Como Aquiles mismamente, pero al revés y sin poema

La primera palabra de la literatura europea es «cabreo», o «ira», o «enojo». Menin o ménin, con esa palabra en griego más o menos antiguo empieza la Iliada. Se supone que toda la Iliada es la historia del cabreo de Aquiles: canta, diosa, el cabreo de Aquiles cuando… No seré yo quien niegue las virtudes de un buen cabreo; pero yo no consigo ese cabreo durante el tiempo suficiente como para que me resulte rentable, ni mucho menos épico. Un momento de palabrotas aquí o allí o, si me pilla en el lugar adecuado, una buena patada a una lata (que ya casi no hay: por eso), y ya. Pero muchos, muchísimos, saben y pueden y quieren y consiguen cabreos de esos abrahámicos o quizá aquiléicos de doce o catorce años seguidos bufando. En el fondo, me dan envidia. Pero sé, por otro lado, que mi salud no los aguantaría, así que váyase lo uno por lo otro. ¿Mi propuesta de reflexionar sin enojo tendrá que ver con esta incapacidad mía? Todo tiene que ver con las incapacidades de uno; no es que se vaya a descubrir la pólvora con eso. «Filosofía cabreada», se podría bautizar a tanta filosofía que circula por ahí y que combina con maestría el rugido y la abstracción. Bueno, pues como hay tanta, yo me pongo a mi descabreo, porque a lo mejor combinan bien las dos cosas y lo mío aporta algo. ¿Amenin, Anménin? Canta, diosa, el descabreo…

Y en nuestra actualidad miro y escucho alrededor, y veo que hay que descontar algunos cabreos por rutinarios y obvios, pero que hay algunos, quizá los principales dos o tres, que están a punto de convertirse en veneno para todos. Uno de ellos, además, me parece que es el campeón de los cabreos del noventa y algo por ciento de la población española. Esto no se arregla dándole de pronto a un botón, claro. Pero comprender las cosas o partes de las cosas siempre ayuda; y comprender la movida catalana, que es tan rara y tan difícil de tragar, y que es la madre de ese cabreo tan extendido, lo mismo es útil.

Una primera cosa que llama la atención, si lees la prensa catalana que se dice expresión de un «verdadero ser» catalán (y la otra también) es una especie de obsesión como de rústico antiguo con compararse con Madrid. Madrid que, dicho sin segundas intenciones, lo cierto es que no se suele meter con nadie, porque lo que sí es conocido es que va a la suyo y a resolver el lío de los helicópteros que se le caen a la M40 el mismo día que se colapsa la estación de Chamartín y que cierran la estación de Metro de Sol, y encima llueve; y admitamos que eso ya es suficiente ocupación cuando lo que tienes alrededor es casi siete millones de personas intentando llegar al trabajo o al colegio o al ambulatorio. Pero lo otro nos incordia cotidianamente: Se abre una nueva pizzería en Barcelona, dice un titular de primera. Y sigue la entradilla: con esta, la Ciudad Condal ya tiene más pizzerías que Madrid. Nueva ordenanza para el uso de flotadores en las playas de Barcelona: Madrid no puede hacer estas ordenanzas porque no tiene playas. Y así una cosa tras otra. Lo cierto es que esto pasa en muchas provincias y a muchas gentes. Vaya río que tenemos aquí en mitad de la meseta, ¿eh?, vaya río; ¿a que en Madrid no tenéis ni un río así ni un paseo del río como este, eh, a que no? No se dan cuenta los de la prensa autoconsiderada representativa de Barcelona de que con esa conducta, lejos de aumentar su preciado y gorjeado cosmopolitismo, sólo consiguen parecerse a los más catetos. Pero esto se extendió a las mitologías habituales, que en cualquier momento afirman que con su dinero de impuestos pagan la luz a las familias madrileñas, el asfalto de las calles de Madrid, el arreglo de las fachadas de Madrid, las farolas de Madrid y ¡sobre todo! que se hable de Madrid en otros países y en la prensa extranjera. Y esto se dice igual en la capital catalana que en Ciudad Rodrigo o que en Fraga o que en Ibi. Y los celos y el escozor de patria chica se adueñan de la cosa. En esta peleíta, cualquier lugar tendrá ventaja sobre Madrid, porque en este no hay sentimiento de patria chica ni cosa parecida: los dos o tres que se visten de chulos y de manolas en las fiestas (?) oportunas son considerados más o menos unos frikis alunados, que sólo entorpecen las aceras y dificultan el tráfico. Celos, amor aldeano, narcisismo.

Lo que se busca es que Barcelona pueda ser capital de un Estado; pero es tan caro conseguir serlo de España, que mejor hacer un Estado aparte, por pequeño que sea, porque en él nadie discutirá que Barcelona es la ciudad que tiene que entrar en las listas de las capitales, en las colecciones de cromos, en los atlas escolares, en los crucigramas de la prensa birmana… ¡Y con embajadas de todos los otros países!

Y en esa tontería, miles o decenas de miles de columnistas se han dedicado a demostrar que Cataluña es «la provincia más occidental de Italia» (sic), porque, dónde va a parar, eso es mejor que ser española. Pero se han callado de golpe cuando en Italia, de pronto, hay un gobierno de algo así como una extrema derecha sui generis. ¿A qué viene ese remilgo? ¡Si casi todos los gobiernos regionales catalanes desde 1980 han sido de extrema derecha! Ah, pero con su camuflaje, que ha colado.

No hay modo de entender cómo ha colado, y ha calado hasta ese extremo, el engaño de que los regionalismos, los autonomismos y los periferismos comarcales españoles son cosa de progreso. Se ve incluso desde lejanos planetas que cuanto más consciente y autoconsciente es una región española, más está en manos de unas cuantas familias (consanguíneas, jurídicas o metafóricas), y que muchas de estas son, incluso, las mismas o las herederas de las familias caciques de durante el franquismo, que a su vez eran las herederas o las mismas que manejaban todo durante la Restauración. Parece que muchos echan de menos esa España llena de Fermines de Pas, de madres de Fermines de Pas y, ya puestos, de Jacintas y un poco más peñas arriba incluso de tíos Celsos. Ah, pero es que ¿acaso no se parecen aquella España descrita por Sagasta y por Silvela y la que se ve, se oye y se huele en tantas y tantas propuestas de las Regiones Muy Conscientes?

            -Usted a mí déjeme en paz con sus cosas ateas de ese Madrid de los mil vicios, que aquí con nuestra religión antigua, con nuestros fueros, con nuestras rutinas de diez o doce generaciones, ya sabemos cómo organizarnos. No nos hacen falta códigos penales modernos, ni mucho menos todavía esos reglamentos civiles ni mercantiles, que sólo sirven para sacarnos los cuartos. Usted ponga unos buenos aranceles a los de fuera para que aquí vendamos bien nosotros, y déjese de tribunales supremos y de europas. Cumpla usted, y yo le tengo entonces mi tierra en calma, ¿estamos? Pero las cuentas ya nos las pedimos aquí mismo unos a otros, y no nos hace falta nadie de fuera para explicarle nada.

Es difícil encontrar realidad alguna por debajo de eso que explique el desmadre actual. Toda la retórica 92 se desmiga como un polvorón en cuanto preguntas un poco, en cuanto rozas la superficie de explicaciones que sean mejores que esas patrañas de las meras glorias de la raza. Lo que hay por debajo no es más que ese provincianismo palurdo alentado y hasta diseñado al detalle en muchos de sus aspectos por los capataces de las familias de siempre (ojo: los capataces, porque los dueños de verdad no se muestran), que se saben muy bien las historias familiares de holgada comodidad fabricada con el material de la impunidad del que a un tiempo era, y quiere seguir siendo, perpetrador, corchete, juez y alcaide de sí mismo.

Los palurdos son palurdos igual y siempre, sean pertinaces y retorizados o no. Su comportamiento es el mismo: cortos de vista, esquemáticamente egoístas, y ciegos y sordos a cualquier necesidad que no sea la de su infantil imperio impune del capricho, y no digamos a cualquier circunstancia ajena.

Los madrileños más o menos lectores harían bien en percatarse de ello: no tienen que ofenderse cuando se les insulta con tanta intensidad y frecuencia, porque en realidad no va con ellos. Son meros figurantes de una obra que tiene muy otro argumento desde la descomposición diarréica, luego llamada ideología, de aquel carlismo, cuyo análisis de heces da como componente principal eso que ahora se llama nacionalismo. Y no hay que olvidar que «madrid» no era más que una palabra con la que designaban al maligno todos esos matones industriales y pistoleros evangélicos. Esa ciudad lejana donde había una heredera niña con una madre regente que había echado de la corte a nuestros conseguidores y a sus sotanas, en la que unos señores pretendían hacer leyes para todos, habrase visto.

Hacer leyes para todos, como las que llevamos 45 años teniendo. Que lo hemos conseguido durante 45 años es suficiente motivo para la sonrisa, creo yo. Y cómo no va a ser eso atacado por los pocos que quieren impunidad; es inevitable. En el peor de los casos, conseguirán irse; pero nunca que los que nos quedamos dejemos de hacer leyes para todos. Ahí, y si añadimos lo de reírnos, ya hemos ganado.

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