Habrá que preguntárselo con honestidad. A veces da la impresión de que no se puede hacer otra cosa en la vida más que aspirar a lo que no se tiene, o a quien no se tiene, o a lo que no se es. Hoy, 13 de septiembre de 2023, por ejemplo, se cumplen 100 años del golpe de Estado de Primo de Rivera. ¿Os habéis dado cuenta de que a todos los menores de cierta edad (digamos, unos 50 años), aparte de a muchos mayores, hay que aclararles que ese Primo de Rivera no es el de la Falange (y que tampoco es «lo mismo» que Franco, ni que Felipe II, etcétera)? Bueno, pues ahí tenemos una constelación inagotable de Fiebre Iznogud: ni Alfonso XIII quería ser rey, o sea, es decir, a ver si usted me entiende, lo que no quería era trabajar de rey, ni Primo de Rivera quería ser sólo un capitán general de nada, ni la UGT quería ser sólo una cosa de reivindicar sin gobernar (oh, se me ha colado, de eso no se puede hablar en este centenario, y menos cuando les acaban de pillar con otro cucharón en otro puchero ayer mismo) ni, ahorrándonos el camino y yendo directamente al final, los profesores de historia quieren ser, por lo visto, profesores, y no digamos los alumnos, que más allá de Call of Duty 73.0 no parecen, salvo tres que hay por ahí, querer saber nada del resto del mundo.
Todo esto parece que no, pero tiene mucho, mucho de lo que se cocina hoy en la barbacoa política española; pero no vamos a entrar demasiado en esto. Abrumados estamos por las asimetrías esas que venimos comentando. Están bien las asimetrías así, dicho en general; pero hay ciertas cosas de la vida y de la filosofía y del mundo (y no digamos de la mecánica cuántica) que como no encuentres sus simetrías vas a ir de ala. Por ejemplo, no se puede estar de morreo continuado con los que dicen que el Estado de Derecho es una minucia prescindible (y no llegan a decir «y prescindida», pero podrían, si supieran), pero, tal como comenta hoy mismo alguien, acusar directamente de «golpismo» a quien propone movilización social contra ese morreo, y más bien contra lo que ese morreo anuncia para tiempos próximos, es asimetría, como mínimo. Y en esos terrenos ya saben nuestros amigos que no queremos movernos demasiado, y no porque seamos torpes sino por todo lo contrario, y dejémoslo ahí. Hace ya tiempo que se ha instalado en la izquierda europea, como si fuera normal, la idea de que el que no está de acuerdo con algo que dice o hace la izquierda en el gobierno es un tío malo, muy malo, malo que te cagas, en grados que van desde el «ilegal» hasta el «golpista», pasando desde luego por el «fascista». Hasta Nanni Moretti ha tocado ya su trompeta llamando la atención sobre la inacción «objetiva» en la que está incurriendo esa izquierda, que, dice, alguna vez tendrá que volver a ocuparse de «los últimos de la fila». Claro que Nanni Moretti podría ser condecorado con la escarapela de Último Romano, como se decía antes, que es algo así como un tío decente y honrado. Y sólo por rigor intelectual, no estaría bien que nosotros esperáramos que su ejemplo cundiera.
Así que todos, menos Nanni Moretti, quieren ser califa en lugar del califa. Y hay que ser muy serenos y muy templaos para no echar a correr en varias direcciones a la vez. Especialmente en la España del 13 de septiembre de 2023. ¿Quiere ser Puigdemont, ese mequetrefe, califa en lugar del califa? Ah, pero ¿quién es el califa que el mequetrefe aspira a sustituir? ¿Junqueras, Aragonès, Sánchez, Felipe VI, von der Leyen, yo qué sé, qué frenesí, quién hay más arriba, Roures? Veamos: estamos sin izquierda, así, entiéndeme; de la derecha poco se puede esperar, si lo ves con calma, entre las presiones obispales (sí, todavía, a estas alturas), las ultraliberales silvestres (no hay más que las silvestres, perdón) y las folkloristas de jaca y tauromaquia. Decir que los trotskismos rancios (esos sí que son rancios, y no la reivindicación de la baguette en la última apertura del mundial de rugby en Francia, pesados) tienen algo que aportar más que retórica facilona y «juegos prohibidos» de killers juveniles antes de calmarse con los años (pero son juegos con las vidas, las fortunas y la felicidad de millones), es estar bastante desenfocado. ¡Claro que los que esconden su inspiración trotska (o los poquísimos que la reconocen: será por algo eso de que sean tan pocos) quieren ser califas en lugar del califa! Y no digamos ya los del (aparente) otro extremo, que en España hasta se hacen con un líder que parece afeitarse todas las mañanas con una viñeta de Iznogud pegada al espejo.
Aquí lo que no parece querer nadie es esa bobada de arreglar la pasta pública para que deje de ser un riesgo mensual pagar las pensiones. De la educación ya hemos dicho que no hablamos ni hablaremos. Así que por hoy sólo nos queda hacer una pregunta: ¿hay alguien por ahí al que le importe lo público y el bienestar de las gentes?
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