Españoles Anónimos

– Hola. Me llamo Gundemaro. Y soy español.

– ¡Hola, Gundemaro! ¡Benvenido, Gundemaro!

– Me está costando mucho, pero no pienso en cosas catalanas desde hace… unas dos horas.

– ¡Enhorabuena Gundemaro! ¡Nos alegramos mucho! ¡Vamos, Gundemaro!

Y tendremos que contar que la conversacioncita envenenada esa sigue interrumpiéndolo todo. Tendríamos que decir que no merece mayor atención, y que mejor que fuéramos cada uno a nuestros asuntos, pero es imposible no mencionar por lo menos alguna cosilla de esas que nos tienen maldistraídos e incordiados. Por ejemplo, no se entiende muy bien eso de que si eres cargo o carguito autonómico divino puedas desviar capitales a fines propios y luego te pongas a lloriquear y consigas que eso deje de ser delito para ti pero no para los demás. La verdad es que muchos piensan que los alrededor de 700 carguitos y cargazos autonómicos no catalanes, incluidos expresidentes, que andan por las cárceles del país, deberían salir todos a la calle de golpe y en el mismo minuto  en que se firmara la amnistía para sus homólogos catalanes. Si llaman a los presos catalanes por malversación de fondos «presos políticos», ¿por qué no son «presos políticos» Ignacio González, Griñán y todos los demás? Luego andan los de la Sincronizada sin parar de repetir que amnistías ya habido en la democracia española «sobre todo la de Aznar a los de Terra llure», como si fueran cosas parecidas olvidar y dejar atrás para siempre a un grupo terrorista ya disuelto en aquellos años, y pedir hoy perdón a unos catetos avariciosos, y envanecidos desde los halagos del 92, perdón al parecer necesario por haberlos juzgado con abogados y garantías por haber desviado ellos fondos públicos a mansalva, cosa que, encima, han proclamado sin parar que volverán a hacer. Será mejor ir dejando este veneno en su venenóforo, paso a paso, como vayamos pudiendo.

Esos de la Opinión Sincronizada la verdad es que recuerdan mucho a esos que los italianos del Renacimiento llamaban bisognosi d’honore, que era una cosa con la que solían referirse a los jóvenes que se pasaban con sus demostraciones de arrojo, osadía, extravagancia y a veces violencia: eso, que están necesitados de ser reconocidos, ansiosos por aquello que se llamó durante una época «marcar estilo». Desde luego, se ha creado todo un grupo para la historia, como la selección de Iniesta, Xabi Alonso y compañía, que se reunirán quizá cada año a cenar y recordar y reír: esos tertulianos de televisión que, muy jóvenes, cambian súbitamente el gesto y miran hacia abajo y un poco en diagonal y afirman con voz de fagot «Yo estuve ahí», diciendo que en esas jornadas de alrededor del 1-O la violencia la ejerció «el  Estado español» por medio de sus salvajes e inapropiadamente desmedidos antidisturbios. Hemos presenciado cómo alguno no de la Sincronizada intentaba introducir: pero los que quemaban media Barcelona y destrozaban jeeps de la Guardia Civil y tiraban cócteles molotov a personas eran los indepes, ¿no?, pero no le ha sido posible ni llegar a la mitad del párrafo en ningún caso.

Montaigne tiene bien reído en un ensayo titulado «La diversión» eso de crear sucesos diversivos: el ensayo no va de divertirse sino de confundir y desviar, claro. Es verdad que Montaigne tiene tratado casi todo lo tratable, y siempre como quien no quiere la cosa. Busco y busco pistas de que la erística de Schopenhauer pueda tener sus pies apoyados en estas cosas de Montaigne, pero no termino de encontrarlas. A Schopenhauer el que le gustaba era Calderón de la Barca, al que cita una y otra vez, y en español, en casi todas sus (pocas) obras. Es curioso cómo deja bien sentada la similitud entre esa vida que es sueño y los conceptos fundamentales del budismo que tanto estudió y tanto intentó difundir, pero lo curioso de verdad de verdad es que eso es algo que la estudiofilia española ignora por completo. Quiero decir: seguro que no somos los primeros en notarlo, pero el caso es que decirse por ahí no se dice (y en una facultad universitaria atrévete a empezar a mencionarlo).

A todo esto, las más recientes y extensas investigaciones están dejando claro que Schopenhauer no era esa especie de oscuro suicida que la publicidad clerical se ha empeñado en difundir. Muy al contrario. No sólo las gentes iban a la taberna donde él comía diariamente sólo para participar de sus, al parecer, tronchantes conversaciones, sino que apadrinó a huérfanos del vecindario pero de verdad, pagándoles escuelas y de todo. También, que es lo que nos toca en lo más íntimo, ese Schopenhauer que resultó ser el más enrevesado y racionalizante y cerebrálico de los investigadores del arte bélico de la discusión y sus trucos, en el más gordo enfrentamiento que tuvo (una vez muerto el matón desagradable de Hegel), que fue con su vecino de rellano parece que intransigente y protestón, lo tuvo resuelto desde cierto momento y para siempre no por medios precisamente verbales ni filosóficos ni argumenticios: admirador de Buda, como decimos, lo que colocó don Arthur en el hall de su vivienda fue un gran buda de latón dorado que arrojaba un cegador reflejo al vecino cada vez que este abría su puerta, de modo que este dejó todas las querellas clásicas y tópicas con las que un vecino amarga a otros, y pasó ya para siempre a quejarse sólo de ese reflejo. Es decir, una solución, digamos, poco teórica, poco argumental o algo así, y meramente práctica.

Es que se nos ha ocurrido que a lo mejor todo esto de los referéndums comarcales o regionales y todo eso de los botiflers y de 1714 y no digamos lo de Rodalíes y otras cosas son como ese reflejo de latón. Pero eso, como mínimo, nos ha dado la oportunidad de recuperar durante unos minutitos por lo menos algo de nuestra anterior vida, la que no sólo pensaba en el cegador reflejo catalán, sino en cosas de verdad.

Hay que recuperar la vida tras estos meses de basura política. Hay que combatir la basura, claro, tanto como cada uno quiera; no digo que haya que rendirse o entregar todo al pillo. Pero hay que recentrarse algo, porque están consiguiendo catalanizarnos a todos. Que, por cierto, ahora que caigo, es parecido a lo de esos plastas recién llegados a la juventud con los cuales, durante unos cuantos años (o a algunos se les queda para siempre), no puedes hablar de nada en absoluto, porque todo te lo desvían a la búsqueda del capitalista malo, de la opresión aviesa o de la explotación inmisericorde. «Yo, esto, en fin, te estaba preguntando que qué te pareció la serie Breaking Bad«, dices, dominado por los dioses de la idiotez. «Pues eso, ya te digo:», te responde el empecinado; «por un lado, sólo en el capitalismo se puede pensar en un argumento así; y, por otro lado, muestra a las claras que la actividad ilegal es una necesidad del oprimido de clase que no puede hacer otra cosa que…», se arranca el otro. Y de ese modo, sólo se habla de clases o de catalanías, de las que, por supuesto, como muy bien nos ilumina Xavi Hernández, «si nos sale mal, es injusto», y siempre la culpa es de otros: a ser posible, de los opresores «castellanos» o «de la Meseta» (Guardiola dixit). Sí, hay que hacer un esfuerzo por despegarse.

No olvidemos aquella broma, algo fácil y al parecer ya gastada cuando la metieron en El tercer hombre, de que los perfectos y democráticos suizos, en sus mil años de paz, sólo habían producido «el reloj de cuco». Quizá, bromas fáciles aparte, es verdad que se nos va a hacer añicos entre las manos el Estado de Derecho. A lo mejor, con todo roto, somos mejores. El imperio de la Ley lo mismo nos había ablandado, ¿no? El Estado de Derecho es que es muy malo para la creatividad, dirán algunos listos. Los de la generación de la transición nunca previmos que esto pudiera llegar a ser posible aquí.

Error nuestro.

Poco podemos hacer más de lo que estamos haciendo. Lo que no somos es jovencitos infatuados que piensan que con un fusil van a asaltar ni los cielos ni la colina de ahí enfrente ni el mugriento colmado chino de la esquina. Si ganan los malotes ladrones prevaricadores y malversadores, pues han ganado y con esas cartas tendremos que jugar. A lo mejor, con eso, no nos quedamos sólo en discurrir «relojes de cuco». Así que eso: a lo mejor también nos pasearemos de noche disfrazados de vendedores de globos, y así oteamos el panorama y preparamos respuestas; pero por encima de todo hay que empezar a pensar en otras cosas, en todo lo demás, desde ya mismo, porque pensar sólo en ellos es su primera victoria y nuestra primera derrota.

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