Esto está algo dislocado. Los más radicales indepes catalanes rechazan la amnistía, sí, la rechazan, porque afirman que, aceptándola, el independentismo entraría en «las dinámicas estatales de España» (más o menos textualmente, oído ayer 9 de noviembre); por supuesto, los radicales de derecha española (los de la derecha catalana están a favor, claro, pero ocultando que son derecha) la rechazan también. Lo que pasa es que las similitudes acaban aquí. Los indepes se ponen exquisitos acudiendo a principios inalterables algo así como metafísicos, que recuerdan mucho a esos principios eternos del autodenominado régimen del 18 de julio, para condenar la actuación de los antidisturbios contra los bestias que quemaron calles de Barcelona allá por el 17-O; pero ahora, pocos años después, se regodean contemplando cómo en algunas calles de Madrid los contrarios a la amnistía esa dan y reciben cera más o menos similar. Es verdad que en aquel entonces catalán se prohibió usar gases lacrimógenos, y en Madrid se están usando con generosidad las dos o tres noches anteriores a la escritura de estas líneas: vaya usted a saber por qué esa diferencia.
Claro que, para diferencia, la de tratamiento periodístico televisivo. Ese o esa pobre de las mesas cotorreantes que cometa la osadía de intentar decir que no todos los que están en contra de esa amnistía son forzosamente de ultraderecha son inmediatamente acallados por un griterío junglaresco (oh, corrector: con ene, sí) digno de las películas amazónicas de los años 50.
Que haya ultraderecha entre los opuestos a la amnistía no se puede poner en duda.
Que hay muchos no de ultraderecha entre los opuestos a la amnistía tampoco se puede poner en duda. Ah: y que hay muchos de izquierda que son opuestos a la amnistía tampoco se puede dudar.
Pero es que tampoco se puede dudar que hay mucha, mucha ultraderecha entre los favorables a la amnistía: o cómo hay que considerar, en ese eje izquierda-derecha, al carlismo regionalista clericófilo.
Qué follón.
Lo bonito de esto es que son cosas ya previstas por Spinoza. En realidad, previamente fueron mencionadas, pero con un tono algo rechazable, desde luego por el mismo Platón. No vamos a aplicar a este esa cosa del juicio moral retrospectivo y cambiado de época, claro, y acabar derribando sus estatuas (si las hubiere) por blanco, cis-sexual y todo eso por lo que hoy se derriban estatuas. Por cierto, la de Rafael Casanova no sólo no se derriba, sino que es regularmente glorificada con emplastos de flores, pero no nos desviemos. Ah, que no es exactamente desviarse, me dicen las teclas, en sorprendente ejercicio no de metaliteratura sino de metatecleo. Spinoza, como decimos, tiene muy narrado (y algunos de sus cercanos también, por ejemplo nada menos que Leibniz) su contemplación y su horror y su espanto de las muchedumbres desatadas cuando se forzó cierto follón de cambio de gobernantes en La Haya, donde vivía. En realidad, contempló escondido y desde la oscuridad cómo decapitaban y luego hacían fingers o nuggets de los cuerpos de sus amigos, el exprimer ministro De Witt y el hermano de este. Los iban a ahorcar, pero los maltrataron de tal modo antes de llegar al cadalso que no pudieron colgar nada, cómo te quedas. Spinoza era canijete y tranquilote y más listo que el hambre, y no exactamente cobardón, porque lo que hizo con su intelecto sólo lo puede hacer un auténtico héroe de valor y arrojo, pero en lo físico no andaba el hombre sobrado. Y además era, con anterioridad a todo eso, muy partidario del llevarse bien, del discutir las cosas, del encontrar territorios de colaboración. No obstante lo cual hay investigadores que tienen casi a punto la afirmación de que ejerció de espía en el París de Luis XIV para los holandeses, aunque creo que alguno hay por ahí que dice que al revés, de espía en La Haya para París. Ni quito ni pongo, pero estoy pendiente, porque ahí hay culebrón. Lo importante es que, por su cuenta y riesgo y como sacándoselo de su propio coleto intelectual, como todo lo que hizo, Spinoza teorizó como nadie en contra de la oclocracia. Conoció tan de primera mano como decimos, y muerto de miedo durante toda una noche pensando que el siguiente sería él, cómo las más racionales propuestas de organización política pueden transformarse, en manos de «colectivos», o sea en molleras grupales, en simples empujones para liarse a bofetadas, y hasta a porrazos, y a lanzamientos de vallas, y a destrozos de mobiliario urbano en general, y todo como camino hacia un clímax de torturas, homicidios y mutilaciones. Y ya para siempre sintió que eso de las muchedumbres no funciona.
Entendámonos: a los profesores progres de filosofía, esto de que a Spinoza no le gustaban «las muchedumbres» pues les gusta igual de poco, y suelen comunicarlo como el pero que hay que ponerle a ese encantador aunque durísimo filósofo del que todos después de él han sacado cosas sin decirlo, como ya sabemos. No: las «muchedumbres» tienen que gustarte si eres progresista, salvo que sean «muchedumbres» de «ultraderecha», que son todas las que no dicen que eres bueno tú, que eres progresista. Ya, sí: esto es como si un lenguado llevara la caña con la que se pesca a sí mismo. Y cómo no vas a querer ser progresista , si ser progresista es eso (y no meterse en los líos en que consiste ser progresista de verdad). Hasta tal punto esto es un elemento convencional, «un clásico», como se dice desde la generación milenial, que se habla de «muchedumbre en sentido spinoziano» (o sea tirando a peyorativo) o «muchedumbre no en sentido spinoziano» (o sea esa feliz grey que canta La internacional por los campos emilianos de Novecento) cuando se quiere utilizar esa palabra por la causa que sea pero que no le tomen a uno por lo que no se le debe tomar.
Se nos impone, llegados a este punto, que el siguiente que siguió a Spinoza en tratar los males de la oclocracia fue, cómo no, si es que ya es de risa, Schopenhauer. Ya estaba tardando en aparecer aquí. Pero, por lo menos hoy, no nos vamos a liar con este, que es suficiente con el sefardí-holandés.
Así que eso: todos esos profesores que instan o invitan a apreciar a las muchedumbres, ¿qué dicen ahora, cuando estas muchedumbres más o menos entusiastas cantan el Cara al Sol inútil, inoportuna e improcedentemente para expresar su rechazo a este ataque al Estado de Derecho? ¿Ahora también es buena la muchedumbre? Porque cuando lo era… lo era por «principios eternos». ¿Ya no son eternos? ¿Son eternos cuando son CDRs pero son contingentes y prescindibles cuando…? ¿Cuando qué? ¿Cuando son de ultraderecha? ¿O también cuando, aunque no sean de ultraderecha, exclaman críticas incómodas? ¿Por qué hoy y aquí hay tantos que, sin ser los criticados en estas manifestaciones, proclaman que todos los que se manifiestan son ultraderechistas o, en el mejor de los casos, despreciables?
La verdad es que no se me ocurre noción más reaccionaria que confiar en la oclocracia: no suele ser más que pura demagogia de cobertura, y se usa sólo para hacer que esas «muchedumbres» sean las responsables de las decisiones que uno querría tomar pero no se atreve, por si luego sale la cosa mal. Hay que sospechar en cuanto un «asalariado público» (vicepresidente dixit) dice eso de «vamos a convocar un proceso de debate y de reflexión colectiva…» La reflexión, diga lo que diga quien lo diga, es forzosamente individual y como mucho, como mucho, se puede luego expresar pero muy medidamente a quien ha realizado un proceso similar; nunca se ha conocido que se haya dado en efecto ese camelo de «reflexión colectiva» que algunos apoyan (para apoyar que no se reflexione, concretamente). Oye, como aquellos trabajos del cole «en grupo» que en realidad eran para que uno solo de los cuatro o cinco hiciera el trabajo entero pero los demás se llevaran la nota.
Mucho, mucho de lo que está ahora mismo desequilibrando la vida política española se debe a que los cínicos, los hipócritas de los fugaces principios eternos a un lado y a otro, han puesto a la carne de cañón multitudinaria a ladrar, y a tirar adoquines, y a prender fuego a contenedores. Eso son perros de la guerra sin correa, ¿es que alguien no lo ve?
Y eso, para que luego digan, sucede por no haber reflexionado lo suficiente sobre las observaciones del pobre Spinoza.
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