El mundo de mañana

Nos dice Stefan Zweig: «He aquí, pues, lo que diferenciaba, para bien, la Primera Guerra Mundial de la Segunda: la palabra todavía tenía autoridad entonces. Todavía no la había echado a perder la mentira organizada, la «propaganda», la gente todavía hacía caso de la palabra escrita, la esperaba. (…) Y es que la conciencia moral del mundo todavía no estaba tan agotada ni desalentada como lo está hoy, aún reaccionaba con vehemencia, con la fuerza de una convicción secular, ante cualquier mentira manifiesta, ante toda violación del derecho internacional y de los derechos humanos.» (El mundo de ayer, pág.307 de la edición de El Acantilado.)

Los que tenemos cierta edad debemos tener mucho cuidado para no alimentar nostalgias. También mucho cuidado con no repetir lo que hicieron con nosotros: los chicos de la Transición tuvimos enfrente a toda una generación que no quería que nada cambiase por respeto a su pasado. Hoy nos podemos ver en algo parecido. Aquellos nos sacaban la batalla del Jarama, la toma de Nules o los bombardeos sobre Madrid. ¿Y ahora queréis democracia? ¿Y para qué he hecho yo una guerra? Puede que a nosotros nos dé por sacar las tundas que dieron los grises, o las bofetadas posteriores de los de paisano especialistas en estudiantes, o aquellos primeros profesores de mediados de los setenta a los que todavía tenías que aguantarles soberbias y rosarios y con las faldas así de cortas no me vengan a clase. No debemos. No tenemos que repetir aquello. Nosotros queremos el Estado de Derecho, el imperio de la Ley, el principio de legalidad y la seguridad jurídica no porque hace cincuenta años nos partieran la cara por pedirlo, sino porque nuestros hijos y nietos tienen que vivirlos en el futuro.

No es que nos zurraran exactamente por pedir nosotros que en el futuro, que es hoy, se siguiera cumpliendo la palabra dada, pero ¿no es algo implícito, por lo menos en las convicciones políticas de los partidarios de la democracia y la honestidad? Se han empezado a oír estos días conatos de argumentos de aquel estilo setentero: no a la amnistía de los que ya han prometido que «lo volverán a hacer» porque si se hace añicos de ese modo el principio de legalidad, ¿por qué nos echamos a gritar ante los grises? Pero eso no es un argumento válido. Siempre podrían decirnos: no os lo pedimos. Desde luego que la igualdad de todos los españoles ante la ley estaba también incluida en toda aquella lucha, y parecía ganada, y de pronto si eres político y catalán puedes cometer fechorías que si cometes siendo cualquier otra cosa menos catalán y político te costará cárcel, mucha cárcel. Pero ¿cómo que estaba implícita? ¿Y qué? Cuando uno gobierna, si tiene que cambiar de opinión, se cambia, dijo hace unos días el primer agente del actual destrozo palurdo, que comenzó hace 19 años.  Así que los implícitos te los puedes meter donde te quepan, oiremos.

No, la clave es el futuro. Nada de llorar. Da la impresión de que esas palabras de Zweig se refieren a nosotros, porque desde luego que hay una sensación muy intensa de conciencia moral agotada y desalentada. Pero hay que ser firmes en esto: no hay que argüir cuánto costó traer y sostener lo que hemos vivido estos cuarenta años, como si eso explicara por qué hay que procurar su prolongación. Del agotamiento y del desaliento hemos llegado a una vuelta de tuerca más (siempre hay una más), cuando los que han tomado los controles han sido las encarnaciones de esos niños de 1984, esos hijos que denuncian a sus padres sólo por un mohín, esos jóvenes guardias rojos que desde su adolescencia apenas comenzada se han puesto a apalear ancianos y a convertir sus adolescentes sentimientos en leyes. Y ahora, además, a cambiar las leyes para ser impunes.

El desaliento y el agotamiento llevaron a Zweig y a su mujer a suicidarse en Brasil cuando conocieron que los japoneses habían conquistado las Filipinas: esto ya no hay quien lo remedie, se dijeron. Y estaban a poco de que las tornas se volvieran y empezaran las victorias en Stalingrado, por un lado, y en Midway, por otro. Pero no es que se apresuraran inoportunamente: es que ya habían vivido demasiadas veces el combate contra la que él mismo entrecomilla como «propaganda», sustitutiva de la palabra. Recuerda Zweig en líneas cercanas a estas el efecto que tenía, treinta años atrás, la publicación de un buen artículo de un famoso escritor, o una conferencia leída en la fecha oportuna. Las gentes hablaban de ello días y días y se modificaban cosas y hasta dimitían algunos. Localiza Zweig con mucha precisión en Hitler y en su uso desenvuelto de la mentira el fin de aquel mundo y el comienzo de ese del que poco después se despediría, porque las personas de palabra no saben vivir en un mundo en el que la palabra dada no vale, igual que un jugador de fútbol no puede seguir jugando cuando de pronto se permiten las patadas y los derribos: porque eso no es fútbol.

Al principio parece que es un mundo nuevo, el mundo que desde hace unos años algunos llaman «de la postverdad» y de los «hechos alternativos». Pero esas fórmulas no designan en realidad nada y son, por decirlo del modo más técnico posible, una mierda. Se trata de simples bromas de matón, como cuando llaman «caricia» a un puñetazo, o «beso» a un mordisco o «tropezón» a una zancadilla. No hay tal mundo nuevo, como todos podemos comprobar cuando hablamos con las personas normales que nos rodean. Entiendan los académicos tiquismiquis que no es momento ahora para ponerse finolis y suspicaz con eso de «normales», porque los problemas son otros y gordos, y vamos a dejarnos de exquisiteces cursis, que son en realidad las que nos han traído hasta aquí. Normales son esos amigos con los que has quedado para cenar y se presentan. Son esos compañeros de trabajo que te esperan con el ascensor abierto y no se escapan haciéndote peinetas y te dejan para que subas por la escalera. Normales son los tenderos del barrio, que cuando dicen que van a buscar por el fondo las avellanas que le has pedido, vuelven a los pocos segundos con avellanas. Sí, hay que ser tan elemental y tan doméstico y tan poco «académico» cuando lo que se tiene enfrente es una legión de gentes hasta ayer mismo alfabetizadas y de conversación convencionalmente  suficiente, con las que hoy, de pronto, lo que sucede es que tú dices, por ejemplo:

                – No estoy de acuerdo con una autoamnistía de los políticos y menos todavía para delitos como la malversación.

                Y ellos te responden, pisándote el diálogo y sin dejarte acabar:

                – Pues la constitución lo permite, y además Aznar ya hizo amnistías y las han hecho casi todos.

Dando muestra indiscutible de la pérdida de su riego cerebral, de desprecio completo por el rigor dialéctico y del abandono de su dignidad personal.

¿Súbitamente la mitad de la población se ha vuelto infantil, ñoña y avariciosa de modales golosos? ¿Tantos tienen prometido un cargo en el Nuevo Régimen? Imposible. Sucede que alguien ha sabido apelar a otros mecanismos, individuales o colectivos, y la «propaganda» ha funcionado.

Huygens nos enseñó que todo punto de un campo de ondas se convierte a su vez en emisor de esas ondas; y la mitad de las personas a las que esa «propaganda» ha sofocado se ha convertido, a su vez, en propagandista sofocante. Una cierta sujeta conocida que, hasta el momento de escribir esto, no está incluida entre las amnistiables porque está sentenciada en firme por corrupción (pero no es descartable que en próximas horas se incluya en el olvido jurídico), fue en su día, no hace tantos años, target de esa propaganda. Evitemos suponer los procesos cerebrales que se le desencadenaron por esa causa. Su función, como punto de ese campo de ondas, a partir de entonces fue creciendo en intensidad, y ha culminado, por fin, cuando hace unos días ha pronunciado en público, feliz: «Hemos conseguido que lo que era un conflicto entre catalanes haya pasado a ser un conflicto entre españoles». ¿Cómo puede felicitarse alguien de eso o de cualquier otra cosa parecida? ¿Es que es tan potente el deterioro que afecta incluso a su autopercepción? Desde luego que sí. Muy pocas cosas de las que están ocurriendo se darían si sus protagonistas fueran capaces de alejarse un poco de sí mismos y observarse y ver el ridículo de paletos que están haciendo.

Pero nadie conoce una medicina que lo arregle.

Zweig nos dice, al final de su llibro: «Aquello que yo temía más que a la propia muerte, la guerra de todos contra todos, se había desencadenado por segunda vez. Y quien había luchado con pasión durante toda su vida por la solidaridad humana y por la unión de los espíritus, se sentía en aquellos momentos -que exigían como nunca una comunión absoluta- inútil y solo como en ninguna otra época anterior a causa de esa brusca segregación.»

¿Estamos solos cada uno de los que no estamos de acuerdo, que somos como mínimo la mitad de los españoles, con que disuelvan de este modo el Estado de Derecho y cancelen la igualdad de todos los ciudadanos ante la ley?

Hay momentos en que parece que este episodio se dejará atrás, y pronto será recordado como algo pasado y concluido y reparado, cada día más lejos, y quizá con carácter de vacuna. Aunque siempre quedará una cicatriz que nos impedirá descansar del todo: cómo tantas gentes hasta ese momento lúcidas aceptaron renunciar a sus principios, a sus sobreentendidos e incluso a sus relaciones personales a causa de la seducción de un carisma político. Y esos seguirán alrededor de nosotros y sobre todo de nuestros hijos y nuestros nietos cuando todo haya pasado, y nos será imposible no pedirles explicación.

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