Es imposible no estar de acuerdo con quien protesta contra las protestas a favor de que el reportaje ese que ha hecho Jordi Évole entrevistando nada menos que a ese Josu Ternera no se prohíba. O que no se prohíba su proyección o su emisión. Así dicho, la cosa tiende a enredarse (como esa misma realidad sobre la que se habla), así que resumiendo: que nadie puede prohibir a estas alturas que contenido alguno de comunicación pública alguna sea vetado. Esos tíos con tiquismiquis acerca de la llamada libertad de expresión, claro (entre los que nos encontramos). En fin, que tiene sus límites, por supuesto, que son los del Código Penal y esas cosas.
Pues bueno; pues muy bien. Tenemos que aguantar que (de nuevo) a estas alturas alguien eche al público, como si a este le sirviera de algo, una entrevista en la que el general Mola explica, defiende y deja justificado por qué en los últimos planes para el golpe de 1936 incluían la orden de «proceder con la máxima crueldad posible hacia la población para causar el mayor terror posible». Ah, oh, un momento, que se me va la olla: donde pone Mola hay que poner Ternera y donde pone el resto pues que se quede igual, porque es igual. Del mismo modo que la libertad de expresión es lo que es, sobre todo en este caso, para empezar, para el que hace la entrevista; y digo yo que también lo será para los que expresan su disgusto por la misma e incluso su propuesta de que se prohíba su difusión. Llama la atención que en el grupo de notables que han firmado cierto manifiesto en esta dirección los hay que se han jugado el cuello y algo más que el cuello defendiendo precisamente la libertad de expresión. ¿Qué está pasando aquí?
Jordi Évole sabe muy bien lo que hace. Sabe qué parroquia tiene, en qué locales tiene las consumiciones pagadas y por qué calles y a qué horas va a cosechar abrazos y elogios. Deja que su flequillo casi le tape la vista, lo cual no es poco significativo, pero hoy no vamos a entrar en eso (recordad qué otros personajes dejan que su flequillo proceda igualmente). Siempre tendrá en su currículum ese suceso para unos excelso e insuperable, y para otros fondo del abismo de abyección y trampa, que fue el presentarse ante el papa con un cacho de concertina, cuchillas incluidas. Cuando se habla de preguntas capciosas en las mejores escuelas de periodismo del globo, ya se pone esa imagen como ilustración, esta sí, insuperable. Qué mirás, bobo, andá pallá, apetece decirle al bobo del papa que, como si creyera que le íbamos a creer, se pone llorica y se hace el asustado y el asombrado. Vaya contubernio. Un cura, y luego obispete y luego cardenal argentino que ha llegado a dar la comunión a Videla, resulta que es ahora el Amigo Félix de la cosa rara esta juvenilista que en España está sustituyendo a la izquierda, y resulta también que no conocía eso de los alambres de espino o de cuchillas o concertinas, ni para qué se usan ni quién las usa y las ha usado. Oh, pero qué me muestras, se le oye decir en las imágenes mudas con voz de Roger Rabbit, pero qué quieres de mí, pero qué es esto que tanto me hace llorar (ante las cámaras). ¿Mostraba Évole la metáfora de lo que muchos han jugado y han soñado con implantar entre Fraga y Lérida, digamos, o entre Vinaroz y Ulldecona? No, que confiese. Ni mostraba todas esas otras alambradas que, desde hace décadas, se han estado usando en fronteras y en vallas y en muros de diversa condición y extraños usos. Eso parecía inventado para Melilla ya sabemos por quién, calificables ya sabemos cómo, y etcétera, etcétera.
Lo malo de esto es que todos sabemos cómo se desarrolla el partido antes incluso del silbato inicial. Ajá: ESO es lo malo. ¿Acaso a alguien se le ocurre poner al obispo, pongamos, de Mondoñedo-Lugo a entrevistar a, pongamos, el obispo de Calahorra y la Calzada-Logroño para que nos ilumine a todos acerca de los porqués de su oposición al aborto? ¿Qué hubiéramos podido sacar los aliados occidentales de una entrevista que le hubiera hecho, pongamos, Rudolf Hess antes de su vuelo raro por Inglaterra a, pongamos, Himmler (o Hitler)? O Mussolini -catalán- entrevistando a Goebbels -vasco- acerca de la tirria que ¿el segundo?, ¿el primero?, ¿ambos?, le tienen al enemigo ¿común?, ¿más de uno que de otro?, ¿más oculto por el uno que por el otro?
Jordi Évole goza en ciertos ambientes de poder de una aclamación automática demasiado conocida por él mismo. En eso no tiene nada que envidiar a algunos de su gremio recién jubilados, cuya herencia parece haber recogido. Nosotros porque somos unos tarados y nos lo vemos y nos lo leemos todo; pero mucha gente por ahí en sus cabales y sana va por otro camino, lee otra cosa o cambia de canal en cuanto se anuncia que en hora próxima el universo de las obviedades y los sentimientos de obligado cumplimiento van a quedarse agotados por una nueva obra entrevistoria o descriptoria o cantatoria (lo de Donés todavía no ha pasado el nihil obstat del purgatorio) con presencia o liderazgo o inspiración de Évole. Da la impresión de que nadie se ha atrevido a decirle (es verdad que esto sucede con muchos tíos públicos del periodismo, de la canción, de la tertulia) que no le soportan tantos como los que le adoran; es un caso más de esos miles de la historia que sólo han sido capaces de creer que todos, o sea todos, le adoraban, y que hasta se han enfadado y han insultado y hasta se han querellado y hasta han pedido cárcel y han llamado fascistas y golpistas a los que expresaban un simple desacuerdo con algún detalle de su perfecta obra. Ese flequillo.
En más de un rincón y a más de una persona hemos oído estos días que el repelús preventivo ante esa entrevista no es por prohibir la expresión libre, y ni siquiera por la naturaleza asesina y vomitiva del entrevistado, sino por la previsión, razonable a la vista del currículum, de lo que va a haber que oír y las actitudes y los gestos (a pesar de que habrá sido cuidadosamente editada: «este asentimiento cuando Ternera dice eso te lo voy a quitar, Jordi, que canta mucho»)del entrevistador. No todo el mundo le adora.
¿Dónde está el parecido que ronronea por el fondo con el caso del macarra Rubiales y el famoso «pico»?
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