La interseccionalidad, la amnistía (o annistía, o agnistía) y mis abuelas

Hay que explicar esto de la interseccionalidad más o menos en la misma medida en que hay que explicar aquello del hiperconsecuencialismo. Ahora recuerdo a mi abuela, pequeña agricultora de frutales en las orillas del Jiloca. No, no es que la pobre me hablara de hiperconsecuencialismo baturro; es que la he recordado de pronto, nada más. Era mujer, frutalera, española, hija, madre y hasta abuela. Eso es interseccionalidad, fíjate. Una cosa intrincada.

Ya sabemos que hasta hace muy poco, en Inglaterra, eso de pronunciar un nombre extranjero más o menos bien se consideraba (no lo digo yo, ojo, lo decían ellos), cosa «de maricones». Por eso, entre otras causas, el nulo sentido para cualquier otro idioma que han tenido tradicionalmente los ingleses, y por cierto gran parte de los no ingleses pero de lengua materna inglesa. Pero lo que se ha dicho por España desde siempre era que a los que se les daban mal los idiomas «extranjeros» eran los españoles. No muchos se paraban a pensar que, en realidad, lo que pasaba era que no se enseñaban, y así a cualquiera se le da mal algo. En cuanto se empezó a enseñar masivamente el inglés (antes fue, pero no tan masivo, el francés de las órdenes religiosas escolarizantes, que venían de las expulsiones francesas, claro), mira al cabo de pocos años lo que hay. Hoy chapurrea inglés todo el mundo menos, es verdad, unos pocos que son muy muy cerrados de mollera (lo cual no incluye culpa de ellos, salvo en algún caso).

Pero es verdad que, aun siendo millones de españoles los que ya controlan el inglés como para defenderse en un viajecito a Londres, sigue habiendo una parroquia bastante numerosa que se resiste a pronunciar ciertos sonidos. Aunque con eso se da un fenómeno raro: claro que pueden pronunciar esos sonidos, pero sólo cuando lo que se les pide es que pronuncien otros. Por ejemplo, es conocido que un español medio cogido así, a capón y sin avisar, si le preguntas cuál es la capital de Holanda te dirá «ánsterdan». A muchos es como si les diera corte pronunciar un poco mejor, y hay que recordarles que tienen ese derecho. Y entonces te dicen «ámsterdam», que a lo mejor no es como se dice en danés cheli, pero que parece defendible. Otra cosa son los rotacismos, que se sueltan como virus hablando el mismo español: el apellido Ginestar, tarraconense y toponímico, se transformó en Talavera de la Reina, capital toledana del rotacismo manchego, en Ginestal, el de mi otra abuela por cierto, y se hizo una de las principales firmas de cerámica de la ciudad. Pero no es exactamente ese fenómeno el que se da cuando le pides a un español que diga Omsk y va y te dice «onsk». Y las terminaciones también parecen ser pudoríferas: cuántos dicen, en lugar de Tel Aviv una cosa como «telavid». Pero si les pides que te digan cuál es la capital de Irak no te dirán Bagdad, porque la d final les da como corte: ¿pero no habíamos quedado con ese «avid» en que lo de terminar en d sí que se podía? Pero no, lo que te dicen es, más frecuentemente, una cosa como «bagdán», seguida a poca distancia por otra cosa parecida a «bagdat». ¿Qué habría que hacer para que se atrevieran a pronunciar «aviv»? Pues no lo sé; quizá meter ahí de pegote un lío consonántico polaco o checo de esos de ir a urgencias de la Paz: Tel Aviznwgst. Intentando pronunciar eso puede ser que caigan en pronunciar «Aviv». Entre los perreros de mi barrio hay algunos que, tras once años de conocer a mi perro Spock, siguen llamándole «spot». El siguiente paso es la pronunciación del dúo Sacapuntas, creo.

Las cosas de la fonética, o más bien de la fonación y sus vergüenzas. Todos esos compañeros de hace décadas que habían ido a las monjitas y habían sido bautizados en francés se reían cuando los (por entonces ya unos cuantos) bautizados en inglés pronunciaban más o menos bien y a la inglesa algo como Rock Hudson; ellos creían que «ggocudsón» era más que suficiente (y a menudo «ggokidsón»). Pero ay de ti, neófito en francés, como pronunciaras no perfectamente el nombre del presidente valeguí syiscagg desteen (por probar una transcripción; seguro que también no está perfecta). Se reían del incauto tanto como este les perdonaba la risa que le produciría, si se dejara, cómo los franchutados pedían en los Burger King, que empezaban a abrirse, una «bursyer» con sonidillos parecidos al francés «bourgeois», y no una «burguer».

Oye, ¿y lo que pasa cuando un castellanohablante dice algo como «seny» pronunciado más o menos mal y sonando a «señi», en lugar de la canónica algo así como «señ»? ¿Y para «rauxa» decir «rauxa» con la equis de «coxis» o «rausha» con la sh de «smash»? No se nos ocurrirá hablar de las hiperglotales catalanas al pronunciar el castellano.

Momento crítico en esta escritura: puede que ahora se entrometa la escuela rosa sensat o algún invento autopercibido como exquisito, e imposible del Francolí para abajo o del Cinca hacia poniente; porque ya se sabe que de pedagogías nadie sabe como los del Francolí para el norte o los del Cinca hacia levante. Pero para pedagogías estamos: que tenemos mil veces renovado el juramento de no hablar más de la enseñanza, ni siquiera de esa cosa degenerada que la ha sustituido, a la que no le molan los conocimientos, como es notorio ya desde hace treinta años, pero que ha decidido que tampoco le molan los argumentos, las técnicas y ni siquiera los modales (no hay más que ver cómo han evolucionado estos: date un paseo por la calle, ve al cine). Ya lo dijo (en privado y muy en secreto) un ministro de educación español de los que en público defendió, argumentó e impuso las reformas estas «comprehensivas» cuando le preguntaron que qué opinaba de la formación de los maestros de primaria y de los maestros que salían: unos mamarrachos. Palabra antigua y casi desconocida para los que han estudiado desde el 90. ¿Y te podrás creer tu recuerdo, certero pero increíble, de que hubo quien propuso que el catalán fuera lengua obligatoria en los estudios de los colegios de toda España? Sí, no lo has soñado. Ya empieza a haber distancias que aconsejan acudir a las hemerotecas, porque ya empiezan a sonar cosas que fueron reales como si nunca hubiera sido posible que fueran reales. Pues sí: no hartos con el fracaso generalizado de sus escolares inmersivos (o inmersos, o inmersionados), es como si aquel que unía en sí dos Insignias de San Mamarracho, la de prescriptor educativo y la de indepe honorable, buscara que el resto de los escolares de España fracasaran, igualmente entorpecidos, para tapar tanto como se pudiera el fracaso de los nacidos en ese espacio entre Cinca y Francolí. Pero que no; que hemos jurado que de estas cosas pedagogiscentes no volveremos a hablar. De lo que es imposible no hablar, aunque mira que hay pedagogía al respecto, es de la «agnistía».

Ah, ciudadanos: es que apenas hay tres o cuatro españoles que la pronuncien con las consonantes en su sitio. ¿Qué pasó con aquellos que el 77 recibían porrazos por la calle Princesa de Madrid gritando y pronunciando bien eso de «amnistía, libertad»? Y eso que era Madrid, o sea Madrit, donde se tiende a acentuar la segunda i de sustituido, convirtiendo esa palabra en pentasílaba, y a comerse con calamares la d final de libertad, de amistad, y ya puestos hasta de Madrid. Ya lo habréis notado: «agnistía»; con un poco de suerte «an-nistía»; y con un poco menos de suerte «acnistía». Vaya recital. ¿Dicen también agniótico cuando amniótico? ¿Alugno por alumno, agnesia y no amnesia, calugnia por calumnia, dagnificado por damnificado? Me parece que, en general, no. Pero no se atreven mucho a decir «ignoto» o «ignorar», que en el más suave de los casos transforman en «innoto» e «innorar», salvo en esos casos de recalcitrantes agrestes de por el este del río Cea, que se empeñan en decir ijjjnorante (nuestras vidas se ve que son los ríos).

De modo que cómo hacemos para ser buenos alucnos e innorar la agnistía: esa es la cuestión. ¿O no debemos ignorarla? Han conseguido crear tal caos léxico con sus propagandas y sus continuos autodesmentidos que ya no se sabe en qué idioma estamos hablando. A lo mejor es otro idioma, y eso de cambiar las -mn- por -gn- y todo eso no son tropezones, sino, simplemente, el diccionario de un nuevo dialecto. Muchos están recordando estos días la parte fácil de Orwell por aquello de que, súbitamente, el malo es el bueno, desaprender es aprender y la doxa es el dogma; yo creo que lo principal es el neospeak este que nos imponen, que es en lo que estábamos. La interseccionalidad, amigos y compañeros. La discriminación múltiple. La opresión múltiple. O sea la intersección de putadas, ¿está así más claro? Pasa con esto algo parecido a lo de la Estética Filosófica que decíamos ayer: lo ve todo desde un lado, el del que presencia, y no desde el otro, el del que hace. Pues igual: todo el rollete de la interseccionalidad que sufre ahora mismo España se suele leer desde el punto de vista del oprimido, y así es aburrido: porque, desengáñate, el oprimido eres tú, o sea somos nosotros. Es mucho mejor darse cuenta de dónde está de verdad de verdad la interseccionalidad en estos líos de la agnistía o annistía catalanoadicta: hemos inventado no el oprimido múltiple, sino el opresor múltiple. La cuarta ola del feminismo puede estar contenta, porque al final estas cosas de palabrejas tan largas que tanto le gustan han encontrado una encarnación concreta: como diría (y casi dijo) Terry Gilliam, estamos ya algo hartos, de modo que los 41 millones de españoles que no somos catalanes vamos a decidir que nos llamamos Loretta, que estamos en transición hacia un sexo no binario (ni ternario, ya puestos), que somos negras, enanas y desdentadas. A ver si así nos perdonan el pago que nos están empezando a exigir.

Pero, eso sí, no sería tan difícil pronunciar un poquito mejor, por caridad.

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