Los laberintos de la solidaridad

La solidaridad es para la supervivencia o para la convivencia o para la vida democrática. Además, para espanto de ingenuos, la solidaridad debe ser condicionada, si se quiere con ella construir y mantener la sociedad democrática. Otra cosa es lo que cada cual quiera hacer con sus sentimientos y con su compasión; pero construir espacio público no es algo que se consiga dando limosna al necesitado que se cruza con uno por la acera.

Es fácil comprobarlo en cuanto se mira a la Historia, o se recuerda la propia época, o incluso cuando se está sofocado por las urgencias del minuto presente. Este minuto presente, ahora mismo, nos ahoga con esa especie de doble guerra que se está celebrando: la de los misiles y los muertos, por un lado, y la de los retóricos listillos, por otro lado, casi todos profesionales de la política, que ven una nueva oportunidad de consolidar su mecedora.

Además en pocas ocasiones como en la actual (y con esto queremos decir que se ha dado una situación similar cada vez que ha habido ocasiones parecidas a la actual en el pasado) salen a la luz los prejuicios, o a veces ni siquiera prejuicios sino automatismos acríticos de secta, que algunos pronuncian y proponen sin saber en absoluto su verdadero significado y procedencia. Pero la congruencia o la consistencia de cada uno será cosa de cada uno, y no vamos a interesarnos (de momento) por ello. Lo más preocupante es que esos tres horizontes de la solidaridad que mencionamos arriba rara vez se dan aislados y puros, sino que habitualmente llevan unos, en la praxis, componentes de otro o de los otros. Y lo que está fallando en la actualidad, y de ahí tanta bronca y tanto odio, es la praxis de la solidaridad.

Lo que parece, de modo más general, es que nos importa poco cómo viva la población de Gaza entre guerra y guerra, mientras viva. Si vive bajo la bota de unos dictadores autocalificados de «musulmanes», con estrictas e irracionales normas morales y de gobierno, eso como que nos da más igual: mientras vivan. Desde 2006 no se celebran elecciones en Gaza. Pero durante todos estos años, todas eso/as chiquilla/os con poder desmedido que se regodean en el uso del adjetivo «despiadado» para calificar a un industrial, o a un cineasta, o a un político, o a un país, no han dicho ni palabra sobre la vida de «entre guerras» de los palestinos y de sus jóvenes muchachas vendidas como esposas o simplemente regaladas. Esa vida tiranizada de esclavos de unas costumbres impuestas hace siglos le conviene a quienes financian sus partidos y sus movidas «culturales» de aquí y de ahora. No hay que ofender al que te paga, claro.

Hay que ser solidarios con quien sufre, por supuesto. Pero a lo mejor hay que serlo siempre. Cuando el que inflige el sufrimiento es mi amigo, entonces a qué viene hablar de solidaridad. Eso sí, si el que produce el sufrimiento es el enemigo de mi amigo, entonces hay que soltar los perros. Eso es desconocer todo acerca de casi todo, y por supuesto acerca de la política, y además acerca de los problemas de la solidaridad.

Las solidaridades casi siempre se superponen en cierta medida. La solidaridad para la convivencia, por ejemplo, no puede ejercerse con medidas solas y aisladas y, por así decirlo, «puras», porque siempre llevará consigo una cierta proporción de medidas propias de la solidaridad para la supervivencia. Y así todas las combinaciones. Pero reflexionar es que, oye, qué pereza, ¿no? De modo que en muchas ocasiones, en este sofocante presente, parece que todo lo que quieren los/as españolas/es más enfáticos contra la existencia del Estado de Israel es, simplemente, y solamente, que seamos solidarios con los palestinos que sufren esta guerra algo así como para que siga habiendo palestinos; nada más. ¡Qué iba a ser de los grupos armados y de los estados que los apoyan, y de todos sus satélites, si no quedara toda esa carne de cañón para jugar con ella y traerla y llevarla! Hay más que indicios de que así y sólo así pensó en ellos el que originó todo esto.

Nadie se plantea, por lo menos en voz alta, que sí, que hay que proceder a acciones de solidaridad con las víctimas de esta guerra (y con los afectados por los cinco mil cohetes iniciales de Hamás también, y con los rehenes israelíes también), pero que a lo mejor hay que serlo no sólo para que se les curen las heridas y sigan siendo súbditos de ese régimen de caciquismo teocrático, sino para que se les curen las heridas y puedan salir de ellas a una sociedad decente, con los problemas normales de una sociedad democrática, lejana de oscuridades teológico-civiles. La solidaridad para la supervivencia no descarta, sino que a menudo implica obligatoriamente, la solidaridad para la convivencia y la solidaridad para la vida democrática. Y esto no es poesía: a la España de Franco se la tuvo aislada por completo cerca de 14 o 15 años, y sólo las primeras aperturas y progresos abrieron las puertas a esos suministros «de Mr. Marshall» que aquí no habían llegado. La fuerza económica combinada de la UE, de Estados Unidos y quizá de alguna otra potencia tiene suficiente para colocar a Gaza en un par de años en niveles de desarrollo que algunos Estados europeos han tardado cuarenta y cincuenta años en alcanzar; y eso será un golpe en la mesa, pero a lo mejor es el que hay que dar: ahora mismo, desde esta tarde, suministros masivos de todas las categorías si modificáis vuestra administración según las normas internacionales o, mejor aún, si además convocáis elecciones comprobablemente libres. Ya oímos los llantos; pero son llantos equivocados: es que si se suministra todo ese desarrollo y todo ese bienestar con el régimen actual, poca cosa o nada de lo suministrado va a llegar de verdad a los que sufren, pero vamos a ver cómo los dirigentes de pronto tienen nuevas mansiones en Maldivas o en Baréin.

¡Qué ingenuidad! ¡Eso es imposible, hombre, cómo va a abandonar Hamás el poder, o cómo se lo va a permitir el Estado que le respalda!

Ah, sí, una ingenuidad. Entonces es que no es la vida o el sufrimiento de los palestinos lo que le importa a Hamás, ¿no? No, yo no abandono mi cargo, incluso aunque mis súbditos sólo pudieran comer si lo abandono. ¿Qué hacemos entonces con los que aquí, a nuestro lado, trabajan a su favor y dicen ser campeones de la lucha por la libertad?

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