Los hay que celebran la Navidad sin ser religiosos, y los hay religiosos que en Navidad celebran de todo menos la Navidad. Se trata de una fiesta, en todo caso, que consigue sacar a la luz objetos ocultos durante el resto del año. No sólo las figuritas del Belén y las bolas del árbol, sino también cosas de las otras. Hay que descansar un poco, como venimos diciendo, de hieles y púas, y encontrarle la risa a estos asuntos.
Hay una modalidad de no religiosos que se toman la Navidad muy a pecho para afirmar urbi et orbi que son ateos. Su modelo es el siguiente, conocido como Fulano y personaje real, muy real: durante muchos años, el coordinador de las traducciones de cierta editorial de las importantes llamaba a sus traductores por teléfono para organizar el plan del próximo semestre justa y exactamente entre 8 y 9 de la mañana del 25 de diciembre. Su saludo era «Soy Fulano. Como soy ateo, empleo esta mañana para hacer el planning.» Al principio, los traductores más o menos novatos respondían como podían, a menudo desde las sábanas de ese día de aire tan festivo en que podían haraganear. No querían perder esos ingresos, e intentaban capear el temporal de mala educación. Pero me parece que no conocí a ninguno que resistiera hasta la tercera Navidad. Fulano (dejémoslo con ese nombre, porque como no tengo pruebas fehacientes me las podría ver perdiendo en tribunales una querella de esas de ahora de carga de la prueba invertida) era, evidentemente, un idiota fatuo que se sentía a sí mismo como una especie de mesías que con ese comportamiento difundía un nuevo mensaje. Varias veces topó con traductores ni tan jovencillos ni tan necesitados que le mandaron a paseo, algunos a la primera: «Pues verá, a mí no me importa si usted es ateo o no, como a usted no le importa si lo soy yo o no; pero es evidente que este es un día de fiesta, y eso que oye por el fondo son mis tres hijos peleándose por el desayuno, y en un día de fiesta no se llama a casa ajena a estas horas, así que adiós». De varias ocasiones en que conocí un suceso similar, todas acababan con Fulano enardecido gritando: «Pues despídase usted de recibir encargo algu…», y como es natural el agredido le colgaba. He asistido a más de cuatro y probablemente a más de cinco sesiones de risas de las de verdad con personas que en su momento sufrieron este trato navideño. Claro que Fulano no era tan original, ni mucho menos tan osado, como se creía. Había bastantes, sobre todo de los más mayores (digamos, algo así como de los nacidos en los años 30 o 40) que hacían de su antinavidad un arma arrojadiza. A veces se notaba mucho que era rebote ya inerradicable de infancias y juventudes hipersometidas a aquella religión rara, oscura, paranoica y palurda de la España anterior. Ya tras el 78 (por poner una fecha que nos caracterizará a nosotros, en la actualidad, como osados), muchos se soltaron el pelo, o en todo caso se soltaron algo y, tras años de ejercicios espirituales y de novenas y de cuaresmas y de culpa, empezaron a dar saltos por las calles gritando «Soy ateo», y algunos hasta con música de la zarzuela El niño judío, porque su cara serrana lo iba diciendo, o eso creían ellos.
Pero hay muchos por ahí que son católicos de carnet, agenda y cachiporra, y que emplean la Nochebuena y la Navidad no exactamente para lo que se pudiera suponer que un católico la emplearía. Yo qué sé: uno no espera ver a un serio judío cenando mariscos en el casino en la noche de un viernes; y para eso no hace falta ni que te parezca bien ni que te parezca mal. Esto de los bastante católicos que usan la Nochebuena para, simplemente, montar una timba de póker o de cinquillo una vez concluidas las molestas ceremonias de la cena en familia y los recuerdos amables de los ausentes y los proyectos de buen futuro, es algo que al principio choca más que lo de los neoateos exhibicionistas. Es verdad que también tienen mucho de exhibicionistas, porque airean ya desde los entrantes de la cena sus intenciones inmediatas, muy machotas y muy recias y muy viriles y muy adultas, de entregarse a esa actividad tan poco ñoña, poco infantil, poco afeminada y poco delicada del juego de cartas (o ruletas caseras, o cosas de esa colección). Porque son bastante católicos (no soy yo, son ellos, que no dejan de expresarlo así), porque una cosa es esa religión «de niños», de belenes y de villancicos tontos, y otra cosa es lo que los mayores sabemos que de verdad es. O no lo sabemos, qué coño, pero qué más da, en el pueblo los abuelos siempre montaban una timba navideña de peseta y garrota en mesa, y no vamos a menospreciarlos olvidando sus modales.
Añadamos a lo anterior que no somos nadie para juzgar ni a unos ni a otros, aunque siempre nos reservaremos nuestro derecho de reír. ¿Por qué tantos bastante católicos y bastante ateos coinciden en despreciar la comercialización de las cosas navideñas, pero no mencionan que esta comercialización viene haciéndose por lo menos desde el Concilio de Nicea, y que El Corte Inglés o Selfridges o Harrods o Le Bon Marché se limitaron a recoger una tradición más que centenaria? Y luego andan enredando por ahí todos esos que creen haber descubierto los manuscritos de Qumrán, o simplemente han ido a un cursito bíblico, y nos van atizando con su erudición, atea o no atea: que la Pascua no es la Pascua sino otra Pascua, que si el solsticio, que si el Pesach, que si las fechas de los Setenta… Le apetece decir a uno: oiga, a mí qué me cuenta, si yo soy animista polinésico del séptimo o, incluso, del octavo día.
Seas religioso, seas ateo o seas cualquiera de las otras mil cosas que se pueden ser, por qué rechazar una oportunidad de montar un banquete entre risas y tertulias. No era raro, hace décadas, que algunas familias montaran, en realidad, dos de estos: el de Navidad y el de verano, que normalmente era en los días de alrededor del otro solsticio. La cosa era reunirse, comer lo más posible, hacer corrillos y grupos, discutir lo que hiciera falta y aplaudir lo que procediera, y renovar amistades o cotilleos, y tan contentos.
Pero en Navidad la cosa tiene un grado superior, claro. Hasta el más borrico de la facción borrica del sector ateo tendrá que reconocer que en esta fecha, salvando a los petardos eruditos, a los catacúmbicos arrobados y a los groseros bingueros, se conmemora un suceso que es una de las muy pocas patas de nuestra civilización. Algo griego, claro; algo romano de las cosas no griegas de entre las romanas; y lo que se conmemora el 25 de diciembre. Que se viene conmemorando más o menos igual desde el año 300 o por ahí, porque algo tiene. No vamos a ponernos ahora a glosar las novedades y las osadías de los Evangelios, que todos conocemos. Aunque hay que hacer a veces un esfuerzo para recordarlas, tan abrumados como estamos de hieles y púas y ateos y bastante católicos. Que son cosas, esas novedades y esas osadías, que nos han fabricado como somos, aunque nos las demos ahora incluso de animistas polinésicos. Los esfuerzos y las luchas actuales que a menudo nos agotan tienen que ver con el trabajo de deshacernos de las excrecencias aberrantes que se han acumulado alrededor de esa herencia. El rigor levítico, el infantilismo, la amenaza sobrenatural, la ternura impostada, la dogmática curial, la renuncia al pensamiento: nada de todo eso está en la idea cuyo comienzo se conmemora el 25 de diciembre.
Me parece que lo que se añadió a nuestro suelo griego y romano fue precisamente, desde lo que se conmemora en esta fecha, esa noción paradójica que acabó produciendo siglos más tarde, con su crecimiento, la literatura, las artes, las ciencias, y esa filosofía que desde tiempos anteriores se puso en conversación con la novedad y acabó dando lugar a la Ilustración correctora del mismo cristianismo y nos trajo hasta la actualidad; la noción paradójica que encontramos desde muy antiguo en las éticas orientales y que, a diferencia de sus metafísicas, no había conseguido entrar en la Grecia de la política ni en la Roma del derecho ni en sus lógicas ni en sus físicas ni en sus éticas: la compasión.
Cómo no celebrar eso.
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