O, como hace unos años se puso de moda, «hay margen de mejora» para el deterioro político que en la actualidad sufrimos. ¿No estamos todos (menos los infantilizados militantes, digo, claro) hartos hasta reventar de idioteces y de salpicaduras de los pellotes de mierda que se lanzan unos a otros? La verdad es que no conozco a nadie que no lo esté; y sólo de lejos, a través de la tele o los periódicos, conozco a esos pocos (si te pones, verás que no sacas más de cuarenta tíos/as) que da la impresión de que están todo lo contrario de hartos, porque se les ve disfrutar con sus gilipolleces de matoncitos de patio de colegio y sus chincha-chincha (o como lo digan ellos, más o menos así). Pues sí, estamos hartos, y también lo estamos de andar con los pies pegados y pegajosos en ese lodo maloliente. Y lo que no vamos a hacer es disputarles el campo de juego, porque ese juego no nos gusta.
Pero sí hablaremos de ello todo lo que nos dé la gana, faltaría más, aunque en nuestros propios términos. Me parece que no aceptar ni los términos ni los significados que a estos les dan los Patanes Actualmente con Cargo (las mayúsculas nos caen del cielo; pronto será una categoría más del ministerio de trabajo) es la primera de las medidas higiénicas que hay que adoptar. Por ejemplo, vamos a ver si conseguimos dejar de gritar, o de callarnos, o de pasmarnos, o de rugir, o hasta de vomitar, cuando presenciamos la erosión de la vida democrática llevada a cabo a propósito del pago que el partido actualmente en el gobierno se propone a hacer (o quizá le ha hecho ya) en forma de amnistía al mequetrefe Puigdemont y a sus no menos mequetrefes secuaces (si bien algunos visiblemente pillos, más pillos que él todavía). A lo mejor hay que pasar por esa fase del pasmo, luego la del rugir, y por las otras, no sé, como esas que publicitan como fases del duelo o esas cosas. Lo que sí que sé con mayor seguridad es que por donde hay que pasar seguro es por la calma, por la observación, por la reflexión y por el diagnóstico; y que ese recorrido no se puede hacer mientras se vomita. Así que si queda algo por echar, echémoslo y atrevámonos de una vez a pasar a la acción racional: o sea, sin vehemencias, con la parte esa del cerebro de pensar, y no con las tripas: ¿qué hay tan de malo en esa Operación Mequetrefe, o sea en el pago que ya se ha previsto (que quiere decir «visto de antemano»; no hace falta ponerse tan chulitos con el BOE y la vigencia oficial para hablar de algo, como algunos se han puesto) a Puigdemont (y probablemente sobre todo a los suyos, que le utilizan)? Olvidémonos lo más completamente que podamos de lo que nos dicen las tripas y girémonos hacia la mesa de los microscopios.
En primer lugar, esa cosa de la amnistía es prácticamente el acto jurídico y político más extremo de tolerancia política.
La tolerancia política exige la presencia de ciertos componentes para serlo, los primeros de los cuales son simetría, visibilidad, precisión y condicionalidad. Como hemos desarrollado en otra ocasión (y resumimos ahora, porque aquí no cabría), la ausencia de cualquiera de estos cuatro elementos convierte lo que pudiera haber sido un acto de tolerancia política en una acción de tolerancia personal, o emotiva, o tribal primaria, o religiosa, o festiva. Pero nunca en algo de lo que la sociedad democrática necesita en sus cimientos para seguir desarrollándose como sociedad democrática. La confianza, la solidaridad y la honestidad son, junto con la tolerancia, cuatro valores estructurales de las democracias. Y por eso mismo presentan a menudo manifestaciones fallidas, usos perversos, manipulaciones y esguinces. Podríamos investigar cuánto hay de atentado a estos otros tres valores en la Operación Mequetrefe, pero ahora mismo estamos solamente con el problema de tolerancia.
La amnistía que se propone es lesiva para la sociedad democrática porque
- no ofrece posibilidad alguna de simetría: ¿qué va a tolerar Puigdemont de la sociedad española equivalente a lo que la sociedad española le va a tolerar a él?
- paradójicamente, es muy evidente que se ha construido sin visibilidad, llegando al extremo de presentarse hoy como «voluntad popular expresada en las urnas» lo que en absoluto fue ni explícito ni someramente visible en la campaña electoral ni en el programa del partido actualmente en el poder.
- la precisión está absolutamente ausente de la operación, que se presenta algunas veces como «incluyendo a los mil y pico secuaces y sicarios» del capo, otras como sólo para aquellos consejeros que ya pasaron por la cárcel, e incluso «para lo que venga a continuación» (porque «lo volveremos a hacer», por supuesto), y se supone que habrá una especie de cosa rara que podría llamarse «amnistía anterógrada». ¿A quién, a qué, a cuántos, por qué causas, de qué momento, afecta esta amnistía? No hay forma de saberlo.
- por último, la condicionalidad exigible a todo acto de tolerancia política (que la diferencia de una catequesis de los Hijos de Dios con besuqueos a los destripadores) no aparece por ningún lado; brevemente, la condicionalidad se expresa en medidas como «toleramos su presencia y su acción entre nosotros si usted se compromete (oye, como el resto de los ciudadanos sin graduación, no te digo) a no llevarse los cobres de las viviendas protegidas o a no saquear las huchas de cerdito de los niños del parque. ¿De verdad alguien no ve que el pomposo mequetrefe tiene entre sus planes…?
Así que creemos que estos enfoques algo más, digamos, racionales, lo mismo ayudan mejor que los vómitos y los rugidos que (inevitable y justificadamente en una primera fase, por supuesto)nos dominan a que entendamos mejor las cosas y a lo mejor hasta consigamos plantear medidas tranquilas y sólidas para salir adelante.
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