¿Representar a quién?

Ya hace más de diez años de aquella explosión del «que no, que no nos representan»: algunos vieron en ello un renacer de coraje civil, mientras otros, que habían estado fisgoneando por la acampada de la Puerta del Sol, vieron inmediatamente que ahí había algo que no funcionaba. Y no funcionó, como es visible. Pero para algunos no es visible, y siguen pegados y apegados a su destete ideológico como aquellos de hace cuarenta o cincuenta años que siguieron pegados, y algunos para los restos, a sus sueños maoístas, una vez podrido y enterrado el maoísmo, o trotskistas, o «comunistas-prosoviéticos», o «anarquistas espontaneístas» y así hasta esos cientos de Partidos de Liberación de Judea, escindidos todos del anterior Partido de la Judea Libre, etcétera. No eran, claro, menos apegados a sus últimas tetinas que esos demenciales carlistas, requetés, opusinos, legionarios de María y otros cientos de nostálgicos de algo así como los «reyes netos» de un siglo atrás. Y también nostálgicos de nada que ya hubiera sucedido, sino algo así como nostálgicos de un futuro que sólo ellos podían ver, por encima de las cabezas de la chusma y sus cortas mentes. Es decir, todos, a un lado y al otro de eso que se llamaba «espectro político», más o menos iguales. Algo así como hoy.

Lo fundamental es que tengamos claro que todos estamos equivocados menos los iniciados en los misterios de sus particulares hermandades. Lo raro es que estas hermandades, y esos misterios, son perfectamente opuestos e incompatibles entre sí. Pero, al parecer, todos ciertos. Y, en todo caso, mejores que las simples convicciones utilitarias con los que el conjunto de la población se maneja para sacarse a sí misma adelante, para hacerse una idea de lo que pasa por ahí, para decidir tomar un camino u otro en sus proyectos y para vivir. Oh, sí, convicciones casi siempre muy domésticas, muy banales, muy ingenuas. Suelen incluir que eso de fusilar al que no está de acuerdo contigo pues no es una cosa que se pueda aplaudir, como tampoco pueden aprobar que se cerque el domicilio de un político o un periodista o un escritor para acosarlo y asustarlo y amenazarlo a causa de una propuesta de ley o una opinión o un artículo que no gusta a los acosadores. No, es verdad: los que ascendieron porque los anteriores «no nos representaban» tampoco nos representaban, porque, menos esos pocos elegidos cercanos en general a las mesas conspiratorias donde se tomaban las decisiones, todo el resto de los ciudadanos comentaba a continuación que no le parecían bien esas persecuciones. Pero eso era así porque los representados estaban, al parecer, muy por detrás de sus nuevos representantes y todavía «no habían tomado conciencia» de esas cosas de las que había que tomar conciencia.

Pero entre vacuas y sonoras alertas antifascistas y propagandas hipertrofiadas de problemas de género (problemas que, por cierto, han aumentado desde que las gestionan, casi empezando a parecerse a las magnitudes que describían, como deseándolas), de okupación protegida y de desprecio al principio de legalidad, hemos llegado paso a paso a presenciar la práctica destrucción erosiva de ese glorioso acantilado revolucionario. Todo ha confluido, en efecto, en una ignorancia que abochornaría al más tronco de los galeotes de las naves fenicias. Una entrevista en prensa a un biógrafo de magnates de las puntocom pone a estos a caer de un burro, porque se creen la ciencia-ficción apocalíptica como si fuera cierta, y sólo hablan de búnkeres de supervivencia, futuras odiseas planetarias y cosas así. Y va entonces la última encarnación profética más o menos ferrolana de todo el 15-M y afirma en una conferencia de prensa, con un par y una vez más, que los ricos-ricos son malos porque «se están preparando cohetes (sic)» para salvarse «ellos solos» dejándonos a los demás en un planeta que se está «yendo al carajo» (sic).

Y nadie se ríe de ella, y nadie la interrumpe, y nadie la asesora. Y nadie la critica, y nadie hace series de columnas periodísticas sobre ella y su ignorancia.

Pues eso ha sido, y lo ha sido recientemente, un caso extremo de ridículo que se le perdona a alguien porque es guay y progre (y probablemente, además, por el «enfoque de género»). Casi cualquier otro que hubiera soltado algo así estaría a estas alturas con varios abonos para hacer de pelota en un partido del mundial de rugby o en la próxima final del Roland Garros. Pero ese sectorcito ha alcanzado por fin, y puede estar satisfecho de ello, el mismo estado que sus siempre envidiados opusinos, o jesuitas, o ayudantes de miembros de la conferencia episcopal, o (ya el acabose) camarero tercero de servilletas del papa (el actual, ojo). Es decir: pueden clamar contra la ciencia, que aquí no pasa nada; las enfermedades las manda Dios, claro, o, en su defecto, según el artículo 3, la posición de uno en relación al «lado correcto de la Historia»; se perdonan a sí mismos la más perfecta ignorancia de los más perfectamente elementales fundamentos de ciencia alguna, y predican con contundencia acerca de las vacunas (a favor y en contra: es igual en ambas ocasiones, porque en ambas no saben por qué dicen lo que dicen) o, ya puestos, oye, con soltura y garbo, sobre los viajes interplanetarios, la mecánica aeroespacial, la supervivencia en planetas exteriores y, el colmo, acerca de qué películas es conveniente y edificante ver o no ver (si es para acercarse al estado de gracia o para estar en ese «lado correcto» da igual, porque viene a ser lo mismo).

Y la gente, a todo esto, teniendo que quitarse de Netflix o de Amazon porque les han subido de golpe el alquiler con cifras a las que se hubiera llegado dentro de cinco años. Recordemos por qué y por quién.

Pues mira: entre carlistas, meapilas, 15-Ms, antivacunas/provacunas y antiganaderías, no me quedo con ninguno. Ninguno me representa.

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