esas rentas pagar esas pensiones hoy tan en peligro? ¿Para distribuir de un modo más cercano a las necesidades sociales y geográficas los ambulatorios o las escuelas? No. Para apoyar que uno de esos partidos tenga derecho a nombrar a los jueces, y además de entre sus afiliados. O a meter a sus militantes más bordes en la comisión de secretos oficiales del Congreso. O en los órganos de gobierno de los bancos o las finanzas públicas. Nada, en ningún caso, que tenga que ver con aquello para lo que se supone que los partidos fueron creados. Y eso vale incluso para los partidos más idiotas, que a nuestros ojos puede que no hicieran nada verdaderamente eficaz para el bienestar y la justicia, pero que en algunos casos se creían eso de que con la oración se arreglaba todo.
Ahora parece que la única ideología es la de retener el poder que además se ha conseguido, y no importa con qué medios. Eso puede que estuviera bien cuando ese poder se quería para hacer esos otros trabajos, pero ahora parece que se han olvidado de que hay ciudadanos que poco a poco van siendo cada vez más súbditos, sólo que ahora no de las aristocracias de sangre sino de estas nuevas aristocracias que ni siquiera lo son del dinero, sino de algo así como de la retórica.
Sé el más listillo. Sé el más charlatán. El más ingenioso, el más veloz. No presentarás un modelo de sociedad con ello, pero te votarán.
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