Parece que comenzamos aquí estas reflexiones, pero algunos amigos ya sabéis (y esperamos que haya algunos nuevos que todavía no lo saben, pero a partir de ahora ya sí) que venimos de recorridos largos y lluviosos, felices en ocasiones, pedregosos a veces, y al final más o menos superados bajo el nombre de filosofianoradical. Nos trasladamos a este formato, que a lo mejor resulta que es más cómodo tanto para vosotros como para el que escribe, pero sólo eso: nos trasladamos; querríamos que, a pesar de las diferentes maneras, sintierais que seguimos la conversación comenzada hace ya años, porque para nosotros es así.
Ya sabéis que, aunque no somos exactamente eso que se suele llamar «orteguianos», respeto no nos falta por don José, y desde luego aceptamos muchas de sus sugerencias, entre las cuales nos gusta especialmente esa que expresó incluso entre signos de exclamación tan excepcionales en él: «¡A las cosas, a las cosas!» Pues eso: desde siempre hemos vivido la filosofía muy aquí y muy ahora (un aquí que incluye galaxias y un ahora que se extiende como desde el 10.000 A.C hasta dentro de unos cuantos siglos); donde desde luego no nos verán con las manos metidas es en la masa de las metafísicas, de las dogmáticas o de las adoraciones, nocturnas o no. Las cosas nos gustan porque nos parecen suficientes, y suficientemente preocupantes, o gozosas, o felices, o atormentadas. Mirarlas, comprenderlas en lo posible, hablarlas y a lo mejor colaborar a su mejora es lo más bonito y serio y festivo a lo que uno puede dedicarse.
De momento era sólo esto: el saludo de llegada. Muy pronto empezamos a meter marchas y cogeremos la velocidad de crucero que traíamos.
Deja un comentario