La era de los ideólogos nos ha dejado como secuela la dificultad que muchas personas tienen para entender que, además de ideología, el administrador de lo público tiene que tener conocimientos. Mejor si son conocimientos del ramo que le ha tocado en suerte administrar. Si son de otro ramo, que sean por lo menos suficientes para haberle entrenado para adquirir los nuevos que su nueva tarea pide. Nadie va a pedir a un ministro de agricultura que sepa conducir una cosechadora, o a un ministro de sanidad que sepa trasplantar un riñón; no se debería hacer esta aclaración, pero hay que hacerla (lo cual es uno de los signos de la secuela que mencionamos). Pero ni basta con eso que se suele llamar «una sólida formación política» ni es oportuno «manejar el dinero público como si fuera el de una empresa privada». Entre los teóricos ebrios de abstracciones y sueños, a un extremo, y los pragmáticos pasados de vueltas contables, al otro, hemos ido viviendo la vida política de las últimas décadas zarandeados del regaño a la exacción y de la condena a la burla. En la actualidad estamos jodidos, desde aquel «el pueblo se ha equivocado», que hoy los herederos del que lo pronunció intentan tapar publicitando, nerviosos, frases parecidas y más recientes dichas por sus rivales, hasta esas risas de los dos prohombres, arquetipos de niños peras idiotas de los años cincuenta pero muy empingorotados jefazos de empresas energéticas de los años dos mil veintipico, risas y calificativo, precisamente, de «idiotas» que arrojaron en público contra los consumidores que no sabían entender esas letras pequeñas de sus contratos (es que los presidentes, o gerentes, o CEOs de las empresas eléctricas hacen política, lo quieran ellos o no).
El idioma español está repleto de proverbios y guasas y referencias a este asuntillo, y desde hace siglos, y se diría que a pesar de ello el gremio administrativo no aprende. Todos esos dichos de la colección de «A Dios rogando y con el mazo dando» separan muy bien las cosas, y salen de haber observado muy bien que, como no haya remangue, y remangue adecuado, la cosa no va a salir adelante por muchos latines que eches: a Dios, o al materialismo dialéctico, o al secretario general de lo que sea.
Pero mucho menos va a salir nada adelante si esos latines se los echas a cosas tan grumosas y viscosas como tu naturaleza, digamos. Hubo un tiempo, no muy lejano, en que había rechifla entre los mismos madridistas, por ejemplo, porque algunas promociones posteriores a la Quinta del Buitre empezaron a comportarse como si sólo con vestir la camiseta blanca del Real Madrid ya iban a ser todo victorias y glorias aunque no entrenaran ni se aplicaran; los batacazos se sucedían sin interrupción, por supuesto. En el tiempo siguiente pasó algo parecido, o incluso más intenso, con los culés. Esto fue menos risible, porque desde su propio primer remitente ya era todo más serio: cuando un penalti pitado en tu contra se publicita durante los días siguientes como una agresión a tu pueblo, a tu región, a tu etnia, a tu raza, ¡a tu nación!, nada menos, es que estamos entrando en territorios algo así como etílicos. Porque, llegando al día de hoy, muy pocas cosas de esa cualidad se explican sin recurrir al etanol, en efecto. ¿Por qué otra causa, si no es por estar colocado, iba a decir alguien que su pueblo es superior a cualquier otro?
Se están oyendo cosas en el mundo de la política que no se sabe si se extienden inmediatamente como infecciones a la población en general, o viceversa, si es que la política las ha tomado de las distorsiones y de la ignorancia más gruesas y degeneradas de lo que hay por ahí, justo el lugar al que nunca debería acudir. Son frases, lemas y parrafadas propias de alunados, que obligan a hacer un esfuerzo agotador para no concluir de su uso que estamos cayendo por una pendiente tanto ideológica como pragmática que nos lleva a un vertedero histórico. ¿Alguno se cree de verdad que por tener ocho apellidos de donde sea va a ser mejor que el que tiene sólo siete o ninguno? Lo que parece claro es que sí se creen muchos, en todo caso, que son legítimas las discriminaciones legales, jurídicas y políticas por razón del origen. A lo mejor no hace falta insistir en lo que todos estamos viviendo. Pero es que nada lo corrige, y eso a lo mejor quiere decir que sí hace falta insistir.
En cualquier caso, tenemos que celebrar que se trata de uno de los pocos fenómenos de los que podemos conocer con toda precisión cómo fue profetizado. En la película Los que tocan el piano, de 1968, el Tizona, interpretado por Manolo Gómez Bur, vuelve del extranjero hecho un hombre de mundo y con mucho aprendizaje de las técnicas más avanzadas y europeas para el robo, el timo y la estafa. El Cocosabio, interpretado por Tony Leblanc, atiende admirado aunque un pelín celoso. El Tizona afirma rotundo que todos tienen que aprender artes marciales.
– A ver, ¿tú sabes kárate? -pregunta, sobrado, el Tizona.
– No; pero sé algo de vasco -responde, reequilibrando, el Cocosabio.
Y con eso ya parece que hay suficiente para ser parte importante de la banda de atracadores. ¿Le suena a alguien de algo? Porque aquello, presentado en una comedia al límite de la sátira, ha resultado ser casi clavado a lo que se exige hoy para ser ministro de esto, consejero de aquello, honorable presidente de nosedónde o, por encima de todo, impune malversador. Saber vasco. O saber catalán, claro. (Habrá que investigar por qué no tanto gallego.) Ya puedes saber todo el kárate que quieras, es decir, medicina o ingeniería o historia o agricultura, que va a dar igual. La respuesta del Cocosabio es la que te va a llevar a ser miembro con todos los honores de la banda de estafadores. Si quieres impunidad penal o ministerios, ya sabes: a una ikastola o a una escola.
Profético, ya digo. Pero no sólo del privilegio de las lenguas «vernáculas» porque, llegados a este punto de la memoria, se nos despiertan mil recuerdos de ocasiones políticas, o simplemente profesionales pero regidas por la política, en las que no ha importado qué sucediera de verdad, qué se conociera de verdad, que se hiciera en realidad, sino, solamente, qué palabrejas se emplearan para vender la inacción, la torpeza, la metedura de pata o la traición.
Como este suceso sigue en curso, continuaremos sobre ello.
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