A lo mejor es que a los hoy viejos nos machacaron entonces cuando niños con la idea de que llegábamos a un mundo ya hecho por otros anteriores a nosotros, y a alto coste, con guerras recientes incluidas, y que cuidadito y respeto y buen uso. Es probable, pero no recuerdo mucho, si es que fue de verdad machacar. Casi seguro que fue un machacar indirecto. La idea de respeto y de gánate tu puesto y de haz por ti mismo estaba en todas partes y en todo momento, y seguramente la otra idea está ahí dentro inevitablemente, claro. Sea como sea, incluso por mal que nos cayéramos algunos menores y algunos mayores, no tuve nunca conocimiento ni entonces ni mucho después de entonces, ni hasta hace muy poco muy poco tiempo, de que nadie pusiera en duda la legitimidad de las pensiones de jubilación. Y mucho menos con furia o enfado.
Hoy corre por muchos foros la queja indignada del abuso que supone que los jóvenes empiecen sus carreras profesionales cobrando una mierda, mientras que los que se van a jubilar o se están jubilando vayan a cobrar o estén cobrando ya unas pensiones de jubilación que hasta les dan para comer (por suponer que no quede). No lo digo yo, sino que transcribo lo que oigo: que a los que ahora están alrededor de la edad de jubilación les ha ido todo de maravilla en sus vidas, han tenido siempre a mano el dinero que han querido y nunca han padecido carencias. Y tampoco las van a padecer ahora en la incipiente vejez, cuando van a seguir quitando de comer a los jóvenes.
¿Pero quién puede creerse de verdad que los que llegaban a la edad de trabajar allá a mediados de los setenta han vivido siempre en la comodidad? ¿Cómo se puede desconocer que, mucho antes que los actuales, cobraban una mierda similar a la que hoy se paga? Solamente puede un ignorante cetáceo. ¿Cómo es que no saben de las oleadas de desesperante paro de 1978 y siguientes, de las subidas del 30% de los alquileres de un año para otro en cuanto iban llegando ellos a la mayoría de edad… y de todo lo demás?
Pero conocemos gentes, incluso de esas edades de primera madurez, que son los primeros denunciantes de coetáneos suyos cuando estos actúan y hablan como si el mundo les debiera algo (palabras textuales e indignadas de los denunciantes de su misma edad). O sea que alguna esperanza de supervivencia hay para el sentido común. Una ecuacioncita tan sencilla como la de «millones de boomers accediendo a los mercados = subida general de precios de vivienda, de consumo, de trabajos (esto significa no que te pagaran más, sino lo contrario, chaval)» parece demasiado complicada para las pobres víctimas de la enseñanza comprehensiva de la LOGSE y sus secuaces. Aparte de eso, ¿es que nadie les ha dicho que esos colegios a los que han ido, esos ambulatorios y esos hospitales en los que les han atendido, ese asfalto de esas calles por las que han ido a ambos además de a esas playas que alguien ha limpiado previamente, han sido todas ellas cosas pagadas por la resta que se ha hecho de las ganancias de los que ahora se están jubilando? ¿Va a ser esta ignorancia que va a dar a la mar que es el desprecio colectivo otra secuela de la LOGSE persistente?
Es claro que alguien gana o tiene previsto ganar con esta nueva guerrita de generaciones, y la está atizando desde la frivolidad politicoide.
Ya que me habláis de la frivolidad politicoide, y que hay por ahí alguno que no pilla la noción, invitaré a reparar en lo que hizo hace pocos días una antaño admirada actriz. En la capilla ardiente de Concha Velasco se presentó, aparte de por su representación, porque había tenido últimamente cierto contacto personal con la fallecida, Isabel Díaz Ayuso. Y la antaño admirada actriz Marisa Paredes fue enterada de esa que al parecer consideró agresión cuando estaba en directo gangoseando spleen impostado ante las cámaras, en persecución de su antigua elegancia, y cortando su discurso produjo una modulación de dos acordes enteros mientras decía que qué hacía esa aquí, que fuera (dijo las dos cosas así). Entonces, mientras lo veíamos en la televisión, oímos alrededor, o quizá soñamos, la canción de Historia de la Frivolidad, que algunos recordarán como una de las cumbres de la sátira y la pulverización de la imbecilidad censora (iba a haberse titulado Historia de la censura, pero la censura no lo permitió). Ahí estaba una M. Paredes, muy antaño vistosa cariátide del bien mostrarse, súbitamente convertida en una hermana puritana, usando tijeras, usando tinteros, vestida de encaje y velo negros, con el gesto agrio de aquellas Irene Gutiérrez Caba, Rafaela Aparicio, Margot Cottens o Lola Gaos. ¡Sí! ¡Esa fue la transformación! De pronto era la misma cara que la de Lola Gaos. Qué se fizo, M.Paredes, de tu vanidosa prestancia. Además, nada más fácil y más vulgarote que pillar para uno un tópico de moda. Ya hablábamos el otro día de la modita esa que se ha impuesto de echar pestes de esta Díaz Ayuso: que ella te parecerá lo que quieras, que no tiene solidez ideológica, que es una mera gestora que tira de caidita de ojos y, sobre todo sobre todo, que ha manifestado su desacuerdo general con las manías y las germanías del feminismo de inexperiencia vital de la 4ª ola. ¿Cuarta ola de quéeeee?, que gritaría el emérito desde el coche. Ya lo sabemos: el movimiento verdaderamente revolucionario del siglo XX, malversado ahora por Logse persistente en Hermanas Puritanas 2.0. Pero es que, volviendo a la modita anti Ayuso, se dice eso como si sus rivales fueran sólidos ideológicamente, como si fuera mejor ser dogmático que gestor y como si no cuidaran todos, del rey abajo, rey incluido, sus gestitos, sus cortecitos de pelo y sus entonaciones. Reconócelo, M. Paredes: tal como lo he dicho, eso empieza a sonar diferente, ¿a que sí? Ah, no, es verdad, a ti no: es que tú tienes ideología, no me acordaba. No seré yo el que critique las trayectorias político-sociales o estético-laborales o ideológico-rentables de nadie, que bastante tenemos con estar como estamos. Sí me permito criticar, sin embargo, la ignorancia militante, la frivolidad inoportuna y el odio exhibicionista, ese de como deje pasar esta situación sin dejar claro cuáles son mis filias, lo mismo me apartan de ellos. Eso es frivolidad politicoide, por supuesto. Pero oiga, que no es de hoy, que esta frivolidad la habido siempre. Se trata de esa frivolidad de esos y de muchos otros a ambos lados, y a todos los demás lados, de la política. Frivolidad que es, posiblemente, la más completa y eficaz arma de destrucción del estado de ánimo social, y que por algún motivo nadie denuncia y ni siquiera señala.
Claro que el petardeo, que se decía antes (y algunos siguen diciendo) es el destino natural y se diría que inevitable de los frívolos políticos. Varias veces hemos reclamado una buena frivolidad, y nos hemos quejado del secuestro de la frivolidad por parte de los cotilleros, secuestro en los dos sentidos: sólo hacen frivolidad ellos, y sólo la hacen sobre ellos mismos. Es un bochorno esa cantidad de programas de televisión que dedican a hablar de cómo les fue en el programa de ayer y por qué se enfadaron o se dejaron de enfadar. Es una pena cómo llegaron hasta ahí, a convertirse en petardos y petardas con galones, gentes que un día fueron algo plausible. Me parece que algunos, además, nunca lo fueron. Muchos recordamos las coñas muy marineras que hace apenas veinte o veinticinco años despertaban, por ejemplo, salvo alguna excepción, las por otro lado encomiables políticas del PP (queremos decir las mujeres políticas), de las que se decía, para empezar que vivían «con un exceso de peluquería». Nadie protestó en la izquierda por esa, porque era exactamente esa, coña que se hacía, como hoy sí protestan, ¡vaya si protestan!, las amplias masas adecuadamente dirigidas cuando Alfonso Guerra (quizá recordando aquello, se me ocurre ahora) hizo el otro día una broma similar sobre Yolanda Díaz, que es verdad que se nos aparece de un salto, tras las columnas de la cripta o los contrafuertes de la cubierta, con el mismo peinado que llevaba, a ver si lo adivináis, os gané, Isabel Tocino (que fue no por casualidad una de las principales dianas de aquel pitorreo).
¡Pero si es que hasta Palomo Spain curra diez horas diarias con sus hilvanes! Y mira que presume de frívolo, y mira que presumen de él los frívolos. Y eso por no hablar de lo que se mata a trabajar la más insultada de las coristas de una comedia arrevistada con vedette, baile y apoteosis final, arquetipo de la censurable por las Hermanas, las de antes y las de ahora. No, caballeros (que dijo Pi y Margall): lo frívolo no suele estar allí donde se lanzan insultos de frívolo. Es más: lo que recibe normalmente el insulto de frívolo no suele ser lo frívolo. Se insulta de frívolo, qué sé yo, a quien dedica una tarde de domingo a ver el fútbol y no a repasar El Capital; o a quien compra unos helados a sus hijos ese sábado risueño sin pensar en la cadena helado-leche-vaca-pedos-atmósfera-apocalipsis; o a quien ve la serie Fringe porque plasma las situaciones divertidas e intrigantes de las cosas paranormales para entretenimiento simple de fatigados.
Ah, oye, pues es que a lo mejor eso es lo frívolo, sí. Somos frívolos, ya ves.
Pero si dejamos el adjetivo frívolo para eso, ¿qué nos queda para los que lloriquean por tener que aceptar que se paguen las pensiones de los viejos? ¿O para los que exigen hondura trágico-gestual a un político rival pero no se la piden al de su gusto y creen que quedan bien exigiendo su expulsión del funeral de una amiga de la despedida?
Hay que ver. Apenas un par de folios y ya opinamos diferente que al principio. Hablando de frivolidades, no mentíamos: es que hemos cambiado de opinión.
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