Ultraliberales en Argentina y en Cataluña, responded: ¿Amnistía para Shakira?

Ha sucedido hace pocos días y, como era de esperar, no se ha subrayado lo que merece: se habían reunido unas gentes en una especie de mitin allá por Ámsterdam contra el calentamiento del Polo Norte. De pronto, sube al escenario y coge el micrófono esa Greta Thunberg y comienza a tirarse un rollo de alucine sobre la maldad de Israel y la injusticia de la que es objeto el pueblo palestino. En estas, con la tía ya empezando la velocidad de crucero, un fulano delgaducho y vestido de verde se sube al escenario por un lado y se acerca hasta Thunberg, intenta cogerle el micrófono que esta llevaba en la mano, y acierta a decir a toda prisa: «Yo es que he venido aquí para hablar de los problemas del clima, no de política». Las imágenes que ha pasado la televisión concluyen poco después pero da tiempo a ver cómo cuatro o cinco de los que hay por ese escenario se arrojan sobre el tío de verde para acallarlo o neutralizarlo o como se diga en la jerga (en esa, quizá digan «reciclarlo»). Está bien la cosa, tiene miga y mucha historia de la que venimos hablando desde los setenta: que a lo mejor habría que separar el culo y las témporas. Que por qué eran capitalistas y fascistas las centrales nucleares de occidente, o más concretamente del lado de acá del telón de acero, y no te digo ya los misiles, pero las centrales nucleares de Alemania del Este, de Polonia, de la URSS y todas las demás del lado de allá eran progresistas, y no te digo ya sus misiles. Para los más jóvenes de mis entre 170.000 y 1 millón de lectores, aclararé que no fue ni un agujero en la capa de ozono, ni el brécol fibonacci, ni los océanos índicos de plásticos lo que inventó, discurrió, desarrolló y lanzó al estrellato internacional esa cosa llamada «ecologismo político», sino concretamente esa de las centrales nucleares buenas y las centrales nucleares malas (y los misiles ya no te digo). La respuesta malvada de los malvados israelíes tiene también sus cosquillas: «Bonita, es que los misiles que lanza Hamás no están hechos con materiales sostenibles». Eso parece de Faemino y Cansado.

Así que la pretensión esa de los que estudiaban de verdad ciencias de separar el voto en unas elecciones municipales de las paridas o chorradas o verdades o evidencias que uno pudiera albergar o creer o decir acerca de la vida media del plutonio, fue una necesidad desde el primer momento, pero también, como se ve con el paso del tiempo, fue una empresa inútil. Porque no existe ecologismo separado de las huellas que el fórceps dejó en su parto, al parecer. Seguimos pensando que podría, y que el plutonio no tiene una vida media más corta o más confortable bajo gobiernos progresistas que bajo gobiernos fascistas. Pero no terminamos de encontrar la fórmula que consiga reunir al personal bajo la llamada de la simple y elemental cultura científica y del sentido común. Hay extremos, como hablar del derretimiento de los hielos de Groenlandia y liarse una manta colección Rodríguez Pam a la cabeza y sacar de ahí no sé qué de la santidad de Hamás. Si yo fuera sueco me cuidaría de decir nada chungo de «los judíos» durante varias generaciones, porque quizá hay gentes por ahí que saben de la historia de Suecia y de la II Guerra Mundial.

Por seguir con ese mismo argumento, no deja de ser chocante «en la historia planetaria de la humanidad», como dice el alcalde de Vigo a propósito de su árbol de Navidad, que las muchedumbres compuestas por entre 170.000 y 1 millón de personas (ahora no sé si muchedumbres en sentido spinoziano o no, veréis a continuación) gritaran anteayer por las calles «Estado de Derecho» e «Igualdad ante la ley». En esta temporada que estamos pasando, eso suena parecido a que estuviéramos hablando de que una turba de decenas de miles de sans-coulottes hubieran recorrido las calles quemando papeleras y arbustos al grito de «Antes un watteau que mil zurbaranes» (o viceversa), o quizá hoy los homo ergaster (quedan pocos, por así decirlo) «Maria Joao Pires acelera demasiado el andante del nocturno número 2 de Chopin» o así. Digo, suena a eso desde un punto de vista como el oficial, que debemos suponer que es el expresado por el flamante aunque ya veterano presidente de gobierno español y sobre todo de sus portavoces que le hacen de fondo de banjos, guitarra acústica, bajo ácido y bombo en esa especie de ganstagrass que se está marcando en su gira presidencial. Este punto de vista, expresado casi como único posible, es que todo el que no se manifiesta a favor de ese flamante presidente  es simplemente un fascista. Pero da la impresión de que ha debido de pasar algo en algún laboratorio de análisis del Pabellón de Semillas o de por ahí, porque, como os habréis dado cuenta, últimamente se oye poco a poco algo menos esto de fascista y está siendo sustituido como quien no quiere la cosa por ultraderechista. Bueno, hasta el punto de que un exvicepresidente de gobierno, que dejó de serlo «por aburrimiento» según él mismo dijo, ha decidido que el nuevo gobierno es, directamente, de centro-derecha.

Como se ve, vamos llegando a la cuestión.

Si el gobierno de Pedro Sánchez es de centro-derecha, se entiende cómo eso reordena las posiciones digamos quirales del resto del espectro político. ¿Es que ese vicepresidente quiere que le consideremos y consideremos a su morado grupo como un grupo de izquierda simplex? ¿Es que se ha leído esas cosas de 1917 y ss., y le ha dado una vez más (una vez más, otra vez, y otra) la envidia épica, y quiere probar la experiencia de depurar (hoy se dice cancelar) a alguien con la acusación de ser de extrema izquierda? A  los jóvenes recién iniciados en los misterios de la izquierda siempre les llama mucho la atención que desde Lenin en adelante, y con ese clímax del mismo Stalin, hubiera tantas acusaciones de «extremo izquierdista» hacia los rivales cuya aniquilación se deseaba (que en realidad empezó en la I Internacional, pero esta ya no se estudia). Ah, no amiguitos: aquí Izquierda va a ser lo que yo diga que sea, ni más (extrema izquierda) ni menos (derecha). Y ahora, con esa gracieta sobre Pedro Sánchez, parece que su exvicepresidente anda buscando atribuirse él a sí mismo la condición de izquierdista, simplemente izquierdista, y así, entre otras cosas, poder jugar a acusar a otros de «extrema izquierda», a ver qué tal sienta. O a lo mejor es una lección más de las que continuamente imparte: «a ver, pasmaos («a ver, la de las perlitas», como llamaba a una de sus alumnas en la facultad, con visible burla; «a ver, la de las pieles», dijo para conceder la palabra en su primera rueda de prensa en el Congreso a la corresponsal de TVE), que hay mucha más izquierda de la que os creéis, que no sabéis nada, que si os pensabais que yo era el diablo ahora os vais a llevar un corte, que mirad los extremos de los que os estoy salvando», o algo por el estilo.

Si es que todo nos lleva a lo que nos lleva, si es que no se puede oponer uno al avance del tiempo, o a la corriente del río: ¿qué es hoy, por fin, esa izquierda que fue?

Porque si es contra esa izquierda contra la que se grita en las calles pidiendo Estado de Derecho  e Igualdad de todos los ciudadanos ante la ley, la verdad es que empezamos desconcertados.

¿O es izquierda, quizá, aquello que mezcla la retirada de los glaciares con el sometimiento al velo islámico de la mujer bajo el chiísmo armado y apenas encubierto de Hamas?

Quizá es Izquierda el grupo de compañeros aspirantes a cargos públicos que estudian y aprueban la asignatura llamada «Cómo Escurrir el Bulto Ante los Problemas de Gestión de una Sanidad Sobresaturada» y, aparte, ha hecho la FP «Atribución a la Extrema Derecha de Todos los Males de la Sanidad Pública».

Más probablemente es Izquierda el grupo de personas que acabaron agotadas por completo después de conseguir una enseñanza pública gratuita y universal, y por eso se desentendió absolutamente de que, una vez conseguida, esa enseñanza fuera en efecto enseñanza y, en su cansancio, entregó esa gestión a los meapilas, a las poetisas y a los enemigos del conocimiento en general, que destacaron de entre ellos a los más afectados por sus malas experiencias infantiles como escolares, que pasaron a vengar con la destrucción del sistema.

No sé hasta cuándo podríamos seguir así: ¿es que no fue la Izquierda de antaño la que, apreteu apreteu, consiguió estos progresos? ¡Eso sí que era progresismo, y no el invento de una comisión de diputados que supervise las sentencias judiciales! De no haber enseñanza para todos a haberla; de no haber sanidad para todos a haberla; autovías por miles de kilómetros pagadas por todos y de uso libre; fuerzas del orden protegiendo la libertad de los ciudadanos, no vigilándolos. Se podría uno aventurar a pensar, e incluso a decir, que eso sí que era progresismo.

¿Por qué, una vez conseguidas las primeras construcciones de ese camino, la izquierda lo ha abandonado?

Se diría que no es capaz de prolongar su programa de creación en un buen programa de gestión de lo creado. No se le ocurre qué más hacer, en una versión no del todo disney de lo que se podría denominar Morir de Éxito: cuéntales a los de hace 150 años que hoy tenemos las vacunas gratuitas que tenemos, o los trasplantes gratuitos de válvulas cardiacas y de todo lo que quieras, y verás los gorrazos que te dan, convencidos de que les estás engañando. Así que como nos habíamos quedado enganchados de ese «escuela para todos», ahora que la tenemos no sabemos qué más decir y por qué más luchar, y por eso caemos en las nasas langosteras de los sinvergüenzas apandadores extractivos del Penedés, que nos sacan, como si fuera la prolongación de aquellas mejoras de izquierda, que perdonemos el robo y el desvío de capitales y el bolsillazo pero a los políticos, ¿eh, Enric? Sólo a los políticos, ¿eh? O va, también a los que nos ayudan, sea desde los teatres, desde las escolas, desde el balompié mismo, oye, va, que así se ha hecho mucha Cataluña, no me digas que no, y oye, desde la cançó, ¿y por qué no?, que la dona d’un catalá también hace Catalunya, ¿o qué?, y más si era defensa del Barça. Ultraliberal, como ese Milei, escucha, pero haciendo Catalunya, ¿que no?

Es que parece que ahora la izquierda ya es o eso o insistir en el veganismo. Así que no sé yo.

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