Descansemos un poco. No sólo suceden cosas en el Congreso o en Moncloa o en Estrasburgo. Mientras toda esa mierda (que no debería serlo, pero algunos se empeñan en que lo sea), se siguen estrenando películas y cocinando judías blancas y publicando novelas. Nos importa ahora eso de las películas, y nos importa una cosa rara que sucede con ellas en el mundo de la filosofía. Es decir, más bien es que no sucede nada, pero tiene uno la sensación de que debería suceder. Y a ver si así nos olvidamos por un rato de tanta mala educación.
Para empezar por lo que menos se comprende, la autodenominada «Estética Filosófica», por lo menos en sus departamentos y asignaturas universitarias, rara vez o ninguna se pone a masticar los asuntos de la creación estética, y casi siempre o siempre se limita a darle vueltas a Nietzsche y sus frases, y al mundo como fenómeno y por tanto como cuadro que pinta al propio espectador, y todo eso, que os sonará. Pues bueno, probablemente está bien tratar todo eso, pero no parece tan apropiado desdeñar, como muchos de sus agentes o casi todos desdeñan, la reflexión sobre cómo se crea y por qué y con qué medios, y todas esas cosas escolásticas (por lo menos) del por qué, dónde y cuándo; y todo el resto que viene a continuación menos escolástico. De modo que lo que pudiera ser un enorme y fertilísimo campo de reflexión lo deja libre para los muy acorraladamente preparados (en el mejor de los casos) sólo para eso que se viene denominando «hacer crítica cinematográfica» o «literaria» o «pictórica» (en este caso se suele decir «artística»), o «teatral» o todas las demás, modalidad por modalidad y hasta género por género en algunas ocasiones. Pero desde hace unos cuantos acontecimientos cuya relación nos alargaría esto demasiado (pero dejemos anotado, para futuras pesquisas del lector, que se trata de cosas parisinas, mais oui), quedó atado y bien atado que cualquiera de estos críticos iba a ser insultado y degradado al rango de panfletista de publicidad como no citara por lo menos una vez, en cada una de sus críticas, a Derrida, a Foucault, a Eisenstein, a Sartre y, en los casos más finolis, a Merleau-Ponty, nada menos. Cuesta creerlo, pero pongo a Isis por testigo/a; tengo estas villanías archivadas. Y eso para hacer una crítica (eso sí, de seis páginas a tres columnas) de Valor de ley, la original, la de John Wayne dirigida por Henry Hathaway. Bueno: ha habido eso ya desde hace décadas, y eso nos ha traído hasta aquí: hasta unos programas de televisión sobre cine que no hay quien los entienda (y que ese del fondo no ponga esas cejitas maliciosas: los que «leemos a Kierkegaard» los entendemos todavía menos). Estos programas nos arrojan sin perdón sus locuciones redactadas todas en pasados de subjuntivo («este director, que ya nos sorprendiera en el festival de Cthule cuando presentara su cristalino film Alma de Fango…»). Además, se buscan la vida para colocar la jerigonza esa de la modalidad de jerigonza de la de caer bien al gurú («de los films silentes de Buster Keaton, El héroe del río es a todas luces el más estructurado al tiempo que funcional»). ¿Por qué acabamos de recordar como en un latigazo esa mala educación de la que queremos descansar?
Vamos, que buena la ha hecho la autodenominada «Estética filosófica» dando de lado todo eso con su boca habitual en U invertida y dejándola en esas manos. Al final, lo más que se consigue es que el (poco) personal que cae en leer algo de eso comprenda al cabo de los años la verdad fundamental:
– ¿La película XYZ no le gusta al crítico Fulano? Entonces voy a verla, debe de ser buenísima.
Aunque lo cierto es que, si nos tenemos que guiar por cómo se suelen manejar los de los departamentos de Estética en sus clases, es verdad que estaríamos más o menos igual de apañados (o sea mal apañados): sus alumnos suelen acabar los cuatrimestres hechos un lío entre las proclamas despectivas contra «el arte transitivo» a la vez que contra «el arte descomprometido», mientras intentan digerir los entreplatos del «esteticismo fascista» al mismo tiempo que del «necesario autoritarismo revolucionario» (por ejemplo, del cine soviético, siempre). O sea, que «eso» que es el objeto de las sevicias intelectuales de los departamentos de Estética tiene que compactar en sí la naturaleza de una cosa llamada «el arte por el arte», o sea que no sirva a otra cosa ni causa ni proyecto más que a ser arte, pero a la vez «colaborar con la revolución permanente», porque si no es mera frivolidad de drag-queen-show de la noche bilbaína; y a la vez cómo vas a dejar pasar una hora de tu discurso sin meterte con Marinetti y sin alabar a…, espera a…, ¿a quién? Ah, sí, a quien critica a Solzhenitsyn. Vaya lío. Un lío que recuerda a… No, maldición, hay que olvidar durante unas horas.
Así que no hay otro remedio: en cuanto hay cine popular, hay que hablar mal de él, porque el cine popular no suele meterse a soltar sermones contra Marinetti. Ahora lo que se lleva es echar pestes de Santiago Segura, porque además ya dijo Trueba hace años que Segura había «cometido traición» cuando empezó a sacar sus Torrentes. Es curioso cómo coincidieron en las caras de asco las señoras más finas (y agrias) y los progres más agrios (y finos) cuando hablaban de Torrente: como si Segura hubiera querido hacer un James Bond (los progres también hablan mal de este) o un Fuego en el cuerpo (las señoras más finas también hablan mal de esta). Ahora Segura ha encontrado un buen nicho, el de la comedia familiar desenfadada y algo slapstick, y triunfa en las carcajadas, en el favor de las gentes y en las taquillas. Así que a por él.
Quizá si se hubieran metido los profesores de «Estética» (las comillas y la mayúscula tienen mucho que ver en este caso), los críticos habrían entendido que no te tiene por qué gustar personalmente cierto cine (o cierta literatura, o cierta pintura) para que aprecies simultáneamente su valía. Aunque al final, ahora y aquí, eso da bastante igual: sigue habiendo legiones y legiones de gentes que desdeñan o desprecian o insultan o escupen sobre películas como Vente a Alemania, Pepe, o Españolas en París, o muchas del mejor landismo, o modernamente sobre las de Fesser, sin haberlas visto siquiera. A menudo da la impresión de que solamente por su título. Si Vente a Alemania, Pepe se hubiera titulado, por ejemplo, Fantasías periclitadas de un exiliado, o si Españolas en París hubiera sido bautizada como Explotación transnacional con componente de género, estaríamos viviendo ya en otro universo. Igual que ahora es moda en círculos de élite desdeñar o escupir sobre aquella misma época de la Transición; que quizá si se hubiera encontrado otro nombre para ella sería mejor admitido en los esdrújulos ambientes. O simplemente si se conociera bien en qué consistió, que a menudo no lo parece.
Y luego, o mientras tanto, está todo el resto: El director Fulano puso esa estela de avión en ese momento, en ese fondo celeste, durante ese diálogo, para recordarnos a todos la evanescencia de blablablá (pero es que se acababa el material -o sea la película para rodar- y no hubo forma ni presupuesto ni luz para repetir ese plano sin esa estela, que desde luego no puso el director, sino el trayecto Bristol-Ibiza de British Airways).
Y es este precisamente el lugar por el que los filósofos de los departamentos de Estética Filosófica (las mayúsculas blablablá) podrían entrar a hacerse los campeones, y no han querido o sabido o podido, por lo menos hasta la fecha. Cuántas cosas de una obra de creación son decisión del creador, y cuántas son aceptación de lo que la realidad incontrolada te regala o te impone. Cuánto de ese significado que resulta es en realidad significado (es decir, deliberado y cifrado por intelecto) o es sólo contenido supuesto por el espectador sobre la base de, vaya usted a saber, las asociaciones, los reflejos, los recuerdos o los deseos de este. Y así tantas y tantas cosas que se podrían investigar y masticar sobre la creación artística. Pero, ya digo, este sub-gremio no se rebajó a mirar hacia ahí.
Ahora la tienen tomada con Segura como antes con Fesser y siempre con alguien. Es como si los críticos de estas cosas, salvo dos excepciones, quisieran aparentar permanentemente que leen, vaya si leen, a Kierkegaard, y que se están dedicando a eso de la crítica sólo para hacerle un favor a un amiguete.
En esta temporada, por su parte, se están soltando las amarras de ciertas naves que quizá ya no deberían navegar nunca más; pero vuelven a hacerlo. Hoy no hace falta que estén todas en puerto para aniquilar a alguien, como en Atenas. Te condenan y te ejecutan en menos tiempo del que se tarda en decir «heterocispatriarcado» (es bastante, pero eso). ¿Tendría Santiago Segura mejor suerte con la crítica si esta la ejercieran los empingorotados profesores de los departamentos de Estética Filosófica? Seguramente no, porque no iban a dejar de ser por lo menos una parte de exquisitos y de delicados de lo que son hoy. Pero seguramente, también, si se hubiera admitido que la Estética tiene que reflexionar acerca de cómo se crea (y de por qué, y de todo eso), ese empingorotamiento sería menor, o hasta no sería tal, porque hacer, o sea hacer y no ser meramente un espectador, da la impresión de que es lo que fabrica más que otra cosa a una persona; y probablemente estudiar cómo se hacen las cosas también.
Claro: como casi todo hoy, es un caso de élites que desprecian a los que no son élite y que se empeñan en que lo popular es lo que la élite sabe que es popular, y no eso que popularmente se decide. Ah, desde luego, por supuesto: en ningún momento habíamos dejado de hablar de política. Maldición, ya digo.
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