Querría que aquí nos dedicáramos a descifrar las causas por las cuales la tolerancia democrática suele ser mal ejercida, confundida, por ejemplo, con la flexibilidad individual y emotiva; pero el torbellino que revuelve las calles nos tropieza y a menudo nos lo impide. O podríamos discutir que es precisamente la falta de consideración racional de la valía de los candidatos, y la entrega de los electores al paladeo del carisma de estos, lo que ha ido haciendo rodar cuesta abajo la elección popular de políticos; es como si estos mismos se miraran y supieran reconocer que lo que es por lo que saben hacer y lo que conocen no los elegía ni su abuela, así que tienen que recurrir a la sonrisa con destello, a la ceja alzada o al gesto señorial. Deberíamos dedicarnos a darle vueltas al hecho de que la mayoría de acciones de tolerancia pública a las que asistimos no son consecuencia apropiada de intolerancias previas ejercidas sobre los beneficiarios de ahora, sino compensaciones o venganzas por intolerancias muy lejanas, cuya indemnización los herederos actuales reclaman para sí, pervirtiendo de ese modo el balance contable y el equilibrio político de compensaciones y de privilegios.
Anda que no hay asuntos e intrigas en los que sumergirse. Pero el revolcón de la marejada de ahora mismo nos impide nadar con un mínimo de control. Digámoslo sin cobardías: vamos a ser lo que unos pocos idiotas catalanes quieren que seamos. Esos pocos idiotas son los que se han creído que hasta Jesucristo era catalán, y a su estela, por supuesto, desde Bach padre hasta Leonardo, pasando previamente por Colón y posteriormente por Beethoven, y hace pocas semanas hasta Einstein. Ya lo decía el otro día un conocido economista (catalán, y profesor en la UAB) en la tele: «desengáñense, los indepes no van a decir nunca esto queremos porque son insaciables, nada les va a parecer suficiente y menos cuando ya lo hayan conseguido; ahora les darán la amnistía y el referéndum pero luego querrán las Baleares, y luego Valencia y un trozo de Aragón…» Y vive a su lado todos los días, así que suponemos que eso no es propaganda de madrit. Ni propaganda ni leches: ¡si son cosas que dicen en público!
Creemos que la política es una cosa muy diferente de lo que parece que creen estos que ahora viven de la política. Ni es el reino del todo vale, ni es el reino del «a ver cuánto sacamos» (Ortuzar dixt, en unos medios con y en otros sin acento en la u), ni es el reino del «Pedro, lo que haga falta», que dijo el tarado ese de gallego del Psoe en un mitin el otro día refiriéndose al pago que haya que hacer por seguir en el poder. Aquí sí que cabe parafrasear al clásico y preguntarse: «Poder, ¿para qué?» ¿Para cancelar sin discusión posible al que disienta? ¿Para imponer sin saberlo medidas de moral sexual del Antiguo Régimen (no, no el de Franco, ya sabéis; aunque la ganadora de la Concha de Oro achaque al «franquismo» la prohibición del aborto en 1970, sin aclararnos si la que había en el resto de los países por entonces y en Irlanda y Polonia hasta ayer mismo también estaba impuesta por ese hombre) bajo el camuflaje de «progresismo»? ¿Para destruir las capacidades cognitivas de los españoles con la erosión publicitaria contraria a la realidad haciéndoles creer que no viven en una democracia, o que no tienen libertad, o que están amenazados por no se sabe qué fantasmas ruralistas que no llegan más que a paletos de Kentucky de la serie Justified? Sí, para todo eso. Y para hacer todo eso, para no tener que pedir permiso a nadie, ni siquiera a los electores, para entregar además toda esa decisión a esos pocos idiotas que han llegado a encontrar que el término «Judea» en realidad se refiere a un topónimo catalán, y que desde eso hasta hoy pues qué te voy a contar de pueblo elegido y raza suprema. Ya lo decían en la película «10»: y todo, por un maldito polvo (en la Moncloa, añadimos nosotros).
Todo, con tal de seguir ocultando que las grandes familias catalanas (que son las que lideran estas movidas, claro) han sido desde siempre tan horribles y tan hamponas como todas las demás grandes familias no ya del resto de España sino del resto de Europa y, nos atrevemos a decir, del resto del mundo. Todo «lo que haga falta» para seguir alimentando esa idea de que por encima no tienen a nadie en linaje, en pureza, en rectitud, en eficacia y en rendimiento: son los supremos, claro. ¡Esa seriedad! ¡Esa rectitud! ¡Esa industria! ¡Esos bancos! ¡Esos balances! ¡Esas fortunas!
Ay, no.
Lo de las fortunas mejor no mencionarlo.
¿Recordáis la copla cubana (que todavía hoy algunos cantan por la isla) cuyos dos primeros versos son el título de esto? ¿Y cómo sigue? ¿Recordáis que en unas cuantas regiones de Cuba no dicen la palabra «negrero», porque tienen el que para ellos es un sinónimo perfecto, que es el que usan en coloquial? El sinónimo es «catalán». Y la copla entera es así:
En el fondo de un barranco
canta un negro con afán:
¡Ay madre, quién fuera blanco,
aunque fuera… catalán!
Me temo que dentro de poco vamos a estar todos cantando lo mismo. No te importa el color de tu piel, ni el pantón en el que casaría el matiz de tu antebrazo o el color de tus ojos. Ríndete a la evidencia: eres negro, tío, eres negra, tía. Y cuando lo aceptes, por fin podremos unirnos al canto y desear bien entonados ser catalanes, porque tiene pinta de que aquí, el que no lo sea, va a ir mal.
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