El periodismo militante, fin del espacio público

Hay más realidades que la realidad periodística. Esto debe de ser muy difícil de entender. Muchos no sólo no lo entienden, sino que combaten como fieras cuando lo oyen. Es verdad que no sólo pasa con el periodismo, sino con muchas otras materias. Pero por lo que respecta a esto, ya se sabe: son legión los que funcionan directamente sintiendo que si algo no sale en los periódicos no merece la pena; son más legión todavía los que no lo sienten pero lo creen, o se conducen como si lo creyeran.

Como ya he señalado, sucede con más asuntos. Por ejemplo, está claro que muchos no saben que hay más realidad que la de su región, que la de su comarca, que la de su localidad. Todavía más: hay más realidad que la catalana, cosa que muchos, muchísimos, no entienden ni por el forro. Pero hay molleras que están fabricadas así: lo mío, mi yo y mi demarcación son el mundo. Esto de la demarcación lo hemos desarrollado por ahí, desde la web filosofianoradical.com hasta el libro de próxima aparición El principio de tolerancia. Ya no se usa mucho esta noción, pero viene bien rescatarla, porque describe con sólo tres palabritas, demarcación del yo, lo que está pasando con las hipertrofias personales que, como con estiradores de miembros, están siendo llevadas más allá de lo que les es posible por las redes sociales: si alguien de Vanuatu te da un like a tus uñas, es que estás hecho un campeón, ¿no? Y no digamos si un granjero de las Malvinas o un salmonero de las Kuriles te da un pulgar para arriba a la independencia anticolonialista del Ampurdán. En ese caso, ya está todo decidido, y qué hace la ONU que no manda cascos azules a Fraga y a Benicarló. A lo que vamos: que hay más realidades que la de tu región o tu pueblo, por más que duela. Y así con más cosas.

Hay más cosas en el mundo que aquellas de las que hablan los periódicos. De hecho, hay muchas más. Si nos ponemos finolis, podríamos llegar a decir que los periodismos actuales, en sus diferentes ramas, no llegan a cubrir, qué sé yo, por no abusar, un 1% de la realidad. Las hemerotecas nos cuentan que hace mucho tiempo el periodismo no era así. Y que la realidad es que fue uno de los constructores de la política. Sí, cosas de viejos.

Y luego está lo de las simplificaciones y los esquemas. Hombre, decirle a un chaval de 8 años que la materia está compuesta por átomos, que son algo que ni se ve al microscopio, es suficiente y un buen comienzo. Pero ir con eso como toda información previa, tú, que eres un periodista que en la facultad se especializó en la Generación del 27 como casi todos, a entrevistar a Álvaro de Rújula, pues es un ful. Pero es lo que se hace. El próximo que me diga «me acaban de llegar informaciones fehacientes de que la teoría de la relatividad es errónea» hará el número 1.675. Y aquí es cuando nos invade la sensación de que esas cosillas de las redes sociales tienen algo que ver. Periodistas de aquellos de currárselo y sobre todo de no meterse en casa ajena si no entendías, ya sólo quedan lo que los vendedores de seguros de decesos llaman «nacidos antes de 1970», o sea Raúl del Pozo, los expulsados de El País y otros cuatro que andan por ahí escribiendo novelas. Ahora la mayoría (no hay más que echar un vistazo a las salas de redacción) carecen de pelo en absoluto en el lado derecho del cráneo, el mismo cráneo que en su lado izquierdo muestra triunfal un melenón de 80 centímetros que ondea al viento: eso, las tías. Los tíos, casi en su totalidad, llevan una especie de barbita se diría que avergonzada de serlo, recortadita sobre todo por el borde superior, en la mejilla, con un primor quizá de aplicación más apropiada en la decoración de miniaturas a la laca sobre una taza de porcelana china del XVIII. Es decir, no sólo son nacidos «después de 1970», sino casi todos después de 1990. Y eso marca. Que no son culpables, que son las víctimas.

Y cuesta mucho reconocer que se dedican al mismo oficio al que se dedicaba Manu Leguineche. Los de la edad de este militaban en cosas, ¡vaya si militaban! Pero cuando informaban del atraco a una tienda al lado de la iglesia de san Miguel de Palencia, informaban de eso: no de las insidias protoatracadoras del corrupto capital. Y si había un accidente con vuelco de coche en un bache de la bajada de la coruñesa Torre de Hércules, te enterabas de que eso era lo que había pasado, y no tanto, como hoy sí, de que eso no hubiera pasado, como la gente sabe, si Ayuso en Madrid no hubiera leído el pregón de las próximas fiestas de san Alguien.

Así que tenemos que esa cosa no muy definida todavía que venimos llamando la realidad periodística es para muchos, a pesar de su estrechez, la warheit y toda la warheit (es que hay palabras que tras tanto tueste tratadista sólo le salen a uno en alemán igual que vete a tomar por saco sólo le sale en español); tenemos también que, al parecer, las cosas han dejado de tener interés por lo que son in sich (ya estamos; habrá que hacer algo), sino por las implicaciones pro- o anti-Ayuso (pongamos: es que es una de las manías más extendidas esta temporada), incluido el estado de los atolones que rodean la isla de Diego García; que el personal no lee, porque sólo leen los de ese peculiar target de los seguristas y los tanatoristas que últimamente se anuncian tanto, y que resultan ser los que ya casi no importa que lean o dejen de leer porque tienen un pie más o menos encima de la tumba, o del crematorio o de lo que sea eso, porque a ver lo de las emisiones de CO2. Los pobres de las redacciones, salvo excepciones muy contadas y muy celebradas, son las víctimas egresadas de unos planes de estudios diseñados para laminar cualquier pretensión de comprensión amplia de los fenómenos humanos, pero, al mismo tiempo, han sido adoctrinados mucho más allá de lo que ya entonces parecía que lo iban a ser en una modalidad rara que podría llamarse sospecha española, que une dos cosas de cuya unión resulta una tercera muy chunga.

Y además están esos recogidos bajo la feliz expresión de no recuerdo quién, el Equipo de la Opinión Sincronizada. A estos no se sabe por qué les siguen invitando a los sofás o las mesas de las presuntas tertulias de la tele. Bastaría con que apareciera una lista de ellos escrita a un lado de la pantalla al empezar el programa, y ya nos podríamos imaginar lo que hubiéramos oído si llegan a estar de cuerpo presente. Porque sabemos más que de sobra lo que van a opinar de cada cosa, y más todavía si esa cosa tiene que ver con palabras u obras del gobierno. No vamos a entrar ahora en la trampa de cuántos de la Sincronizada son de un bando o de otro. Entre estos, a propósito, sí que hay algunos de los de «antes de 1970», y por cierto son los que más sarcastizan acerca de las intervenciones que muy de pascuas a ramos hacen algunas viejas glorias como Felipe González & Co, burlándose de lo que presentan como «ansias de aplausitos de los viejos». Algún sarcástico de estos resulta que es colega y publicista, por ejemplo, de aquel J.Sabina cantante, por ponernos ultrajóvenes; pero todo el mundo tiene derecho a hacer estas cosas. Y con todo lo anterior obtenemos el resultado que obtenemos.

Lo político y lo visible son casi sinónimos. Lo político va dejando de serlo cuando va sumergiéndose en las arenas movedizas como esos vaqueros de las películas; y cuando ya nada queda a la vista, ha dejado de ser político y ha pasado a ser policial, o confidencial, o vaya usted a saber, pero no político, no público. Nada muy de lo secreto sirve para crear espacio común de comportamiento; puede que sirva para protegerlo, pero entonces será tan político como pueda serlo una intervención de los bomberos, pongamos. Y resulta que con este nuevo periodismo, que no hay que confundir con aquel Nuevo Periodismo, claro, la realidad publicada no sólo no supera el 1% de la realidad, sino que además se presenta como si toda ella no fuera otra cosa que opinión (o repetición de consigna, que da igual).

¿Alguien podría hacer algo para arreglarlo, por favor?

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